Subimos las escaleras dejando atrás la humedad del sótano, pero no encontramos alivio. A medida que nos acercábamos a la cocina principal, la temperatura comenzaba a subir de forma alarmante. El aire se volvió denso, cargado con un olor a leña quemada, especias antiguas y un rastro metálico que recordaba al taller de un herrero. Don Evaristo Matamoros caminaba ahora con una agilidad nerviosa, consultando un plano que había extraído de su maletín. Lo vi detenerse frente a un aparador de plata y pasar el dedo por el borde, comprobando la calidad del metal con una mueca de satisfacción que no tenía nada que ver con el duelo.
—Parece que el tío Rigoberto ha dejado el horno encendido para recibirnos —murmuró Elvira, abanicándose con la mano y desabotonándose los dos botones superiores de su blusa. Su piel brillaba con una capa de sudor que la hacía parecer una estatua de cera a punto de derretirse.
Al abrir las puertas batientes de la cocina, nos golpeó una ola de calor sahariano. La estancia era inmensa, dominada por un horno de leña antiguo, una mole de hierro fundido y remaches de bronce que parecía una locomotora del infierno. El fuego rugía en su interior con una violencia mecánica, alimentado por un sistema de fuelles automáticos que siseaban rítmicamente.
—Ahí está —señaló el abogado, protegiéndose la cara con su maletín de cuero—. La tercera y última prueba de la trilogía de Rigoberto.
Dentro del horno, sobre una rejilla de hierro al rojo vivo, descansaba el tercer cilindro dorado. Estaba rodeado de llamas azules que bailaban como demonios en una forja. Un termómetro de mercurio incrustado en la puerta del horno marcaba una temperatura que desafiaba la física culinaria.
—"La mano inocente" —repitió Valeria Vixens, leyendo la pista grabada en la pared de azulejos—. Pero miren el dial de seguridad. Si alguien intenta abrir la puerta ahora mismo, el cilindro caerá en una cubeta de fundición y se perderá para siempre. La aleación de oro de Rigoberto es extremadamente sensible al choque térmico.
—Tenemos menos de cinco minutos —anunció Evaristo, cuya calva chorreaba sudor—. Si la temperatura no baja a la zona verde, el metal se fundirá y nos quedaremos con un charco de oro inútil en lugar de la combinación.
El pánico se instaló en la cocina. El calor era asfixiante. La tía Lucrecia se quitó la chaqueta de luto, quedándose en un corsé n***o que le levantaba el pecho de forma agresiva. Valeria rodeó la isla central de mármol y encontró una tubería de cobre que conectaba directamente con el núcleo del horno. La tubería terminaba en un embudo de cristal de Murano situado a la altura de la cintura. Debajo del embudo, una placa de latón rezaba:
"El fuego de la avaricia solo se apaga con la leche de la vida. Una ofrenda de pureza enfriará los engranajes. Pero cuidado: la cantidad debe ser exacta y la procedencia... vigorosa y directa".
Todas las miradas se clavaron en mi entrepierna. Otra vez.
—¿Es una broma de mal gusto de mi tío? —pregunté, con la voz quebrada por la deshidratación. Mi "vara" estaba en estado de letargo, encogida tras la maratón de succión del sótano—. Estoy seco, tía. Soy un desierto de arena. Me habéis exprimido como a un limón en una feria de pueblo.
—No tenemos opción, Julián —dijo Evaristo, y vi cómo sus dedos temblaban de codicia mientras miraba el cilindro—. Quedan cuatro minutos. Necesitamos fluido refrigerante de alto grado biológico. Y tú eres el único surtidor autorizado por el testamento.
—¡Físicamente no puedo! —grité, retrocediendo hasta chocar con la mesa de preparación—. ¡Necesito un descanso industrial!
Lucrecia se acercó a mí con paso de generala. El sudor le corría por el escote y sus ojos brillaban con una determinación que me hizo comprender que el dinero era un afrodisíaco más potente que cualquier pócima.
—Nadie le dice "no puedo" a una herencia de siete cifras, Julián —dijo, agarrándome por las solapas y arrastrándome hacia el embudo de cristal—. Chicas, Valeria... a sus puestos. Esto es una emergencia de ingeniería erótica.
Me subieron a la mesa de mármol. Valeria se colocó a mi derecha, Lucrecia a mi izquierda, y las primas se situaron a mis pies, mirando mi entrepierna flácida con la angustia de quien mira un motor que no arranca en medio de una vía de tren.
—Quedan tres minutos —anunció el abogado, que observaba el termómetro como si fuera una bomba de relojería.
—Estimulación manual, oral y visual combinada —ordenó Valeria, asumiendo el mando técnico—. Elvira, Sofía, encargaos de las zonas de apoyo. Tía Lucrecia, tú y yo atacaremos el núcleo.
Lo que siguió fue un acto de reanimación s****l de proporciones épicas. Elvira empezó a succionarme los pezones a través de la camisa con una ansiedad febril, mientras Sofía se dedicaba a masajearme los muslos y a juguetear con mi retaguardia. Valeria y Lucrecia se concentraron en la zona cero. Valeria usaba sus manos enguantadas en una técnica de ordeño rápido y rítmico, mientras Lucrecia se inclinó para lamer la base y los testículos con una lengua experta que parecía hecha de fuego y seda.
—¡Vamos, maldita sea! —gruñía la tía contra mi piel—. ¡Despierta! ¡Piensa en los diamantes! ¡Piensa en el poder que nos dará este cilindro!
Yo cerré los ojos, intentando concentrarme, pero el calor del horno y la presión del tiempo me tenían bloqueado.
—No reacciona con la rapidez necesaria —dijo Valeria, preocupada—. El agotamiento es severo. Necesitamos un estímulo de choque.
—¡Dos minutos! —chilló Evaristo, que ya estaba calculando cuánto le faltaba para ser millonario.
Lucrecia se enderezó, jadeando. Miró a Valeria y ambas asintieron con una complicidad nacida de la necesidad más pura. Valeria se subió a la mesa de mármol, se arrodilló sobre mi cara y se abrió de piernas, quedando su sexo justo sobre mis ojos. Lucrecia se colocó detrás de ella, agarrándole las nalgas y separándolas con fuerza.
—Mira, sobrino —ordenó la tía—. Mira el paraíso que te espera si cumples con tu tío Rigoberto.
La visión fue dantesca y gloriosa a la vez. Las dos mujeres maduras, sudando, gimiendo y ofreciéndome un espectáculo lésbico improvisado sobre mi rostro mientras mis primas seguían trabajando en mi cuerpo. El olor a sexo femenino, a perfume caro y a calor industrial me golpeó como una maza de hierro.
Algo hizo clic en mi cerebro animal. La sangre volvió de golpe, rugiendo por mis arterias. Mi polla se infló con una venganza dolorosa, poniéndose dura, morada y furiosa en cuestión de segundos.
—¡Tenemos ignición! —gritó Sofía.
—¡Al embudo! —ordenó Evaristo, saltando de alegría.
Me bajaron de la mesa y me colocaron frente al embudo de cristal conectado al horno. La temperatura era insoportable; sentía que se me quemaban las pestañas.
—¡Un minuto! —avisó el abogado.
Me coloqué sobre el receptor de Murano. La punta de mi m*****o rozó el cristal caliente. Las cuatro mujeres me rodearon, susurrándome obscenidades al oído, tocándome, alimentando el fuego interior para combatir el exterior. Empecé a masturbarme con la furia de un condenado a muerte que ve la soga.
—¡Ahí va! —grité.
Disparé. Fue una descarga concentrada, espesa y vital. Cayó en el embudo y se deslizó por la tubería de cobre con un siseo violento cuando entró en contacto con el mecanismo interno del horno. Una nube de vapor blanco salió de las juntas de la máquina.
La aguja del termómetro se detuvo en seco y empezó a bajar hacia la zona segura. Las llamas azules cambiaron a un rojo suave y luego se apagaron, dejando solo el calor residual. Con un chasquido metálico, la rejilla descendió y depositó el tercer cilindro en una bandeja de enfriamiento.
Don Evaristo se lanzó sobre él con un guante de cocina, alzándolo como si fuera el Santo Grial.
—¡Lo tenemos! —exclamó, con una risa que sonaba más a locura que a alivio—. ¡La herencia es nuestra!
Yo me dejé caer al suelo de baldosas, derrotado y vacío. Mi v***a latía con un dolor sordo, pidiendo una jubilación inmediata. Las mujeres se desplomaron a mi alrededor, riendo, abrazándose y bebiendo agua directamente de la jarra, con el maquillaje desecho y la ropa hecha jirones.
Lucrecia se arrastró hasta mí y me besó en la frente.
—Eres un auténtico semental De la Cruz, Julián —dijo con una sinceridad depredadora—. Rigoberto estaría... celoso de tu rendimiento.
Valeria sacó una botella de champán de la nevera y la descorchó con un estallido festivo. Mientras bebíamos en silencio, observando cómo Evaristo empezaba a desenroscar los tres cilindros para revelar el código final en la mesa de la cocina, supe que el misterio estaba a punto de resolverse. Pero también supe que, después de lo ocurrido en esta cocina, ninguno de nosotros volvería a ver la moralidad de la misma manera. El tío Rigoberto nos había unido a través del fuego y el vicio, y la verdadera herencia apenas comenzaba a mostrar sus garras.