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Sentencia del corazón

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Sinopsis James Mackenzie lo tenía todo planificado. A sus 35 años, es uno de los abogados más prestigiosos de Nueva York, vive una vida ordenada y está a punto de casarse con su mejor amiga de la infancia, Evelyn Davis. Nada parece desviarlo de su camino… hasta que el pasado decide regresar con fuerza. Cinco años atrás, tras la muerte de su abuelo, James viajó a Toronto buscando consuelo en Bruce Lancaster, el hombre que es como un padre para él. Lo que no esperaba era terminar en los brazos de una desconocida aquella noche… ni descubrir al día siguiente que ella era Mayte Lancaster, la única hija de Bruce. Culpable y confundido, James la alejó sin explicaciones, sin imaginar que ese encuentro marcaría sus vidas para siempre. Ahora, el destino lo obliga a enfrentar la verdad: de esa noche nacieron dos hijos. Y por ellos, está dispuesto a todo. Incluso a romper las reglas que siempre juró seguir, sin importar que su amor sea prohibido. Porque esta vez…su mejor sentencia no vendrá de los tribunales, sino del corazón

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1.Prólogo
Hoy se cumplen tres años desde la muerte de mi abuelo Gustave, y el vacío que dejó en mi vida sigue siendo insondable. Durante este tiempo, he cumplido con la promesa que le hice: convertirme en un gran abogado dentro de la firma Smith. Pero ni los triunfos profesionales, ni la rutina perfectamente estructurada que construí a su sombra, han logrado acallar la ausencia que dejó su partida. Gustave fue más que un abuelo. Fue mi cómplice, mi confidente, el hombre que me amó sin necesidad de compartir sangre, y que llenó de sentido cada uno de mis años más turbulentos. Mientras observo su fotografía en la repisa de mi oficina —esa en la que sonríe con la serenidad de quien ya lo ha vivido todo—, escucho la puerta abrirse con suavidad. Mi madre, Valeria Smith, entra acompañada de mi padre, Daniel Mackenzie. —James, cariño —dice mamá, tomándome del brazo con ternura—. ¿Estás bien? —Podría estar mejor —respondo, forzando una sonrisa que apenas logra ocultar el nudo en mi garganta. Mi padre me da unas palmadas en la espalda con esa firmeza protectora que siempre ha tenido. —Sabemos cuánto te afectó la partida de Gustave, hijo. Pero estoy seguro de que a él no le gustaría verte así… anclado en el duelo. —Lo sé, papá. Por eso he tomado una decisión. Ambos me miran, expectantes. —Antes de mudarme definitivamente a Nueva York para asumir el cargo en la sucursal del despacho M&S, he decidido hacer algo que debí haber hecho hace años: volver a Toronto. Visitar a Bruce. Sus rostros se iluminan con una mezcla de sorpresa y alivio. —Han pasado diez años desde la última vez que lo visitaste —señala mi padre con tono reflexivo—. Es tiempo de retomar esos lazos. —Y más aún cuando Bruce te cuidó como un hijo durante casi una década —agrega mi madre—. Me alegra que reconozcas ese vínculo. Es un paso importante. —La verdad, aunque veía más seguido a mi papá Bruce debo admitir que ya no recuerdo los rostros de Gabriel y Mayte. Cuando los vi por última vez, aún eran niños… —No olvides que tenemos un departamento en Toronto —me recuerda papá—. Puedes usarlo el tiempo que necesites. ¿Cuánto piensas quedarte? —Quizá un mes. Gracias por su apoyo —respondo, abrazándolos con gratitud—. Son, sin duda, los mejores padres que pude tener. Quizá mi infancia no fue convencional, ni siempre feliz. Pero no puedo quejarme. Fui afortunado de tener no uno, sino dos padres: Bruce Lancaster, que me cuidó cuando más lo necesitaba, y Daniel Mackenzie, mi padre biológico, quien me ofreció estabilidad y un apellido. Ambos, en su forma distinta, me forjaron. Al día siguiente, ya con todo preparado para mi viaje, me despido de todos, incluyendo a mi hermana Violette. Ahora tiene diecinueve años y está convertida en una joven brillante, algo excéntrica, estudiante de medicina. Sonrío al pensar en cómo mi padre albergaba la esperanza de que alguno de nosotros siguiera sus pasos al frente de la petrolera Mackenzie… pero la vida nos marcó destinos distintos. Lo bueno es que aún tiene a mamá. Juntos forman un gran equipo. A pesar de los veinte años que los separan, su complicidad es indiscutible. Y él, con sus setenta años bien llevados, sigue siendo un hombre imponente. Durante el vuelo, mientras el jet privado surca los cielos rumbo a Toronto, me recuesto con los ojos cerrados y dejo que los recuerdos fluyan. Pienso en lo extraña y, a la vez, maravillosa que ha sido la vida al regalarme una familia… tan profundamente mía. Lo que aún no sé es que este viaje, lejos de cerrar un ciclo, abrirá una herida… y, quizá, una nueva vida. Cuando aterrizo en Canadá, el aire frío de Toronto me recibe como un viejo recuerdo guardado entre la nostalgia y el silencio. Voy directo al departamento del centro, ese que mi padre conserva desde hace décadas, desde aquel día en que lucho por mi custodia a los nueve años y decidió cambiar mi destino para siempre. Sí, lo admito. Mi infancia fue complicada. Lleno de vacíos, de preguntas sin responder… pero también de encuentros que marcaron mi vida, como el de Bruce Lancaster, el hombre que me cuidó en mis primero nueve años de vida siendo un padre cuando más lo necesité. Tomo el teléfono y, casi sin pensarlo, marco su número. —¿Hola? —responde de inmediato, con esa voz que me resulta más familiar que cualquier paisaje de esta ciudad. —Papá Bruce, soy James. ¿Cómo estás? —James… ¡eso sí que es un milagro! —exclama con una risa cálida—. Pensé que te habías olvidado de este viejo. —No digas eso. Sabes que siempre te he recordado… y querido. Por eso he venido a Toronto, para visitarlos. —Qué bueno saberlo, hijo. Alina y los chicos estarán felices de verte, después de tanto tiempo. —Gracias, papá Bruce. Mañana pasaré por tu casa a la hora del almuerzo, ¿te parece? —Por supuesto. Pero dime, ¿dónde te quedarás? Tu habitación de niño aún está tal como la dejaste… —Gracias, pero estaré en el departamento del centro, el de papá Daniel. Me vendrá bien algo de espacio y silencio. —Está bien, muchacho. Llámame si necesitas algo. —Lo haré. Gracias… —murmuro antes de colgar, con una extraña mezcla de alivio y ansiedad en el pecho. Ya instalado, decido hacer algo que no hacía desde hace años: salir a un bar. No busco compañía, solo algo de ruido, luces tenues y un buen whisky que me ayude a desatar los nudos en mi cabeza. El bar es elegante, con música suave de fondo, y un ambiente que oscila entre lo íntimo y lo desconocido. Me acerco a la barra y pido: —Un whisky en las rocas, por favor. Cuando la copa llega, levanto el cristal y susurro solo para mí: —A tu salud, abuelo Gustave… Y justo cuando el silencio se hacía insoportable… ahí está, revelándose ante mis ojos. La silueta de una mujer, quien entra, haciendo que el mundo girara un poco más lento solo para contemplarla. Lleva un vestido n***o que abraza su figura con precisión impecable, pero no es su cuerpo lo que me atrapa… es su risa. Alegre, auténtica, luminosa. Como si llevara la primavera en los labios. Se acerca a la barra y, sin buscarlo, nuestros ojos se encuentran. Los suyos son azules, profundos, como un océano tranquilo que, sin embargo, amenaza con devorarte si te sumerges demasiado. Tienen algo… algo familiar que no logro descifrar. —Hola —dice, con una sonrisa que derrite cualquier armadura. Tardo un segundo en reaccionar. Yo, un abogado exitoso de treinta años, me siento como un adolescente atrapado en el primer acto de un hechizo. —Hola —respondo, apenas dibujando una sonrisa. —¿Eres turista? —pregunta, divertida, mientras se apoya en la barra. —Digamos que esta noche sí —digo, jugando con el tono—. Pero nací en esta ciudad. —Oh, eso lo hace interesante… —susurra—. ¿Te molesta si te acompaño? —Para nada. Es más… —levanto una ceja, recuperando parte de mi encanto— ¿Me permites invitarte un trago? —Bueno, está bien. Pero que conste que no acepto tragos de cualquiera. —Tienes razón —digo con una sonrisa ladeada—. Esta noche tengo que esforzarme para demostrar que no soy “cualquiera”. Ella ríe, y esa risa vuelve a desordenarme por dentro. —¿Vienes sola? —pregunto con fingida sutileza, intentando saber más sin parecer demasiado interesado. —Vine con un par de amigos… pero, para ser honesta, soy la que está de más ahí. —Se encoge de hombros con naturalidad. —Entonces… ¿no tienes novio? —me atrevo a decir, ya sin rodeos. —No. No lo tengo —responde, tomando un sorbo de su cóctel. —¿Puedo saber por qué? —pregunto en tono de juego, como si fuera parte de un interrogatorio improvisado. Ella gira levemente el rostro y me mira directo a los ojos. Hay algo en su mirada que es tan seductor como impenetrable. —Porque aún estoy esperando al amor de mi vida —susurra, enigmática. Y no sé por qué… pero mi corazón da un vuelco. Como si esas palabras tocaran una herida antigua. O quizás… una promesa aún no cumplida. La noche fue… inesperadamente perfecta. Debo admitir que compartimos más de lo que creí posible con una desconocida: risas, anécdotas, miradas prolongadas y bailes que parecían confesar lo que las palabras no se atrevían. Curiosamente, ninguno dijo su nombre. Y aunque suene absurdo, en medio de esa conexión salvajemente natural… lo olvidamos. Sí, olvidamos presentarnos. Pero es que cuando tienes esa clase de conexión, esa que parece venir de otra vida, los nombres son lo de menos. Solo importa lo que sientes. Lo que vibra. Lo que se enciende. Al salir del bar, ella tomó mi mano sin necesidad de pedir permiso. Yo la rodeé por la cintura, atrayéndola hacia mi pecho. La abracé por la espalda, y no lo negaré: quería más. Me acerqué a su cuello, aspirando ese aroma sutil a flores y algo más… algo imposible de nombrar, pero que me ancló en ese instante con la fuerza de quien encuentra, al fin, el lugar al que pertenece. Caminamos por el centro como dos cómplices en una ciudad dormida. —¿Te gustaría venir a mi departamento? —pregunté con voz suave, directa. Ella me miró, y sin necesidad de palabras… me besó. Y qué beso. Tenía esa torpeza deliciosa que se da cuando el deseo se mezcla con nervios, con historia, con destino. Mis manos buscaron su cintura, mis labios se rindieron ante los suyos. Y por primera vez en años, sentí algo parecido a una certeza. Cuando llegamos al departamento, no hubo espacio para la duda. La urgencia por sentirnos, por descubrirnos, por reconocernos… fue inmediata. Esa noche fui otro. Fui nuevo. Fui feliz. Fui suyo. Y aunque no sabía su nombre, cuando la miraba a los ojos, sentía que ya la conocía. Que su risa era un recuerdo. Que su cuerpo era un lugar al que alguna vez había pertenecido. Hubo un momento, justo cuando nuestras almas parecían desbordarse, en que sus labios susurraron algo apenas audible. —James… siempre te esperé… No entendí del todo lo que decía. Ni siquiera sabía si había pronunciado mi nombre o si fue un eco de mi propia mente. Yo tampoco sabía el suyo. Y, en ese instante, no me importó. Porque lo único real era ella. Su voz. Su piel. Su calor. Su presencia en mi cama. Pero al amanecer… ya no estaba. El sol bañaba las sábanas blancas, vacías. Solo quedaba su aroma, un leve desorden en mi pecho, y sobre la almohada… un collar dorado. Un dije con la letra L. Lo sostuve entre los dedos con asombro. Era delicado. Pero lo que me heló la sangre fue lo familiar que se me hizo. Tenía la misma forma del dije que Bruce me entregó cuando era niño, asegurándome que, pasara lo que pasara, yo siempre sería un Lancaster. Mi mente era un torbellino. ¿Casualidad? ¿Destino? ¿Error? No sabía qué pensar, así que me obligué a levantarme. A alistarme. Ya casi era medio día, y tenía un compromiso pendiente: el almuerzo con los Lancaster. Cuando llegué a la casa, la fachada imponente me pareció menos intimidante de lo que recordaba. Tal vez porque esta vez traía encima otra clase de nervios. Alina me recibió con una calidez entrañable, igual a como era en mi infancia. Bruce también me abrazó, fuerte, con ese afecto inquebrantable que nunca se perdió entre nosotros. Pero fue al entrar al salón principal cuando el tiempo se detuvo. Escuché pasos bajando la escalera. Voces. Y entonces la vi. Ella. Con la misma sonrisa de anoche. Con los mismos ojos azules que me habían hechizado. Mis latidos se desbocaron. El mundo se desdibujó. Ella era… una Lancaster. Y yo… yo estaba a punto de romper el corazón de la única mujer que, sin saberlo, jamás debí tocar. Porque, aunque es verdad que ella despertó en mí un amor feroz, un deseo tan visceral como inevitable… para mi desgracia, todo aquello estaba prohibido para mí. Y lo peor de todo es que, aun sabiendo que debía alejarme, ya era demasiado tarde.

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