Bernardo: Ver a la italiana en ese estado patético me hizo despertar cierta pena por ella. Traté de olvidarme de lo obvio, del beso que me plantó y firmemente correspondí; empero, en la ebriedad de la pobre chica habló sobre lo que me interesa… ese proyecto con Versacce. Debía enamorarla, sí. ¿Sería un hijo de la rata? Tal vez… pero eso me ayudaría a mantenerme a flote en el mercado de la industria textil. Solamente debía de encontrar la estrategia para llevarlo a ejecución, prolijamente como debía de ser. —Desde que llegaste no haz dejado de pensar, papi—Me dice la pelinegra que me esperaba en el apartamento, desnuda en mi cama. —Vístete y lárgate, tus servicios ya están pagados—le entonó con desprecio. —Pero si no te he mostrado nada del show, chulo—acota traviesa y digna de empalm

