James Mackenzie —Nada importante, papá Bruce —respondí, tragando saliva, consciente de que, ni en un arranque de locura, me atrevería a decirle que había venido a presentarle a mi… ¿prometida? La palabra me resultaba ahora muy ajena. Las últimas horas me habían sacudido por dentro, y no solo había cambiado mi rumbo, sino también la forma en que concebía mi futuro. Algunas certezas comienzan a resquebrajarse cuando uno se permite mirar de frente a lo que de verdad importa. —¿Te quedas a cenar, hijo? —preguntó mamá Alina con dulzura, acercándose con esa calidez que siempre ha sido su sello. Estaba por negar con la cabeza, aún abrumado por todo lo vivido, cuando una vocecita me devolvió al presente: —¡Papito, papito! ¿Hoy me dormirás tú? —exclamó mi pequeña, alzando los bracitos hacia

