CAPÍTULO DOS
Ella de repente se encontraba en los sinuosos pasillos de la prisión. La escoltaban dos guardias que la conducían por los húmedos túneles y bajaban dos tramos de escaleras por debajo del nivel del suelo. Había personas que la miraban a través de los cristales de las puertas de las celdas. Los otros guardias la miraban como si fuera una nueva reclusa en proceso de admisión. Todo se movía más rápido de lo que ella podía llegar a comprender.
—Señorita, conoce las normas, ¿verdad? —le preguntó uno de los guardias.
El cartel junto a ellos decía «LA ZONA ROJA COMIENZA AQUÍ».
—¿Las normas?
—Manténgase a un metro y medio del cristal. No pase nada a través del cristal. Mantenga una interacción breve. Si desobedece estas normas, el Departamento de Prisiones de Maine no se hace responsable de ninguna lesión o fatalidad que se produzca. ¿Entendido?
El guardia utilizó su tarjeta para abrir la puerta de acero. Ella se quedó mirando una vez más la guarida del dragón, casi sin poder creer el hecho de haber llegado hasta allí.
—Sí. Entendido —dijo.
Y la puerta se cerró, dejándola sola.
Ella no tenía ni idea de cómo lo había logrado él, ni de por qué, pero se encontró frente a la celda de cristal de Tobias Campbell en el sector de la Zona Roja de la Prisión Estatal de Maine. Campbell, el único recluso del sector, estaba aislado de todos los demás en el complejo por motivos de seguridad mutua. Los barrotes de hierro rodeaban la caja de cristal para ofrecer una doble seguridad.
Campbell estaba sentado en el suelo de su celda, sorprendentemente vacía. Ya no estaban sus herramientas de pintura, sus caballos en miniatura y sus otras baratijas. En la puerta de la Zona Roja, se retiraron dos paramédicos uniformados y un puñado de guardias, aunque vacilantes. La confusión superó el temor que sentía y su monólogo ensayado casi se había esfumado de su cerebro.
—¿Qué demonios ha sido eso? —fue todo lo que consiguió decir.
Tobias se levantó y sonrió. Su cabeza afeitada brillaba bajo las cegadoras luces blancas de su recámara estéril. Vio aquella sonrisa enfermiza que había visto innumerables veces en sus sueños y el mero hecho de verla de nuevo le provocó sentimientos que con gusto no volvería a soportar. Detrás de ella, había una celda de cristal sin ocupante, en la oscuridad. Incluso en ese momento, tuvo que preguntarse: «¿cómo he acabado aquí de nuevo?».
—Agente Dark, me alegro de que haya vuelto. —Campbell se pasó las yemas de los dedos por un lado de la cara y luego dejó caer unas gotas de sangre en el suelo de su celda—. De nada, por cierto.
Ella no tenía ni idea de a qué juego estaba jugando este maníaco, pero por alguna extraña razón, por lo visto conllevaba a su propia mutilación.
—¿De nada? ¿Por qué? ¿Qué acaba de hacer?
—No esperaba ninguna visita esta mañana, señorita Dark, pero algo me decía que usted volvería a hacer acto de presencia en mi alojamiento en algún momento.
—De acuerdo. ¿Y? ¿Por qué me trajo apresurada un grupo de guardias hasta aquí?
—Funcionó, ¿no? —Tobias se rio.
—Campbell, estoy cansada de sus juegos. No quiero tener nada que ver con usted y después de esta reunión no volverá a saber de mí. Estoy aquí para obtener respuestas y una vez que las tenga, me iré. ¿Lo entiende? Ahora explíqueme qué demonios acaba de suceder.
—No nos precipitemos —dijo Tobias—. Hábleme de su pequeño caso en California de la semana pasada. Escuché que atrapó a un asesino del Zodiaco. ¿Qué tal les fue con eso?
—Bien. Lo atrapamos en tres días. Ahora empiece a hablar.
Tobias se acercó al cristal y giró el dedo alrededor del orificio del altavoz. Ella pudo observar completamente las heridas: un chorro de sangre seca le corría desde la oreja hasta el cuello.
—Impresionante. ¿Y cómo lo han hecho?
—¿Qué le ha pasado en la oreja?
—¿A mi oreja? Manipulación, querida. El núcleo de la condición humana. Cuando un niño grita porque no se sale con la suya, no está molesto; solo está aprendiendo los fundamentos de la explotación del comportamiento. Eso se arrastra hasta la edad adulta y algunos de nosotros seguimos siendo tan hábiles como cuando éramos jóvenes.
Ella ató cabos. Le llevó unos segundos y no tenía mucho sentido para ella. Pero nada de lo que hacía este monstruo tenía sentido para una mente racional.
—¿Ha fingido una herida?
Tobias suspiró y negó con la cabeza lentamente, como si estuviera siendo manejado por una máquina.
—No. Una vez más, veo que sigue siendo incapaz de penetrar en la mente del psicópata.
Ella se preguntó de nuevo: «¿por qué he venido aquí?». Tobias ya estaba jugando de nuevo a su antiguo juego. Menospreciando sus habilidades y haciéndola sentir tan pequeña como un ratoncito de campo. Odiaba a Tobias con cada fibra de su ser, pero en ese momento, se odiaba más a sí misma por haber pensado que esto no sería una pésima idea.
—Verá, usted salió de su casa muy temprano esta mañana, señorita Dark. Y no se presentó a trabajar. Supe de inmediato que estaría frente a mí en cuestión de horas.
Ella se quedó boquiabierta y abrió tanto los ojos que le resultó doloroso. Aquel tipo conocía detalles de su vida que nadie más que ella debía saber. Le empezó a picar toda la piel.
—¿Qué...? ¿Quién se cree que es para acosarme así? ¿Cómo, en nombre de Dios, sabe estas cosas?
—La gente me habla. Las noticias vuelan, sobre todo en estos pasillos. Pero cada vez que algún esperanzado agente del FBI planea una visita, el Departamento de Prisiones me lo hace saber de antemano y no se han puesto en contacto recientemente. Eso significaba que usted venía aquí sin avisar.
Ella se detuvo y pensó que todo debía ser una larga pesadilla hiperrealista. Todo, desde el día que conoció a Tobias hasta ahora. Esta no podía ser su vida. Se sentía como si estuviera atrapada en el medio de una tela de araña sin poder liberarse.
—Sabía que esos fastidiosos guardias no romperían el protocolo, no para una novata. Así que, en cuanto usted llegó, utilicé la astucia, el intelecto, el engaño.
Ella volvió a mirar la herida de Tobias. Le corría sangre fresca por la mejilla, como agua turbia en una hoja. Rápidamente, recordó todo. Recordó el protocolo para los prisioneros en las celdas de detención de sus días en la policía de Virginia.
—¿Amenazó con suicidarse para que me dejaran entrar?
—Lotería —sonrió Tobias—. Solo fue necesario un lápiz en mi canal auditivo. Les dije que me revolvería los sesos con un grafito afilado si no la traían hasta mí.
Lo primero que pensó Ella fue que los guardias deberían haberlo dejado hacerlo, pero sabía que el protocolo dictaba que cualquier recluso que amenazara con suicidarse debía ser atendido de inmediato.
—Dios mío. Pero, ¿por qué? ¿Cómo supo que estaba aquí? —Las preguntas revoloteaban por su mente como hormigas frenéticas.
—Como he dicho, las noticias vuelan. Y yo quería verla. Me resulta mucho más interesante que los otros tontos que han enviado en el pasado.
Ella quería seguir indagando, pero darle a Tobias lo que quería era un camino peligroso. Intentó recordar las palabras que había memorizado, pero su mente estaba en blanco.
—Ah, ¿sí? —preguntó.
Campbell se metió el dedo en la oreja y sacó otro aluvión de sangre.
—Ya empieza a doler —dijo con una sonrisa—. Pero sí. Todos los demás agentes que he conocido han sido de mediana edad y clase media con muy poca personalidad. Zánganos corporativos a la espera de cobrar sus pensiones. Solo acudieron a mí porque alguien les dijo que tenían que hacerlo.
Ella se preguntó quién más en las filas del FBI había tenido el placer de visitar a Tobias en persona. Hasta ese momento, pensaba que era había sido la única.
—Entonces, ¿qué me hace diferente?
—Usted está aquí porque quiere estarlo. Está en una búsqueda de conocimiento y no tiene miedo de escarbar hondo para encontrarlo. Eso me parece admirable.
Ella sintió algo parecido al orgullo, pero el cóctel de emociones que sentía en su interior apagó la sensación en cuestión de segundos. Se recompuso y se recordó a sí misma por qué estaba allí.
—Tobias, basta ya de tonterías. No se crea que voy a caer en sus juegos. Esta vez no. ¿Por qué había un animal muerto en la puerta de mi casa la semana pasada?
Tobias hizo una mueca. Se le contrajo el cuello.
—¿Qué clase de animal?
Ella levantó las cejas.
—Ya lo sabe. No se haga el gracioso.
—No estoy seguro de lo que está hablando, señorita Dark. A mí me parece una coincidencia. La naturaleza puede ser bastante cruel.
—Me parece increíblemente improbable. Usted mismo dijo que sabía sobre mi paradero hoy. Eso significa que me ha vigilado. A no ser que estuviera mintiendo, como acostumbra a hacer.
Ella estaba dispuesta a usarle sus propios juegos contra él mismo. Si lograba sacarlo de quicio, él podría tener un desliz. Funcionaba con los sospechosos en la sala de interrogatorios, así que ¿por qué no lo haría aquí también?
Tobias golpeó el pie con un ritmo constante.
—¿Quién sabe si estoy mintiendo o diciendo la verdad? Tal vez haya adivinado que usted estaría aquí. O tal vez sea un truco de mentalismo. Un guardia me dijo que usted estaba fuera de las puertas y yo apliqué un poco de lectura en frío. O tal vez realmente estoy vigilándola a usted y a la vieja Mia Ripley. ¿Qué cosa preferiría?
—No me importa —mintió Ella. En realidad, sí que le importaba, pero cuantas más cosas Tobias decía, más sentía que la tela de araña empezaba a crecer y a mutar en algo más fuerte. Cada nuevo comentario provocaba un nuevo misterio y lo último que necesitaba era más dudas rondándole en la cabeza.
—Haga algo por mí, ya que conseguí que entrara aquí con mi pequeño truco. ¿Cuál es su segundo nombre?
La pregunta la tomó por sorpresa.
—¿Por qué quiere saberlo?
—Ya sabe lo que dicen de la curiosidad —dijo sonriendo.
«Hijo de puta», pensó Ella mientras contenía la ira.
—No tengo segundo nombre —espetó.
—No, no, no. Los dos sabemos que eso no es cierto.
—¿Entonces por qué me lo pregunta?
—Estoy midiendo su capacidad de honestidad. Si vamos a tener una relación mutuamente beneficiosa, necesito saber hasta qué punto está dispuesta a decir la verdad.
Ella tuvo que cerrar los ojos para luchar contra la frustración.
—¿Habla en serio? ¿Me está preguntando si estoy siendo sincera? Usted es quien envuelve la verdad en estúpidos enigmas.
Tobias bajó la mirada al suelo y respiró profundamente. Cuando volvió a levantar la vista, la sonrisa constante que siempre tenía se le había transformado en un ceño fruncido. Había entrecerrado tanto los ojos que solo se veían sus pupilas amarillentas. Levantó la palma de la mano y golpeó el cristal con un estruendo sorprendente. Ella tuvo que apelar a toda su compostura para no retroceder asustada.
—Escúcheme, señorita Dark —gruñó Tobias y su voz adoptó una inflexión casi demoníaca—. Si no fuera por mí, todavía estarían dando vueltas en círculos en California. Arriesgué mi vida para hacerla entrar aquí y no tengo duda de que seré castigado en consecuencia por mis acciones. Y la vieja Mia Ripley aún no sabe de nuestras pequeñas conversaciones, ¿verdad? Ya podría habérselo dicho, pero no lo he hecho. He hecho más por usted que lo que usted ha hecho por mí, así que cuando le haga una pregunta, quiero que me responda. ¿Está claro?
El silencio pesaba mucho entre ellos. Ella no podía creerlo, pero él tenía razón. Él tenía todas las ventajas y ella ninguna. Ella podría salir de allí en ese mismo momento, pero Tobias se vengaría revelándole todo a Ripley. No fue hasta entonces que se dio cuenta de que estaba jugando un juego que no podía ganar. La única manera de conseguir una ventaja en el marcador era accediendo a las peticiones de Tobias.
—Mi segundo nombre es April.
Tobias cerró los ojos y olió el aire. Se deleitó con la nueva información como si hubiera descubierto la respuesta a un antiguo misterio. Se le iluminó el rostro con un nuevo orgullo.
—Eso es. No ha sido tan difícil, ¿verdad? April, o sea, abril en español, el mes más cruel. Y también es este mes. Qué apropiado.
Para cualquier otra persona, revelar tales detalles sería inofensivo, pero Ella sabía que Tobias encontraría la manera de usarlo en su contra.
—Hice lo que me pidió, ahora tiene que compensarme.
—¿Debo hacerlo? Muy bien. Sí, el gato que estaba en su puerta fue dejado allí por un socio mío. —Tobias remató el final de la frase haciéndose sonar el cuello.
Ella esperó a que le diera más detalles. No hubo nada más.
—¿Y? ¿Eso es todo? —gritó—. ¿Quién es esa persona? ¿Por qué lo hizo? —En cuanto las palabras le salieron de la boca, supo que sus preguntas eran en vano, pero la desesperación se impuso sobre todo lo demás. Ella agarró los barrotes de la celda con ambas manos y los sacudió con toda la fuerza que tenía. Al instante le ardieron los antebrazos y los bíceps, pero los barrotes de hierro no se movieron.
—Por favor, una cosa a la vez —dijo Tobias—. Me temo que no voy a divulgar más detalles. No sobre mi cómplice. Pero le diré por qué lo hice, si realmente quiere saberlo.
Ella se apartó de la celda. Tobias mantenía su postura firme con las manos detrás de la espalda, como si una fuerza magnética lo mantuviera en su sitio. Ni siquiera el arrebato de la agente lo había hecho mover.
—Adelante. Estoy esperando.
—Bueno, señorita Dark, todo el mundo está contento al provocar a un tiburón cuando está en la jaula. Pero muy poca gente provocaría a uno en estado salvaje. Eso es lo que estoy haciendo. Estoy arrancándole su red de seguridad. Usted vino a mí porque pensó que podría observarme desde la seguridad del mundo libre, pero estos barrotes no son más que una ilusión. —Él presionó la cara contra el cristal—. Estoy ahí fuera con usted. Observando, participando, aterrorizando. ¿Desea aprender de mí? ¿Usted viene a mí esperando que la instruya sobre la mente psicopática? Entonces usted aprenderá por las malas.
Sí, Ella vino a aprender. Quería saber todo sobre el pasado de Tobias y descubrir detalles que nadie más sabía. Pero también quería conocer sus conocimientos primarios sobre el proceso de pensamiento de un asesino. En su último caso, Tobias le había dado la información que necesitaba para resolverlo. Quería explorar esa intuición, pero parecía que había abierto las puertas del infierno.
Tobias tenía una mirada tensa que Ella no había visto antes, como si le hubieran quitado la máscara de carne por primera vez. Pero en lugar de huesos y tendones, no había más que una astucia despiadada y una locura clínica que la miraban fijamente. Ella sintió que la habitación se helaba y que se le helaba aún más la columna vertebral. El frío se le clavó en los labios, congelándolos. Quería gritar con la furia de mil rayos, pero no tenía fuerza de voluntad para hacerlo. Solo sentía la derrota y la aplastante conciencia de que eran sus propias acciones las que habían invitado a ese monstruo a entrar en su vida y en su mente.
Ninguno de los dos habló durante unos segundos. Fue el pitido del reloj de Ella el que rompió el silencio. Ella lo consultó. Señalaba que alguien la estaba llamando a su teléfono, que le había sido confiscado antes de entrar en los bloques de celdas. Miró el nombre de la persona que llamaba.
—William Edis —dijo Tobias, de alguna manera llegó a leer el texto en su reloj a metro y medio de distancia—. Hacía tiempo que no oía ese nombre. ¿Cómo está? ¿Sigue persiguiendo a las jóvenes estudiantes? Oh, lo olvidaba, eso era solo un rumor.
Edis era el director del FBI. Cada vez que llamaba a Ella, significaba que la necesitaba en el campo.
—Me voy —dijo Ella—. No volverá a saber de mí.
Tobias se volvió y miró hacia la pared trasera de su celda.
—Por cierto, señorita Dark, era solo un truco.
Un mensaje de Edis apareció en su reloj. «Ven a verme a la sede lo antes posible». Desconcertantemente vago. La emoción inicial de un nuevo caso se vio rápidamente empañada por su entorno actual.
—¿Qué era un truco?
—Mi lesión. Lo único necesario fue un simple pinchazo en mi dedo para crear la sangre. El lápiz en la oreja era una ilusión. Crecí como una basura de circo, así que este tipo de engaños son algo natural. ¿Realmente creyó que arriesgaría mi vida por alguien como usted?
Ella ya había escuchado suficiente. No podía aguantar más. Era una batalla que no podía ganar y se arrepentía de haber ido a aquel maldito lugar. No importaba lo que dijera o hiciera, no se podía negociar con este monstruo. Había jugado con fuego y ahora estaba atrapada en medio de un infierno. Ella se dirigió a la puerta, frustrada, perdida y sin saber exactamente qué le deparaba el futuro.
—Ella April Dark, ya volverá a saber de mí —dijo Tobias. Ella pulsó el timbre para salir de la Zona Roja y no miró atrás.