5. Compromiso

1304 Words
James Mackenzie Al llegar al restaurante, una brisa suave acaricia el rostro mientras las luces tenues del lugar dibujan sombras elegantes sobre las paredes. Todo está dispuesto exactamente como lo solicité: una mesa junto al ventanal, decorada con sutil elegancia, con candelabros de cristal y arreglos florales en tonos marfil. El ambiente es íntimo, cálido, casi suspendido en el tiempo. Mis padres, Evelyn y yo tomamos asiento, intercambiando sonrisas cómplices y conversaciones ligeras que fluyen con naturalidad. Las risas surgen espontáneamente entre brindis, recuerdos y miradas cargadas de ternura familiar. Evelyn luce radiante, con un vestido color burdeos que resalta la delicadeza de su piel y el brillo marrón de sus ojos. Su presencia transmite equilibrio, seguridad, y ese tipo de serenidad que he aprendido a valorar con los años. Durante la cena, mis padres se muestran amables, casi encantados con la armonía del momento. Evelyn, como siempre, sabe cómo ganarse la simpatía de todos, y yo —aunque por momentos me sienta ajeno a ciertas emociones— me permito simplemente disfrutar. Y entonces, llega el postre. Es en ese instante preciso, mientras la camarera deposita sobre la mesa una delicada tarta de frutos rojos con una pequeña bengala encendida, cuando me pongo de pie. El silencio se instala con suavidad. Tomo la mano de Evelyn y la invito a levantarse con un gesto sutil. Ella me observa con una mezcla de dulzura y expectación. Puedo ver cómo su respiración se acelera apenas, cómo sus ojos comienzan a brillar, presintiendo que ese instante será uno que marcará un antes y un después. —Evelyn —comienzo, con la voz baja pero firme, buscando la profundidad de su mirada—. Esta noche, frente a las dos personas que me han enseñado lo que significa el amor, quiero dar un paso más contigo. Eres mi compañera, mi amiga, y la mujer que ha estado a mi lado cuando la vida se volvió incierta… Por eso, hoy quiero preguntarte algo desde lo más sincero de mi corazón. Hago una breve pausa, saco de mi chaqueta una pequeña caja de terciopelo y, al abrirla, el resplandor del anillo atrapa la atención de todos. —¿Te casarías conmigo? Los ojos de Evelyn se llenan de lágrimas que no puede, ni quiere contener. Su rostro se transforma en una expresión pura de dicha. —Sí, James… Sí. Acepto ser tu esposa —responde con la voz entrecortada, mientras sus dedos tiemblan ligeramente al aceptar el anillo. Mis padres se levantan al instante. Mi madre me abraza con ternura,aunque sé que no está del todo convencida, mientras mi padre me estrecha con fuerza en un gesto que habla de aceptación. —Felicidades, hijo. Que tengas felicidad en esta nueva etapa de tu vida..—dice, mirándome con esa sabiduría que solo los años otorgan. —Bienvenida a la familia, Evelyn —agrega mi madre, abrazándola como a una hija, pues en el fondo sé que también tiene el cariño de haberla visto crecer. Evelyn se acerca a mí y me besa con delicadeza. Sus labios rozan los míos con esa mezcla de emoción contenida y entrega absoluta. La alegría en su rostro me conmueve. Verla tan feliz me produce una satisfacción serena, la sensación de haber hecho lo correcto. La he elegido a ella. He tomado una decisión. La velada continúa envuelta en esa atmósfera de celebración íntima. Al terminar la cena, acompaño a mis padres hasta mi departamento. Los dejo allí, deseándoles buenas noches, mientras Evelyn y yo decidimos continuar celebrando en la privacidad de su hogar. Mientras caminamos hacia el auto, su mano se entrelaza con la mía. Me habla del futuro, de los planes, de la boda, de una casa con ventanales y una chimenea. Yo la escucho, asintiendo con una sonrisa tranquila. Y aunque no puedo negar que su ilusión me conmueve, hay un rincón de mi alma que se mantiene en silencio. Un rincón que aún no he terminado de cerrar, donde el pasado, a veces, golpea suavemente desde la distancia. Pero esta noche, intento acallar las voces del pasado. Esta noche, he elegido avanzar. Esta noche… me entrego, con los ojos abiertos y el corazón cuidadosamente sellado, a la mujer que será mi esposa. Evelyn me envuelve con su calidez, con esa forma suya de hacer que todo parezca correcto, incluso cuando algo en mi interior aún guarda silencios. Nos dejamos llevar por la intimidad, por la certeza compartida de un compromiso que ya ha sido sellado. Su cuerpo se funde con el mío con entrega total, y sus susurros al oído me recuerdan que está segura de este paso. —James… —dice en voz baja mientras recorre mi pecho con la yema de sus dedos—. Esta noche somos uno. Ya no hay razones para cuidarnos tanto, ¿no crees? Su propuesta, aunque envuelta en dulzura, me arranca una sombra de duda. La miro en silencio por unos segundos, debatiéndome entre el deseo y la cautela que siempre ha regido mis decisiones. —Evelyn… lo sé, pero prefiero que sigamos siendo responsables…. Hasta que llegue el día de nuestra boda—respondo, rozando su mejilla con los labios, en un intento por endulzar una negativa que no quiero que suene como rechazo. Ella asiente, aunque un leve destello de decepción pasa fugaz por su mirada. —Siempre tan cuidadoso… tan tú —dice, esbozando una sonrisa resignada—. Supongo que también por eso te amo. Y me besa con una mezcla de ternura y deseo contenido, sabiendo que incluso cuando el cuerpo arde, hay límites que no se cruzan sin convicción absoluta. La entrega entre nosotros ha sido intensa, profunda, un vaivén de cuerpos y emociones que no buscó perfección, sino conexión. No lo niego, me dejé arrastrar por el momento, por el calor de su piel y la certeza de que al menos esta noche… pertenecíamos el uno al otro. Puedo ver en el rostro de Evelyn una expresión serena, pero también colmada de satisfacción. Sus mejillas aún enrojecidas, sus labios ligeramente entreabiertos, y esa respiración pausada que delata el cansancio placentero de quien ha amado sin reservas. La observo dormir con esa calma de quien se siente segura, completa, convencida de que ha conquistado el corazón del hombre que ama. Y, sin embargo, yo permanezco despierto. No por incomodidad, ni por dudas evidentes. Es otra cosa. Un eco sutil que no me abandona… como si, a pesar de todo, una parte de mí no hubiese llegado del todo hasta aquí. Yo la observo en silencio. La forma en que su cabello se desparrama sobre la almohada, la tranquilidad con la que se abandona al descanso… y, sin embargo, algo en mi alma sigue quieto, casi inerte. No por falta de cariño, ni por ausencia de compromiso… sino por la certeza —dolorosa e inconfesable— de que hay heridas que el tiempo no ha cerrando. Justo cuando estoy a punto de entregarme también al descanso, el sonido de mi teléfono me saca de ese limbo entre vigilia y sueño. Un mensaje. Lo desbloqueo y leo en la pantalla: Nigel Fletcher. Un buen amigo. Y también uno de los principales clientes del despacho. «Necesito tu ayuda. Un contrato especial. Mañana. Nueve en punto. En mi oficina.» Frunzo el ceño, curioso. Nigel no suele usar ese tono salvo que algo realmente importante esté en juego. Me intriga, pero al mismo tiempo sonrío con esa satisfacción profesional que me genera sentirme indispensable. Así que dejo el teléfono a un lado, y me acomodo junto a Evelyn. Me quedan apenas unas horas antes del amanecer, y sé que necesitaré toda la concentración posible para el día que me espera. Mañana el deber me llama… y el trabajo, después de todo, sigue siendo el único lugar donde nunca me he permitido fallar.
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