6. Falsa Moral

1840 Words
James Mackenzie No cabe duda de que Nigel ha perdido por completo la cordura. Salgo de su oficina aún procesando la escena: su esposa —sí, con todas sus letras— ha firmado ese contrato absurdo que él redactó con la frialdad de un estratega y la pasión de un hombre desesperado. Y, sin embargo, verlo así, tan determinado y vulnerable a la vez, me hizo pensar en lo insondable que puede llegar a ser el poder del amor. En su capacidad de desarmarnos por completo… o de convertirnos en otra versión de nosotros mismos. Allí también vi a Gabriel Lancaster, su hermano gemelo, y aunque sólo comparten el color de sus ojos, su presencia inevitablemente me la recordó. Perdido en recuerdos y pensamientos, camino hacia mi despacho con el eco de mi pasado aún en la cabeza. Debo finalizar la legalización del contrato y preparar una audiencia que quedó pendiente. La verdad es que tengo trabajo acumulado —más del que me gustaría admitir—, así que decido quedarme durante la tarde y parte de la noche para ponerme al día. Nueva York no se detiene, y mi reputación tampoco debería hacerlo. Mientras organizo algunos documentos, un pensamiento me atraviesa con la sutileza de una punzada: debo llamar a papá Bruce. Ese hombre que, sin llevar mi sangre, ha estado presente en cada etapa importante de mi vida. Aunque hace años que no lo visito con frecuencia, nunca hemos perdido el contacto. Su voz sigue siendo uno de esos anclajes invisibles que me recuerdan de dónde vengo, incluso cuando yo mismo lo olvido. Tomo el teléfono, marco su número casi por inercia y espero. —¿Hola? —responde con su inconfundible tono cálido. —Hola, papá Bruce. ¿Cómo estás? —¡James! Qué gusto escucharte. Es un milagro que te acuerdes de este viejo —responde, en ese tono bromista que siempre me saca una sonrisa. —Sabes que siempre te llevo presente, papá. ¿Cómo has estado? —Muy bien, hijo. ¿Y tú? —Con algunas novedades que me gustaría contarte. Me preguntaba si podríamos vernos pronto. Me encantaría ir a visitarte a Canadá. Hay un breve silencio del otro lado de la línea, y luego su voz vuelve, esta vez con una mezcla de sorpresa y ternura: —Eso sí que es nuevo… Pero tendría que ser dentro de un par de semanas. Estoy con Alina en Suiza, regresamos en ese tiempo. —Oh, entiendo. Entonces, por favor, avísame cuando estés de vuelta. Me gustaría verte personalmente. —Claro, hijo. Te llamaré en cuanto regrese. Sabes que siempre te estaremos esperando con los brazos abiertos. —Gracias, papá Bruce. Disfruta del viaje —le digo con una calidez genuina, que me brota desde algún rincón aún intacto. Cuelgo la llamada, pero no la nostalgia. No puedo evitar pensar que, con toda probabilidad… él esté con ella. Con Mayte. Me apoyo contra el respaldo de la silla y dejo escapar un suspiro largo, con la esperanza de aliviar la carga. ¿Qué habrá sido de su vida? No puedo negar que la he pensado durante todos estos años, aunque jamás me atreví a indagar más allá. Nunca busqué su nombre en redes, ni pregunté por ella a nadie. Supongo que, al renunciar a Mayte, también renuncié al derecho de saber en qué se convirtió su mundo… sin mí. Hay algo profundamente triste en eso. En desaparecer del mapa de alguien sabiendo que fuiste una página crucial en su historia. Y aceptar que ya no te pertenece siquiera el privilegio de la curiosidad. A veces el amor también se mide por los silencios que decidimos sostener. Y por la vida que dejamos ir… sin reclamarla. La tarde transcurre en silencio hasta que la puerta se entreabre y Evelyn aparece con una sonrisa suave, de esas que parecen ensayadas en el espejo, pero que en ella nacen con natural dulzura. —Cariño, ya es hora de irnos —dice con voz templada, sin levantar del todo la mirada. —No me había dado cuenta de la hora —respondo, mientras comienzo a ordenar los documentos que aún inundan mi escritorio. Recojo todo con método, como si cada movimiento me ayudara a aterrizar en el presente. Salimos del despacho y, mientras bajamos al vestíbulo, le pregunto: —¿A dónde te gustaría ir a cenar? —Hice una reservación en el restaurante japonés que tanto te gusta —responde sin dudar, pues sé que así como yo ella suele pranificar cada hora del día.. —Vaya… eres cuidadosa con cada detalle, Evelyn. Gracias. —Lo sé, cariño. Es porque te amo —dice con una serenidad que no necesita énfasis. Sonrío apenas y deposito un beso en su frente. Su piel huele a gardenias y determinación. La cena, como suele ocurrir, transcurre de forma amena. Conversamos sobre nuestras respectivas jornadas laborales —ese terreno neutral en el que solemos encontrarnos con más frecuencia que en el de las emociones— y, entre sorbos de sake y platos meticulosamente servidos, Evelyn introduce un tema que, por su tono, sé que llevaba tiempo esperando mencionar. —Cariño… dime, ¿en qué fecha te gustaría casarte? Su pregunta me toma por sorpresa. No porque sea inesperada, sino por la carga que arrastra. Por lo que representa. Por lo que despierta. Una punzada me recorre el pecho al pensar que esta vez el matrimonio dejará de ser un proyecto abstracto y se convertirá en una fecha marcada en el calendario. Un antes y un después. —Dime tú —respondo con cautela—. ¿Cuánto tiempo crees que necesitarás para organizar la boda que deseas? Ella entrelaza sus dedos sobre la mesa y me mira con una mezcla de firmeza y ternura. —James, no es sólo mi boda… también es la tuya. Y quiero que sea un momento inolvidable para ambos. ¿Qué te parece si nos casamos en seis meses? Seis meses. Parece lejano, pero en el fondo siento que el tiempo se encoge, como si el mundo comenzara a girar más deprisa. Sin embargo, hay algo en su mirada, tan llena de esperanza, que desarma cualquier duda. La observo con atención. Sus ojos brillan quizá imaginándose el vestido, los invitados, la ceremonia perfecta. —Está bien —digo, con un hilo de voz que no es inseguro, pero sí profundamente consciente—. En seis meses, nos casaremos. Ella sonríe, y esta vez su rostro se ilumina con una alegría pura, genuina, casi infantil. No cabe duda: las bodas, para muchas mujeres, son una ilusión hecha promesa. Y Evelyn… Evelyn lleva años soñando con este momento, es algo que lo puedo presentir. —Es perfecto, cariño… el tiempo suficiente para ser tu esposa para siempre —susurra Evelyn, mientras sus dedos se entrelazan con los míos. Le doy un beso en el dorso de su mano con una sonrisa que oculta el cansancio y el peso de lo no dicho. Salimos del restaurante y, cuando vamos en camino hacia su departamento, me pregunta con una dulzura que siempre logra conmoverme. —¿Te quedas esta noche conmigo? —No, cariño… hoy no —respondo, sin mirarla—. Estoy agotado y mañana mis padres viajan a Texas. Prometí llevarlos al aeropuerto. —Oh… claro, cariño, lo entiendo. Salúdalos de mi parte. —Está bien. Descansa —me despido con un beso fugaz en sus labios, corto y tembloroso, como si mi corazón se negara a anclar ese momento. Y así, en un abrir y cerrar de ojos, tres semanas han pasado. Evelyn ha volado a Texas para visitar a sus padres y contarles personalmente sobre nuestro compromiso. Mientras tanto, yo he estado inmerso en un torbellino de trabajo, firmando contratos, redactando acuerdos, asistiendo a los tribunales que es lo que hasta ahora le ha dado sentido a mi vida. Hasta que hoy… hoy sucedió. La llamada que sin saber que la esperaba —la que había olvidado por el peso del deber y la rutina— finalmente llegó, incluso antes de lo esperado. —Hola, papá Bruce —digo al contestar, al reconocer el tono cálido y pausado de Bruce. —Hola, hijo. Quería contarte que hemos llegado a Canadá, sanos y salvos. —Eso es bueno, papá. Déjame ver si el fin de semana logro ir a visitarlos. —Siempre es un gusto verte, hijo. No te preocupes, lo importante es que estés bien. Su voz siempre tiene el don de calmarme. Y, sin embargo, esta vez me deja con un nudo en la garganta y una punzada de remordimiento. Porque aunque él no lo sepa, le fallé de la peor manera. Le fallé… y me fallé a mí mismo. —Gracias, papá Bruce. Nos despedimos. Cierro los ojos por un instante, y el silencio de mi despacho, apenas iluminado por la luz tenue de mi lámpara de escritorio, se vuelve abrumador. Sirvo un bourbon añejado, el que reservo solo para las noches más largas, esas donde el alma no encuentra descanso. Y entonces, lo hago. Con esa mezcla de necesidad y masoquismo que solo el dolor retenido puede provocar, que la curiosidad me gané. Después de cinco años, decido buscar a Mayte en r************* . Nada. No aparece. Pero Gabriel sí. Y contra todo pronóstico, ese hombre reservado, casi hermético, veo que hace una semana ha publicado algo. “Mi hermana Mayte, convertida en una gran arquitecta, junto a mi sobrina Mely.” Mi corazón se detuvo. Allí está ella. En una fotografía capturada bajo el sol tenue, con la toga azul de graduación. Y a su lado, una niña. Hermosa. De cabello rubio como el oro viejo y ojos profundamente azules… los mismos que solían mirarme con ternura, cuando Mayte era una niña. Una presión en el pecho, brutal y certera, me deja sin aliento. Terminando de fracturar una grieta que nunca supe que existía y que hoy se ha roto por completo. ¿Esa niña…? Rubia. Como aquel hombre con el que la vi en ese viaje que nunca pude olvidar. Claro. Siguió adelante. Formó una familia. Quizá está casada. Feliz. Con una hija. Y yo… yo aquí, fingiendo tenerlo todo, cuando en realidad no tengo nada. No supe en qué momento una lágrima se deslizó, solitaria, desde mis ojos. Pero esa fue solo la primera. Las demás vinieron detrás, rebeldes, imparables. El bourbon ardía en mi garganta, pero no tanto como esa imagen. Me quedé allí. Solo. Bebiendo. Mirando la pantalla con la esperanza absurda de que al observarla lo suficiente, el tiempo retrocediera. Que mis decisiones cambiarán. Que un silencio hablara. Que la cobardía se transformara en valor. Y que no me importara esa maldita “falsa moral” Y entonces lo pensé. ¿Qué hubiera pasado si no la hubiera perdido? Si no hubiese sido tan estúpidamente orgulloso… Si hubiera tenido el valor de quedarme. Pero no lo hice. Y ahora… Ahora tengo una fotografía, una botella de alcohol a medio beber y un vacío que ninguna sentencia podrá enmendar.
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