2. El azul de sus ojos

1632 Words
Mayte Lancaster “Cumpleaños feliz…” entonamos todos al unísono, entre risas, aplausos y miradas cómplices, mientras una oleada de amor y gratitud recorre la estancia. El salón está decorado con globos de tonos pastel, guirnaldas y una mesa que exhibe una torta colorida coronada por dos pequeños castillos con el número cuatro al frente. Entre ovaciones, mis ojos se posan en ellos: mis hijos, Julián y Amelie a quien llamamos de cariño Mely, los dueños de mis desvelos y las razones de cada una de mis sonrisas. No ha sido un camino sencillo, pero al ver sus caritas iluminadas por la luz de las velas, sé —con certeza absoluta— que todo ha valido la pena. —¡Mami, queremos pastel! —exclama Julián con esa mezcla entre impaciencia y ternura que solo un niño puede dominar—. El abuelo dijo que después nos va a llevar al parque a jugar. —Está bien, mi amor —respondo con una sonrisa amplia, acariciando su cabecita llena de ligeros rizos rubios—. Ya vamos a partirlo. En ese instante, el timbre de la casa interrumpe la escena como si marcara el punto exacto en que debía entrar alguien que, aunque esperado, aún sorprendía. Me dirijo a abrir la puerta, y cuando la abro, ahí está él: Nicolás. —Nicolás… bienvenido —le digo, conteniendo la emoción que me provoca verlo aparecer justo en ese momento. Antes de que pueda agregar algo más, Julián y Mely corren hacia él como flechas humanas, lanzándose a sus brazos con total familiaridad. —¡Tío Nicolás! —gritan los dos al unísono, haciendo que el ambiente se llene de una nueva alegría. Nunca entenderé cómo logra alzarlos a ambos al mismo tiempo sin que se le escape una queja, como si el peso del mundo se volviera liviano en sus brazos cuando se trata de ellos. —Hola, mis terremotos favoritos —responde él con una risa cálida y honesta—. Qué grandes están… ¡y qué pesados también! Los niños se ríen a carcajadas, encantados por su presencia, no importa que tan frecuente se vean siempre lo saludarán con la misma emoción. —Perdona el retraso, Mayte —dice Nicolás mientras se acerca con los pequeños aún colgando de sus hombros—. Ya sabes… cosas del hospital. Emergencias de último minuto. —No te preocupes —respondo mientras lo observo con cierta ternura—. Solo me alegra que hayas venido. Ellos te estaban esperando… y yo también. Nicolás me dedica una mirada suave, casi cómplice. Hay algo en sus ojos que no necesita traducirse en palabras: esa comprensión silenciosa entre quienes han caminado a nuestro lado cuando todo parecía a punto de colapsar. —¿Me dejas partir el pastel? —pregunta con picardía, bajando a los niños con cuidado. —Solo si aceptas quedarte a comer, cantar otra vez el cumpleaños y correr detrás de ellos en el parque —le respondo con media sonrisa. —Hecho —dice, y por un segundo, su mirada se posa en mí de un modo que me descoloca y me reconforta a la vez. Y ahí estamos… en medio del ruido de niños, papel de regalo rasgado, canciones entonadas con desafinada pasión y una sensación extraña de plenitud. No sé si la vida me ha dado todo lo que soñé, pero me ha regalado a dos seres que son todo lo que nunca supe que necesitaba. Cuando los veo correr alrededor del pastel, con Nicolás siguiéndolos entre risas, sé que a pesar de las tormentas, hay momentos como este en los que el amor, la familia y los afectos elegidos nos salvan sin que lo notemos del todo. Mis padres los observan desde un rincón del salón, con esa expresión silenciosa que sólo se construye desde el orgullo y la nostalgia. A su lado están los padres de Nicolás, los mismos que, años atrás, me acogieron en Suiza como a una hija más, sin cuestionamientos, sin condiciones. Yo había llegado a Berna con el alma en ruinas, con un corazón partido y una maleta llena de incertidumbres. Venía arrastrando el eco amargo de una historia de amor fallida, y el frío de ese invierno suizo parecía un reflejo exacto de lo que sentía por dentro. Nicolás… él fue mi sostén en medio de esa tormenta. El hombre que sin saberlo se convirtió en mi refugio, en el único pecho donde me permití llorar la decepción de mi primer amor. Me escuchó hablar entre sollozos de James, de cómo destrozó cada ilusión, cada esperanza de amar sin condiciones, y cómo, sin mirar atrás, me dejó enfrentando un abismo sola. Recuerdo vívidamente aquel día. Llevaba apenas dos meses en Suiza, inmersa en los trámites universitarios, tratando de reconstruir mi vida desde las ruinas. Aquel día, al salir de clases, el mundo simplemente se desvaneció. Me desmayé en plena calle, exhausta y quebrada por dentro. Por fortuna, Nicolás había insistido en ir por mí esa tarde. Me levantó del suelo con manos seguras, y sin perder tiempo, me llevó directamente al hospital donde trabajaba. Fue él quien me examinó. Y fue también él quien, con una mezcla de dulzura y conmoción, me dio la noticia que cambiaría mi vida para siempre: Estaba embarazada de tres meses. No de uno, sino de dos bebés. El silencio que siguió a sus palabras fue como un cristal roto en el pecho. Me sentí invadida por un miedo primitivo, abrumador, que me dejó sin aire. Pero al mismo tiempo, algo en mi interior se sostuvo, haciendo que mi alma supiera que, aunque no estaba lista, esos hijos ya eran parte de mí. Era un balde de agua fría, sí, pero también una revelación sagrada. Aquello que parecía una tragedia se transformó en la bendición más profunda que la vida podía darme. Mis padres, al enterarse, me ofrecieron regresar a Canadá. Querían protegerme, rearmarme lejos del dolor. Pero les pedí que me dejaran quedarme, que necesitaba terminar mis estudios aquí, en esta tierra que sin quererlo se había convertido en mi nuevo hogar. Agradezco profundamente que respetaran mi decisión. Que jamás me presionaran. Que mantuvieran silencio y jamás me cuestionaran el nombre del padre de mis hijos, pues sabía que su sola mención provocaría tormentas. Mi madre fue mi puente, mi mediadora ante la rigidez de mi padre. Ella fue mi fuerza en los momentos más oscuros, la que sostuvo mis manos cuando creía que no podía más, la que me miró sin juicio cuando yo apenas me reconocía. Y hoy, al mirar a mis hijos correr y reír, no puedo evitar ver en sus ojos ese destello azul que me pertenece… pero que también es de él. De James. Aunque los míos también son azules, los suyos —los de Julián y Mely— llevan ese matiz tan particular que solía esconder su mirada cuando me sonreía. A veces, ese reflejo me desarma. Me recuerda lo que fue, lo que no pudo ser, y lo que, sin querer, aún permanece vivo en lo más profundo de mí. Pues ellos heredaron el Azul de sus ojos. Mi padre se acerca con paso firme, aunque su mirada —serena pero profunda— me revela que no se trata de una simple conversación. —Mayte, cariño… —me dice con esa voz que aún conserva la autoridad de cuando era niña—. Me gustaría hablar contigo. Asiento, sintiendo un leve nudo en el estómago. Reconozco ese tono. No lo usa a menudo, pero cuando lo hace, algo importante está por venir. —Claro, papá. Vamos al estudio —le respondo, guiándolo con suavidad hacia la habitación contigua. Una vez allí, cierro la puerta detrás de nosotros. El silencio que se instala es casi reverencial. Él se detiene frente al ventanal, observa por unos segundos el jardín donde mis hijos juegan, y luego se gira hacia mí. —Hija… —empieza, con un suspiro que lleva años acumulados—. Me siento profundamente orgulloso de la mujer en la que te has convertido. Eres una madre admirable… y una arquitecta brillante. Has edificado tu vida con una dignidad que conmueve. Y sé que esta ciudad, esta tierra, te ha dado las bases para florecer. Pero… Hace una pausa, y el “pero” queda flotando en el aire como una cuerda tensa. —Creo que ya es momento de regresar a Canadá. Lo miro en silencio. Sus palabras no me sorprenden del todo, pero aún así logran remover algo dentro de mí. —Papá, lo sé —respondo con voz serena—. Sé que algún día debemos volver. Ustedes nos hacen falta… y también sé cuánto desean compartir más tiempo con los niños. Pero aquí ellos son felices. Tienen amigos, rutinas, vínculos. Y… ellos adoran a Nicolás. A él, y a sus padres. Son parte de nuestra familia también. Mi padre asiente, pero su expresión se torna más grave. Me observa con esa mezcla de ternura y preocupación que solo los padres saben dominar. —Mi amor… —dice con una suavidad que me desarma—. Ese es precisamente otro tema que no podemos seguir postergando. No crees que… ha llegado el momento de que los niños sepan quién es su padre. Y que su padre… sepa que existen. Siento un escalofrío recorrerme la espalda. Sus palabras caen como un cristal sobre el suelo. Frágiles, precisas, y rotundas. Mi corazón comienza a latir con fuerza, desbocado, como si quisiera salirse del pecho. La mención, aunque hecha con delicadeza, tiene el peso de un juicio. —Papá… —susurro, apenas—. No sabes cuánto me aterra siquiera pensarlo… Pero algo en mi interior y en su mirada me dicen que él sabe más de lo que yo he dicho.
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