El resto del día se convirtió en un caos imposible de contener.
Los rumores sobre el supuesto fallo de frenos ya circulaban por todo el paddock y los periodistas perseguían a cualquier integrante del equipo que pareciera dispuesto a hablar. Valentina llevaba horas respondiendo llamadas, apagando incendios y repitiendo exactamente las mismas frases cuidadosamente vacías para evitar que la situación explotara todavía más.
—Moreau Racing está investigando lo ocurrido.
—Dante Moreau se encuentra bien.
—No podemos hacer comentarios por el momento.
Mentiras elegantes para mantener tranquilos a patrocinadores, prensa y accionistas, aunque algo dentro del equipo ya había empezado a romperse y ella podía sentirlo cada vez que cruzaba el garaje.
Cada pocos minutos aparecía un nuevo video del accidente desde otro ángulo. En algunos, el monoplaza parecía perder estabilidad antes de llegar a la curva. En otros, Dante apenas lograba evitar el impacto final contra las barreras. Los comentaristas deportivos analizaban cada detalle como si intentaran resolver un crimen en vivo y las r************* ya estaban llenas de teorías cada vez más absurdas.
“Intentaron matarlo.”
“El equipo está ocultando algo.”
“Esto se parece demasiado al accidente de Luca Bianchi.”
Ese último nombre aparecía cada vez más seguido y cada vez que Valentina lo escuchaba, el ambiente dentro de Moreau Racing cambiaba inmediatamente. Las conversaciones se apagaban, la gente bajaba la voz y los mecánicos comenzaban a mirar alrededor antes de hablar. Los ingenieros parecían tensos incluso cuando nadie les hacía preguntas y Dante había desaparecido desde la mañana sin volver a hablar con prensa ni con gran parte del equipo, casi como si todos estuvieran esperando que algo peor ocurriera.
Valentina salió finalmente del área de prensa intentando despejarse unos minutos. El sol comenzaba a ocultarse sobre el puerto de Mónaco y las luces de los yates empezaban a reflejarse sobre el agua oscura. Desde afuera, todo seguía viéndose perfecto. Música saliendo de terrazas privadas, modelos riendo junto a empresarios millonarios, champagne corriendo como agua y fotógrafos persiguiendo celebridades entre autos imposibles y vestidos demasiado caros.
El glamour impecable de la Fórmula 1.
Pero dentro del paddock la sensación era completamente distinta. Nadie estaba relajado. Había nervios escondidos detrás de cada conversación y miradas demasiado tensas para tratarse solo de un accidente.
Por primera vez en todo el día, el circuito parecía respirar.
O al menos eso pensó hasta escuchar una voz elevarse cerca de los garajes.
—¡No me importa lo que digan los informes!
La voz de Dante atravesó el pasillo como una descarga eléctrica y Valentina se detuvo automáticamente. Las puertas del garaje principal estaban apenas entreabiertas y desde ahí podía escuchar la discusión.
—Alguien tocó ese auto —dijo Dante con furia contenida— Los frenos no desaparecen de la nada.
—Baja la voz —respondió otro hombre.
Valentina reconoció inmediatamente al director técnico.
—¿Quieres que me calme después de casi estrellarme contra un muro?
—No aquí.
—¿Entonces dónde?
Hubo un silencio breve, pesado.
Valentina se acercó apenas un poco más intentando escuchar sin ser vista.
—La FIA ya está revisando el monoplaza —continuó el director—. Si conviertes esto en un escándalo, destruirás al equipo.
Dante soltó una risa baja, vacía.
—Tal vez el equipo merece destruirse.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
Aquello no sonaba como paranoia. Sonaba personal. Como si Dante desconfiara de algo desde mucho antes del accidente.
Valentina dio un pequeño paso hacia adelante intentando escuchar mejor, pero accidentalmente golpeó una caja metálica apoyada junto al pasillo. El ruido resonó demasiado fuerte en el silencio del corredor.
Maldición.
La conversación dentro del garaje se detuvo inmediatamente y un segundo después Dante apareció frente a la puerta.
Sus ojos grises se clavaron directamente en ella.
Oscuros. Exhaustos. Demasiado alerta.
—¿Qué haces aquí? —preguntó.
Valentina cruzó los brazos intentando mantener intacta la compostura.
—Trabajando. Es un concepto revolucionario, deberías probarlo.
Por primera vez desde que lo conocía, Dante no respondió enseguida. Ni sonrió. Ni intentó provocarla de vuelta.
Solo parecía cansado.
El director técnico apareció detrás de él y apenas vio a Valentina tensó el rostro inmediatamente.
—Necesitamos privacidad.
—Claro —respondió ella— Porque nada transmite más confianza que esconder gente en un garaje oscuro.
El hombre no respondió. Simplemente miró a Dante un instante antes de marcharse en silencio.
Y entonces quedaron solos.
El ruido lejano del circuito seguía vibrando alrededor, pero ahí, en ese corredor estrecho iluminado por luces blancas, el aire parecía mucho más pesado.
Dante apoyó una mano contra la pared y cerró los ojos apenas un segundo, como si intentara recuperar algo de calma antes de volver a mirar hacia el garaje abierto. Afuera, varios mecánicos seguían trabajando alrededor del monoplaza mientras las luces blancas iluminaban cada pieza destruida.
Valentina lo observó sin decir nada.
De cerca, el agotamiento en Dante resultaba mucho más evidente que frente a las cámaras. Las sombras debajo de sus ojos parecían más marcadas bajo las luces frías del garaje y había una tensión constante atrapada en su mandíbula, como si llevara horas conteniéndose. Cuando apoyó la mano sobre la pared, ella notó un leve temblor en sus dedos antes de que él los escondiera inmediatamente dentro del bolsillo del pantalón.
No parecía una estrella de Fórmula 1 en ese momento.
Parecía alguien agotado de pelear contra algo que no podía controlar.
—¿Estás bien? —preguntó finalmente.
Dante dejó escapar una risa baja, seca.
—Esa debe ser la peor pregunta que puedes hacerle a un piloto después de casi morir.
—Sigues siendo bastante dramático para alguien que salió caminando del auto.
Esta vez él sí levantó la vista hacia ella.
—Tú no viste lo cerca que estuvo.
La manera en que lo dijo borró cualquier tono irónico de la conversación porque no había arrogancia en su voz. Había memoria.
Dante apartó la mirada hacia el monoplaza destruido mientras los mecánicos seguían moviéndose alrededor del auto con tensión silenciosa.
—Cuando conduces a esa velocidad, aprendes a notar cuándo algo está mal —murmuró— El auto me avisó demasiado tarde.
Valentina sintió un pequeño escalofrío.
—¿Crees que alguien manipuló los frenos?
Dante tardó unos segundos en responder.
—No creo en coincidencias.
El tono bajo de su voz hizo que algo dentro de ella se tensara otra vez. Ahí estaba de nuevo esa g****a mínima detrás del personaje insoportable que mostraba frente al mundo.
Valentina apoyó un hombro contra la pared sin dejar de observarlo.
—Tranquilo. Apenas llevo un día aquí. Todavía estoy intentando decidir si eres un paranoico o solo insoportable.
Eso le arrancó una sonrisa mínima.
Agotada, pero real.
—¿Y ya tienes un veredicto?
—Voy cincuenta y cincuenta.
Dante soltó apenas aire por la nariz, algo peligrosamente cercano a una risa.
El silencio que cayó entre ambos ya no tenía la misma agresividad de las discusiones anteriores. Afuera, el ruido distante de los motores seguía rebotando entre los edificios del puerto mientras los mecánicos trabajaban alrededor del monoplaza destruido bajo luces blancas demasiado frías. La tensión seguía ahí, viva entre ellos, pero ahora estaba mezclada con algo más incómodo. Cercanía.
Valentina odiaba admitir cuánto comenzaba a afectarla su presencia.
Dante olía a perfume caro, humo y gasolina. Una mezcla absurda que debería resultar desagradable y aun así no lo era. Había algo magnético en él incluso así, agotado y furioso. Tal vez eran sus ojos cansados o la manera en que parecía cargar constantemente algo demasiado pesado sobre los hombros.
Dante apartó la mirada primero.
—Deberías mantenerte lejos de esto.
—¿Eso es una amenaza? —preguntó ella.
Él negó apenas con la cabeza mientras observaba nuevamente el garaje iluminado.
—No entiendes dónde te estás metiendo.
—Entonces explícame.
Dante la observó unos segundos en silencio antes de responder.
—Ese es exactamente el problema. Sigues acercándote como si esto todavía fuera un trabajo normal.
Antes de que Valentina pudiera responder, uno de los teléfonos de emergencia del garaje comenzó a sonar. El sonido atravesó el silencio del corredor y Dante maldijo en voz baja antes de alejarse unos pasos para contestar.
—¿Qué pasó?
Su expresión cambió inmediatamente. Toda la tensión volvió a su cuerpo de golpe.
—¿Dónde?
Silencio.
Valentina observó cómo el color abandonaba lentamente el rostro de Dante.
—No toquen nada. Ya voy para allá.
Colgó bruscamente.
—¿Qué ocurrió? —preguntó ella.
Dante la miró apenas un segundo y por primera vez desde que lo conocía, Valentina vio miedo real en sus ojos.
No miedo al accidente.
Algo peor.
—Encontraron algo dentro de mi auto.
El estómago de Valentina se tensó inmediatamente.
—¿Qué encontraron?
Dante sostuvo su mirada durante un instante. Esta vez no había arrogancia en sus ojos. Solo una oscuridad fría que le heló la sangre.
—Una pieza que no pertenece a mi monoplaza.