4. Mi hechicera de ojos azules

1737 Words
James Mackenzie —Mayte… perdóname, —intento pronunciar en sueños, pero mi voz se corta justo cuando su mirada —esos ojos azules que me han perseguido desde entonces— me atraviesa con una mezcla de dolor, decepción y un amor que ya no me pertenece. No me atrevo a detenerla. No entonces. No ahora. Y así… despierto nuevamente, empapado en sudor, atrapado en el eco de una pesadilla que se repite desde hace casi cinco años. Siempre termina igual: viéndola alejarse, sin que yo diga lo único que de verdad quería gritar. Me odio por lo que le hice. Fui el miserable más grande cuando, tras una noche que cambió mi vida, la miré a los ojos con frialdad y le dije: —Mayte… esto no puede ser. No puedo traicionar la confianza del hombre que me cuidó como a un hijo. Te juro… si hubiese sabido que eras su hija, jamás… jamás te habría tocado. Recuerdo cómo sus labios temblaron, y cómo ese brillo infantil que siempre tuvo en los ojos se apagó en un instante. Ella no lloró aún. No en ese momento. Solo me miró con una súplica muda. Con dignidad desgarrada. —James… por favor. Danos una oportunidad —susurró. —Yo no pedí sentir esto. No lo planeé. Pero lo que pasó no fue una aventura. Fue real… al menos para mí. Yo, cobarde, me aferré a una moral que ahora me parece estéril. A una lealtad mal entendida. Y entonces respondí con la crueldad que solo los que aman de verdad pueden infligir: —Mayte… solo fue una noche. Una equivocación. No vale la pena arruinar todo por algo pasajero. No puedo fallarle a Bruce. Bruce. Su padre. El hombre que me cuido cuando yo apenas era un niño. Mi mentor. Mi primera figura paterna. El mismo al que le debía estar vivo… y al que sentía que había traicionado con cada segundo de piel compartida con su hija. Mayte me miró sin reconocerme. Como si en un segundo yo me hubiese convertido en un extraño. Las lágrimas finalmente descendieron por su rostro, pero no fueron lágrimas escandalosas. Fueron silenciosas. Esas que no buscan compasión, sino que nacen del alma rota. —¿Estás seguro de tus palabras, James? —me preguntó, con una voz tan serena que dolía más que un grito. No respondí. No podía mirarla más. No podía seguir mintiendo… ni decirle que es mi hechicera de ojos azules, sin destruir todo lo que Bruce había edificado en mí. Así que solo me di la vuelta. Y la dejé allí. De pie, sola, con el corazón en las manos. Y yo, como un maldito cobarde, me fui. Desde ese día, mi vida no volvió a ser la misma. La risa me suena hueca. El amor, una palabra sin sentido. Y las noches… Las noches son un campo de batalla donde su nombre y su voz me hieren una y otra vez. Sé que se fue a Suiza, a continuar sus estudios, como si intentara sepultar todo lo que pasó entre nosotros bajo la nieve de un país en otro continente. Lo sé porque… no soporté más. Tres años atrás, el 20 de mayo, tomé un vuelo y fui hasta Berna. No para buscarla. Solo para verla. Una última vez. Era su cumpleaños número veintidós. Se veía tan diferente… y al mismo tiempo, era exactamente la misma. Estaba en la entrada de la universidad en la que estudiaba, con un vestido azul marino que combinaba con sus ojos. Sostenía un ramo de flores, y sonreía. Dios… esa sonrisa. La misma que me derretía cuando era una niña. La misma con la que soñaba cuando cerraba los ojos. Pero un hombre rubio se acercó y la abrazó. Ella…lo abrazó también. Lo vi besarle la frente con ternura. Ella le dijo algo que no alcancé a oír… pero sonrió de nuevo. Y en ese instante, supe que ya no era mía. Nunca lo había sido, en realidad. No era su culpa. Fue mi maldita moral. Mi incapacidad para sostenerla y sostener al mismo tiempo todo lo que Bruce representaba. Regresé esa noche. Solo. Intentando seguir con una vida que nunca volvió a sentirse completa. Desde entonces, mi castigo es recordarla en cada rincón de mi existencia. En cada perfume. En cada sombra azul. Y en cada noche como esta… donde el sueño se rompe justo antes de poder decirle lo que nunca me atreví a decir: «Mayte… si pudiera volver atrás, te elegiría a ti. Aun si eso significara perderlo todo. Porque ya lo perdí todo cuando te perdí a ti.» Sumergido en un mar de pensamientos que no me dan tregua, decido finalmente levantarme. Las sábanas me envuelven como una pesada culpa disfrazada de comodidad, pero no hay descanso que aquiete lo que llevo dentro. Lo admito, en lo profesional mi vida ha prosperado. Vivo en Nueva York, y el despacho que tenemos ha crecido de manera exponencial en estos últimos años bajo mi dirección. Mi nombre figura en las revistas jurídicas, y mis decisiones son citadas en círculos importantes. Sin embargo… cada reconocimiento sabe a poco. Cada logro se siente incompleto. En cuanto a mi vida personal, tomé una decisión práctica: seguir adelante. Hace ocho meses comencé a salir con Evelyn, mi amiga de la infancia. Fue la primera persona con la que hablé cuando llegué a Texas, siendo apenas un niño de diez años extraviado. Ahora, años después, se ha convertido en mi pareja formal. Evelyn es inteligente, carismática y metódica. También es abogada, y recientemente se ha unido al equipo de mi firma, lo cual ha facilitado que compartamos más tiempo y nos conozcamos de forma más profunda. Muchos dicen que somos la pareja ideal: funcionales, atractivos, admirables. Y sí, quizá sea ella con quien termine compartiendo el resto de mis días. Eso es lo que debería sentir, ¿no? Paz. Seguridad. Certeza. Pero en cambio, solo siento… orden. Nada desborda. Nada arde. Y a veces me descubro observando el reloj con más deseo que sus labios. Sé que me he convertido en un controlador obsesivo del tiempo y el trabajo, y aunque me esfuerzo por parecer equilibrado, la verdad es que todo lo que no puedo planificar… me angustia. Ya tengo 35 años. Es momento de pensar en una familia. Mis padres me lo recuerdan con frecuencia, aunque jamás lo hagan desde la presión, sino desde un amor silencioso, de esos que conocen bien los vacíos. Mi madre, sobre todo, ha aprendido a leerme sin necesidad de palabras. Sé que ha notado esa melancolía instalada en mis ojos desde hace años, esa especie de nostalgia crónica que nunca ha querido preguntarme directamente. Nunca les conté la historia y la causa real que cambió mi vida en mi último viaje a Canadá. La historia que se tatuó en mí como una herida abierta y que cada noche revive en mis sueños. Pero ellos han respetado mi silencio. Lo honran, incluso. Y eso, de alguna forma, también me duele. Hoy llegan a Nueva York de visita, y me alegra. Los extraño más de lo que me permito admitir. Cuando llego al despacho, Evelyn me recibe con su habitual sonrisa y un beso suave en los labios, que yo correspondo con cortesía… más que alguna emoción. —Buenos días, cariño —dice con dulzura. —Buenos días, amor —respondo. Sé que no soy el hombre más afectuoso del mundo. Me cuesta exteriorizar ciertas cosas. Evelyn lo sabe, y nunca me presiona. Es paciente, empática, prudente. Y yo agradezco su constancia, aunque a veces me sorprenda preguntándome si ella se da cuenta de que aún hay habitaciones en mi alma a las que nunca le he dado llave. —Cariño, hoy llegan tus padres y… he reservado una mesa en tu restaurante favorito esta noche —me dice, con esa atención al detalle que siempre me ha caracterizado. Sonrío. Ella siempre ha sido amable, generosa con los gestos que otros olvidan. —Tranquila, amor. Esta noche yo ya reservé en tu restaurante favorito. Quiero que sea especial —le respondo, con una ternura que no es fingida, pero sí medida. —¿Oh, amor? ¿Acaso es mi cumpleaños y no me enteré? —responde con un guiño juguetón. —No —digo, sonriendo de lado—. Pero quiero que esta noche sea diferente. Ella asiente, divertida, sin sospechar nada. No sabe que he estado pensando en pedirle que se case conmigo. No por impulso, sino porque todo en mi entorno parece empujarme a hacerlo. Porque el calendario corre, y mi lógica me dice que ya es hora. Porque ella es perfecta… o casi. Y porque a veces uno confunde lo correcto con lo inevitable. —Entonces, ¿pasas por mí a las ocho? —Claro, amor. Te recojo puntual. Antes de irse, me besa en la mejilla. —Me voy. Hoy tengo una audiencia importante. —Suerte —le digo. Y cuando se aleja, me quedo con una frase resonando en mi mente: “Será una gran esposa.” Pero algo dentro de mí responde: ¿Lo será para ti… o para el hombre que se supone deberías ser? Por la tarde, paso por el aeropuerto a recoger a mis padres. Los abrazo con una calidez que rara vez dejo salir. Mi madre, como siempre, me observa con detenimiento, intentando leer entre líneas lo que no me atrevo a decir. En el auto, les cuento que esta noche le pediré matrimonio a Evelyn. Mi madre sonríe, pero hay algo contenido en sus ojos. —James… cariño —dice con su voz suave, casi musical—. ¿Estás seguro de que es ella? —Sí —respondo casi en automático, sin pausa, como quien firma un contrato sin leerlo. —¿Por qué lo preguntas? Ella me sostiene la mirada con esa sabiduría que siempre la caracterizó, además de esa agudeza que la empodero como la mejor abogada de Texas. —No lo sé… Tal vez porque tu sonrisa no llega a iluminarte la mirada. No respondo. Mi padre, más práctico, me coloca una mano en el hombro. —Eres un gran hombre, hijo. Siempre he confiado en tus decisiones acertadas, sé que esta no será la excepción. Asiento. Pero dentro de mí algo se agita. Una pequeña grieta. Un eco del pasado. Un nombre que no se pronuncia… pero que jamás se ha ido. «Mayte.»
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD