XXVMuy pensativo se fué Cadalsito á su casa aquella tarde. El sentimiento de piedad hacia su compañero no era tan vivo como debiera, porque el mameluco de Ramos le había insultado, arrojándole á la cara el infamante apodo, delante de gente. La infancia es implacable en sus resentimientos, y la amistad no tiene raíces en ella. Con todo, y aunque no perdonaba á su mal educado compañero, pensó pedir por él en esta forma: «Ponga usted bueno á Posturitas. Á bien que poco le cuesta. Con decir levántate, Posturas, ya está». Acordándose después de que la mamá de su amigo, aquella misma señora que estaba junto al lecho tan afligida, era la inventora del ridículo bromazo, renovóse en él la inquina que le tenía. «Pero no es señora—pensó.—No es más que mujer, y ahora Dios la castiga de firme por poner

