James Mackenzie No sé con exactitud que me hubiese impactado y dolido menos: Si enterarme de que ella puede estar casada con ese niño pretencioso que conocí en Suiza —el mismo que sonreía como si el mundo le debiera algo— o saber que de aquella única noche con Mayte nacieron los dos seres más hermosos que mis ojos hayan contemplado jamás. Los miro. Y ellos… me miran. Ya no existe nada más. Solo ellos. Solo esa mirada limpia, directa, esa que no conoce rencores ni traiciones. Son tan pequeños, tan reales… y a la vez, tan imposibles. No necesito preguntar lo obvio. Mi corazón late de forma desordenada, brutal. Como si hubiese estado dormido durante años y de repente hubiese recordado lo que significa vivir. Y entonces, una pregunta irrumpe de la forma más, cruel y devastadora: ¿Qu

