Mayte Lancaster
—Papá… ¿tú lo sabes? —pregunto con voz temblorosa, sintiendo cómo mis propias palabras me dejan al borde del abismo.
Él me mira con una ternura tan serena, tan limpia, que por un segundo me invade la sensación de que, en sus ojos, nada es irreparable.
Asiente con suavidad, y su silencio vale más que mil argumentos.
—Hija… sabes que yo crié a James. Lo he amado como a un hijo desde que llegó a mi vida. Y no necesitas tener la mirada más aguda del mundo para saber que Julián y Amelie… son su vivo retrato. A esa edad, él tenía la misma expresión inquisitiva, la misma dulzura callada, como la que Julián tiene.
Me quedo sin aliento. El corazón late con fuerza, como si hubiese estado aguardando años para que alguien pronunciara esa verdad con voz firme.
—La verdad, mi amor, tarde o temprano… sale a la luz. Recuerda que el sol no puede ocultarse con un dedo. —Hace una pausa, luego añade con dulzura—. Tus hijos tienen derecho a saber quién es su padre. Y James, por mucho que duela, también tiene derecho a saber que existen.
Siento cómo las lágrimas comienzan a correr por mis mejillas sin pedir permiso, como una confesión muda. Mi padre se acerca sin decir nada más y me envuelve en un abrazo de esos que solo él sabe dar: firme, cálido, sabio.
—Duele, papá. Esto… esto todavía duele —susurro con la voz hecha pedazos.
Él asiente sin juzgarme, apoyando su mentón sobre mi cabeza como lo hacía cuando era niña y creía que el mundo se desmoronaba porque algo no salía bien.
—Lo sé, mi amor. A veces el amor no se parece en nada a lo que soñamos… Ni es tan fácil como muchos imaginan. Pero, princesa, más allá de lo que haya sucedido entre tú y James, lo que no cambia —ni cambiará jamás— es el vínculo de la paternidad. Eso va más allá de los errores, del orgullo, del pasado.
Me estremezco al escucharlo. Sus palabras no son solo verdades, son refugio.
—Durante todos estos años, jamás insistí… ni me metí. Tu madre me pedía que te diera tiempo. Tiempo para sanar, para crecer, para encontrar tu equilibrio. Y lo hice, hija. Porque te respeto. Pero ahora, desde la sabiduría que me ha dado la vida… sé que llegó el momento de actuar por quienes más lo merecen: tus hijos. Ellos se preguntan por su padre, aunque no lo digan en voz alta por no preocuparte. No lo notas, pero en su silencio… también hay un clamor.
Trago saliva, con dificultad. Me siento vulnerable, pero también segura bajo el amparo de su voz.
—Papá… perdóname por fallarte —musito, apenas audible.
Él me separa de su abrazo con delicadeza y toma mi rostro entre sus manos.
—Hija mía… tú nunca me has fallado. Has sido siempre un espíritu libre, a veces rebelde, sí… pero también profundamente valiente. Y no hay valentía más grande que seguir adelante sola, como tú lo hiciste.—hace una pausa para continúa,—Yo, más que nadie, sé que a veces el amor… nos hace tomar decisiones dolorosas. Sé cuánto duele amar sintiéndote no correspondido y también sé que no luchar por lo que se ama… deja cicatrices difíciles de borrar.
Muerdo mi labio inferior, conteniendo un nuevo llanto. Entonces, le confieso lo que llevo guardado desde hace años, como una herida que arde con solo tocarla.
—Papá… él me rompió el corazón. No lo odio, no podría. Pero sé que, para él, lo nuestro fue solo una noche. Recuerdo que el día de nuestro encuentro prometió no lastimarme, pero al día siguiente… cuando supo quién era yo, su mirada cambió. Me dijo que no podía fallarte, que si hubiese sabido que yo era tu hija, jamás me habría tocado.
Y eso… eso fue como si me partieran el alma en dos.
Mi padre cierra los ojos un instante. Siento que sus manos se tensan ligeramente sobre mis mejillas.
—Papá, él ya tenía a alguien. Ese mismo día más tarde, su celular sonó. Yo lo tomé sin querer… y fue ella quien lo llamaba. Me dijo que era su novia, su amor de toda la vida, su futura esposa, en ese momento… supe que lo nuestro nunca existió para él. Su moral lo obligó a dejarme… pero su corazón ya estaba con otra.
Mi padre permanece en silencio, pero su mirada se endurece. Lo noto. Lo siento.
—Mi amor… —dice finalmente—. No puedo juzgar sus pensamientos ni sus acciones. Así como he respetado tu silencio todos estos años, también he respetado el suyo. No es que me sea indiferente tu dolor, hija, pero yo no estoy aquí para tomar bandos… estoy aquí para pensar en Julián y Amelie.
Ellos merecen la verdad, aunque no la pidan.
—Pero tengo miedo, papá… —le digo, entre sollozos ahogados—. ¿Y si él los rechaza? ¿Y si ya tiene otra familia, otros hijos…? ¿Y si no los quiere?
Mi padre se ríe, con esa risa suya que siempre sabe cuándo suavizar el dramatismo.
—Mayte… James jamás rechazaría a sus hijos. Él sabe mejor que nadie lo que es crecer sin pertenecer, sin identidad, sin amor materno.
Su madre biológica… lo maltrató hasta límites que tú no te imaginas. Lo vi llegar a casa con la mirada rota, con el alma herida y era apenas un niño. Yo … intente reconstruirlo, protegerlo. Él sabe cuánto duele no sentirse amado. Créeme… jamás sería capaz de repetir esa historia con sus propios hijos.
Sus palabras me desgarran… y a la vez me reparan.
Lo miro… y por primera vez, después de años, me permito imaginar esa escena:
James mirándolos, descubriendo en sus ojos ese reflejo azul que también le pertenece.
—Tienes razón, papá… —respondo finalmente, con un hilo de voz—. Si él no me amó… pues al final no era su obligación. Pero… sí tiene derecho a saber que de aquello que él llamó “una aventura” nacieron Julián y Amelie.
Y ellos… tienen derecho a saber quién es su padre.
No por mí.
Por ellos.
Mi padre asiente, orgulloso.
Entonces, le sonrío por primera vez en toda la conversación. Es una sonrisa tímida… pero auténtica.
—Regresaremos a Canadá, papá. En cuanto termine mi especialidad en diseño de interiores, empacaré y volveré.Buscaré a James. Y… le diré la verdad.
Mi padre me abraza de nuevo, esta vez con una mezcla de alivio y esperanza.
En su abrazo encuentro el valor que me había faltado.
Y mientras pienso en mis hijos, sonrío de nuevo.
Julián y Amelie.
Hasta en la unión de sus nombres, él ha estado presente desde el principio.
Porque, sin saberlo… James ha habitado en cada rincón de mi vida.
Con la decisión tomada, mi padre y yo salimos del estudio para continuar con el festejo, aunque algo en mí ya había cambiado. Había una determinación que palpitaba bajo mi piel, como si mi alma hubiese encontrado, al fin, un rumbo claro.
La risa de los niños flota en el aire como una sinfonía de inocencia. Los globos aún ondean suavemente sobre sus cabezas, y la torta ya convertida en migas es ahora solo un recuerdo dulce en sus mejillas. Julián corre tras su hermana, y Nicolás, con esa paciencia infinita que siempre ha tenido, los persigue sin perder la sonrisa. Me observa un instante, y cuando nuestras miradas se cruzan, su gesto se vuelve más tierno, más cómplice.
—¿Estás bien, mi amor? —pregunta mamá con suavidad, mientras se acerca y toma mis manos entre las suyas.
Asiento, pero mis ojos se desvían hacia mis hijos.
—Sí, mamá… lo estoy.
Miro sus caritas felices, su risa sin culpa, y lo sé.
—Ha llegado el momento.
Ella me abraza en silencio, como quien sabe que hay dolores que no necesitan explicaciones.
—Lo harás bien, hija.
—¿Y si no? —susurro con una sombra de miedo en la voz.
—Entonces te volverás más fuerte. Porque la verdad, mi amor, siempre llega como un huracán… pero también limpia todo a su paso.
La miro con los ojos cristalizados, y la gratitud me nace desde el fondo del pecho.
—Gracias, mamá… por estar siempre conmigo.
—Te quiero.
—Y yo a ti —responde con ese tono que solo las madres pueden pronunciar cuando cobijan a sus hijas rotas.
—He decidido volver a Canadá —le anuncio con la voz finalmente firme—. En dos meses me gradúo y… regresaremos. Julián, Amelie y yo.
Los ojos de mamá se iluminan con un fulgor nostálgico y orgulloso.
—Entonces… permíteme acompañarte estos últimos meses. Nos vamos juntas.
—¿Será que papá podrá vivir dos meses sin ti? —pregunto con una sonrisa traviesa.
Ambas reímos como niñas cómplices, pero la risa se detiene dulcemente cuando vemos a papá acercarse. Con esa elegancia discreta que siempre ha tenido, rodea a mamá por la cintura y la besa en la mejilla con devoción.
—Mi amor… —le dice con ternura—. No podría vivir un solo día sin ti. Pero si tú te quedas… yo también lo haré.
Ella arquea una ceja, desafiante y divertida.
—¿Y tu empresa? ¿Piensas dejarla sola?
—Nada… absolutamente nada es más importante que mi familia —responde con gravedad y calidez a la vez—. Así que me quedaré. Donde tú estés… ese será siempre mi lugar.
Los observo en silencio, con una emoción contenida que me trepa por la garganta. Me pregunto si algún día tendré un amor así: uno que no se rinda, uno que no huya ante la tormenta, uno que no necesite ocultarse tras la moral ni el miedo. Un amor que me mire como mi padre mira a mamá… con esa mezcla de orgullo, pasión y lealtad sin fecha de caducidad.
Y entonces… como si el destino hubiese estado esperando su momento para recordarme lo esencial, Julián corre hacia mí. Se lanza a mis brazos con esa fuerza que lo caracteriza y se aferra a mi cuello con ternura feroz.
—¡Te amo, mamá! —dice, como si su alma lo gritara desde la médula.
Lo abrazo con fuerza, conteniéndome para no romperme otra vez. En sus ojos, en su voz, en ese amor incondicional, está la única certeza que he necesitado todo este tiempo.
Cuando él y su hermana llegaron a mi vida, también llegaron los amores de mi vida. Los únicos capaces de reconstruirme cuando me creía perdida. Ellos son la prueba viva de que incluso el amor que no fue, dejó una huella imborrable.
Una huella de carne y hueso.
—James… —pienso en silencio—, dondequiera que estés, espero que algún día puedas amarlos como yo.
Y si no puedes amarme a mí… al menos que puedas reconocer en ellos el milagro que nos unió.