El trayecto hasta el garaje secundario fue rápido y silencioso.
Dante caminaba delante de ella a toda velocidad mientras varios mecánicos se apartaban apenas lo veían pasar. Nadie decía una palabra y el ambiente entero estaba cargado de una tensión que Valentina ya comenzaba a reconocer demasiado bien. Miedo.
Incluso el paddock parecía distinto a esa hora de la noche. Las luces blancas iluminaban los corredores metálicos con un brillo frío y artificial, mientras el ruido lejano de las fiestas en el puerto contrastaba brutalmente con el silencio dentro del equipo. Afuera, Mónaco seguía brillando como si nada hubiera ocurrido. Adentro, todos parecían moverse esperando una tragedia.
Valentina intentaba seguirle el ritmo a Dante mientras observaba la rigidez en sus hombros y la manera en que avanzaba sin mirar a nadie. Desde la llamada no había vuelto a hablarle y había algo inquietante en ese silencio, como si ya supiera lo que estaba a punto de encontrar.
Cuando llegaron al área restringida, dos ingenieros discutían en voz baja junto al monoplaza n***o. En cuanto vieron a Dante, ambos se callaron inmediatamente.
—Muéstramelo.
Uno de los hombres tragó saliva antes de señalar la parte trasera del auto.
El monoplaza estaba parcialmente desmontado y varias piezas metálicas descansaban sobre mesas de trabajo iluminadas por focos industriales. Herramientas abiertas, pantallas mostrando diagnósticos técnicos y mecánicos observando en silencio completaban una escena que parecía más cercana a una sala de operaciones que a un garaje de carreras.
Valentina se acercó lentamente hasta distinguir la pequeña marca dibujada sobre una de las piezas internas del sistema hidráulico.
Un círculo rojo atravesado por una línea negra.
Simple. Pequeño. Intencional.
Parecía una firma.
Dante se quedó completamente inmóvil frente a la pieza y algo en su expresión hizo que un escalofrío recorriera la espalda de Valentina. Él reconocía ese símbolo. No necesitaba preguntarlo para saberlo.
—¿Qué significa? —preguntó finalmente.
Nadie respondió. Los mecánicos evitaron mirarla y uno de los ingenieros bajó la vista hacia el suelo con evidente incomodidad.
Dante seguía observando la marca con una intensidad extraña, como si acabara de encontrarse frente a algo que llevaba demasiado tiempo intentando olvidar.
—¿Quién encontró esto? —preguntó sin apartar la vista.
—Uno de los técnicos mientras revisaban el sistema hidráulico.
—¿Alguien más lo vio?
—No.
Dante asintió apenas.
—Bien. Entonces nadie sale de este garaje hasta que yo lo diga.
El tono firme de su voz hizo que todos obedecieran inmediatamente.
Valentina lo observó con atención. La arrogancia desafiante que mostraba frente a las cámaras había desaparecido otra vez. Ahora parecía alguien completamente distinto. Más frío. Más peligroso. Pero también más vulnerable, porque aquello ya no era la reacción de un hombre defendiendo su ego. Era la reacción de alguien que realmente creía estar en peligro.
Uno de los ingenieros dio un paso hacia él.
—Tal vez deberíamos avisar a seguridad.
—No.
La respuesta salió inmediata.
—Dante, si alguien manipuló el auto...
—Dije que no.
El silencio volvió a caer sobre el garaje. Varios mecánicos intercambiaron miradas incómodas, como si aquella discusión no fuera nueva, como si todos supieran algo que Valentina todavía no entendía.
Ella dio un paso más cerca.
—Dante...
Él levantó finalmente la vista hacia ella y durante un instante pareció debatirse internamente antes de hablar.
—Ese símbolo estaba en el auto de Luca el día que murió.
Las palabras hicieron que el aire del garaje se volviera todavía más pesado.
—¿Qué?
Dante pasó lentamente una mano por su cabello oscuro antes de apartarse unos pasos del auto.
—Lo vi antes del accidente. Intenté decirle al equipo, pero nadie me creyó.
Había rabia en su voz, pero debajo de eso Valentina alcanzó a notar algo mucho peor. Culpa.
Ahora entendía muchas cosas.
La paranoia constante, la agresividad frente a las cámaras, la manera en que observaba siempre a las personas alrededor como si esperara una traición.
No estaba obsesionado con el accidente de Luca, estaba perseguido por él.
Valentina apoyó lentamente una mano sobre la mesa metálica llena de herramientas mientras seguía observándolo.
—¿Quién era Luca para ti?
Dante tardó unos segundos en responder.
—Mi mejor amigo.
La sinceridad en su voz la golpeó más de lo esperado porque era la primera vez que hablaba sin sarcasmo ni provocaciones, sin esa máscara arrogante que parecía usar incluso para respirar.
Solo había cansancio.
—Crecimos juntos en karting —continuó mirando el auto desmontado— Corrimos juntos desde los quince años.
Valentina guardó silencio. Había buscado información sobre Luca esa misma tarde y apenas existían entrevistas donde Dante hablara del tema. Ahora entendía por qué.
—El día del accidente discutimos.
Ella levantó la vista inmediatamente.
—¿Discutieron?
Dante soltó una pequeña risa amarga y negó apenas con la cabeza.
—Una estupidez. Ni siquiera recuerdo cómo empezó.
Pero claramente sí lo recordaba. Se notaba en la tensión que volvió a endurecerle la mandíbula.
—Fue la última vez que hablé con él.
La confesión cayó entre ambos con un peso inesperado. Por primera vez Valentina podía ver con claridad al hombre detrás del personaje que toda la prensa describía como arrogante e imposible.
Y era peor de lo que imaginaba, porque debajo de toda aquella furia había dolor real.
—¿Crees que alguien intentó matarte hoy? —preguntó finalmente.
Dante apoyó ambas manos sobre la mesa metálica y bajó la mirada unos segundos antes de responder.
—Creo que alguien terminó el trabajo que empezó hace dos años.
El silencio llenó nuevamente el garaje. Afuera, la música distante y las risas provenientes del puerto llegaban amortiguadas hasta el paddock como una burla cruel. Mónaco seguía celebrando mientras dentro de aquel lugar el miedo comenzaba a sentirse demasiado real.
Valentina sabía que debería alejarse. Aquello ya no era solo una crisis de prensa ni un piloto problemático. Era algo mucho más oscuro, mucho más peligroso. Y aun así no podía dejar de mirarlo.
Ya no parecía el villano arrogante que había imaginado al llegar a Mónaco. Parecía alguien atrapado dentro de una pesadilla que llevaba demasiado tiempo intentando ignorar.
Uno de los teléfonos comenzó a sonar al fondo del garaje y el ruido atravesó el silencio de inmediato.
Un mecánico respondió rápidamente. Su expresión cambió apenas escuchó la voz del otro lado.
—Dante...
Él levantó la vista.
—¿Qué pasa ahora?
El hombre tragó saliva antes de responder.
—La seguridad encontró a alguien intentando entrar a tu habitación del hotel.
Todo el garaje quedó inmóvil.
Valentina sintió cómo el aire parecía volverse más denso alrededor suyo.
—¿Quién era? —preguntó Dante lentamente.
—No lo saben. Escapó antes de que pudieran detenerlo.
La mandíbula de Dante volvió a tensarse.
—¿Encontraron algo?
El mecánico asintió y puso el teléfono en videollamada. Del otro lado apareció uno de los hombres de seguridad sosteniendo una pequeña bolsa transparente de evidencia.
Dentro había una fotografía.
Valentina apenas alcanzó a distinguirla desde donde estaba.
Dante y Luca, mucho más jóvenes, sonriendo frente a una pista de karting.
Y sobre la imagen, escrito con tinta roja, había un mensaje.
“El próximo eres tú.”