Con el código descifrado y las hormonas a flor de piel, abandonamos la cocina, dejando atrás el hedor a horno industrial y a fluidos corporales. La comitiva fúnebre, ahora convertida en un comando de asalto erótico, se dirigió al dormitorio principal, la última morada del tío Rigoberto y el lugar donde supuestamente se encontraba el corazón de su fortuna.
Yo caminaba con la dificultad de un herido de guerra. Mi entrepierna se sentía como si hubiera pasado por una picadora de carne y luego por un baño maría. Las primas Elvira y Sofía me flanqueaban, tocándome de vez en cuando los brazos o la espalda con una mezcla de devoción y hambre, asegurándose de que su "herramienta" de trabajo siguiera operativa. El abogado Evaristo Matamoros, sin embargo, ya no fingía interés en el protocolo. Caminaba dos pasos por delante, con el maletín apretado contra el pecho y una mirada maníaca que me hizo recordar cada pequeño gesto de avaricia que había mostrado desde el velorio.
El dormitorio era una estancia cavernosa que olía a incienso y a secretos antiguos. Estaba dominado por una cama con dosel que parecía un altar de sacrificios y un retrato al óleo de Rigoberto sobre la chimenea. El tío nos miraba desde el cuadro con esa sonrisita de quien sabe que ha dejado una trampa puesta en un lugar donde todos van a meter la mano.
—Detrás del cuadro —ordenó Evaristo, cuya ansiedad había mutado en una codicia frenética que le hacía temblar la mano—. ¡Rápido!
Lucrecia y Valeria descolgaron el pesado marco. Allí estaba la caja fuerte, una obra de arte de acero reforzado con remaches de latón y un dial que parecía el volante de un submarino.
—Dictadme los números —gruñó el abogado, posando sus dedos regordetes y sudorosos sobre el metal.
—Treinta y tres —dijo Elvira, leyendo el primer papel recuperado de la Ninfa.
—Sesenta y nueve —aportó Sofía con una risita nerviosa, recordando la máquina del sótano.
—Y... cero —terminó Valeria, leyendo el último trozo de papel.
Evaristo giró la rueda con una precisión de ladrillo de cajas fuertes. Click, clack, cloc. El sonido de los pestillos al liberarse sonó como el disparo de salida en una carrera hacia el infierno. La pesada puerta se abrió con un gemido aceitoso.
Todos nos inclinamos hacia adelante, conteniendo el aliento. Dentro no había lingotes, ni fajos de billetes. Había una bolsa de terciopelo rojo, pesada como el pecado, y un sobre lacrado con el sello de la familia.
Don Evaristo metió la mano y sacó la bolsa. La volcó sobre la cama. Una cascada de diamantes, rubíes y esmeraldas del tamaño de huevos de paloma brilló bajo la lámpara de araña, iluminando nuestras caras de codicia. Era una fortuna obscena, suficiente para comprar media ciudad y la moral de la otra media.
—¡Es nuestro! —exclamó Lucrecia, extendiendo la mano hacia las joyas.
—Quieta ahí, viuda —la voz de Evaristo Matamoros cortó el aire como una cuchilla fría.
Ya no era el abogado servil. Se había transformado. Sacó una pistola de pequeño calibre de su chaqueta y nos apuntó a todos con una mano que, aunque temblaba, era letal. Sus ojos de comadreja ya no buscaban el testamento, buscaban la salida.
—Nadie se mueva —gruñó, barriendo la habitación con el cañón—. Estoy harto de gestionar las perversiones de esta familia de degenerados por una comisión de mierda. Rigoberto me debía mucho más que sus honorarios por guardar sus secretos. Esto es mi indemnización por años de asco.
Apuntó directamente a mi entrepierna con una malicia que me heló el alma.
—¿Evaristo? —Lucrecia palideció bajo el sudor y el maquillaje—. ¿Te has vuelto loco?
—Me he vuelto rico —escupió el abogado, metiendo las joyas en su maletín con la mano libre—. Voy a salir por esa puerta, y si alguien me sigue, le haré una vasectomía a balazos al heredero. Total, ya le habéis dado bastante uso hoy.
Evaristo empezó a retroceder hacia la salida, con el maletín apretado y la pistola apuntando a mi "vara". El silencio era asfixiante. Pero el tipo cometió un error fundamental: subestimó el instinto de supervivencia de cuatro mujeres que acababan de pasar por un infierno mecánico para conseguir ese oro. Y sobre todo, subestimó a Valeria Vixens.
Justo cuando el abogado pasaba junto a la cama con dosel, Valeria se quitó uno de sus zapatos de tacón de aguja. Con un movimiento de lanzadora profesional, lo arrojó con una fuerza descomunal. El tacón impactó con un sonido seco en la sien de Evaristo.
—¡¡Agh!! —gritó el abogado, llevándose la mano a la cabeza y soltando el arma por puro reflejo.
La pistola cayó a la alfombra y se disparó accidentalmente. La bala impactó justo en la entrepierna del retrato del tío Rigoberto, perforando el lienzo con una precisión irónica.
—¡Ahora! —gritó Lucrecia.
Fue como ver a una manada de hienas sobre un jabalí herido. Lucrecia, Elvira y Sofía se lanzaron sobre el abogado antes de que pudiera parpadear. Lo placaron contra el suelo con una violencia que mezclaba la rabia contenida y el deseo de posesión.
—¡Maldito enano traidor! —aullaba Lucrecia, sentándose sobre el pecho de Evaristo y abofeteándole con saña—. ¡Querías robarnos el sudor de nuestra frente... y de otras partes!
Sofía y Elvira le inmovilizaron las piernas con una destreza que me hizo sospechar que ya habían practicado lucha libre en el internado. Valeria se acercó caminando con un solo zapato, recogió el maletín y luego la pistola.
—Atadlo —ordenó la secretaria con su voz de lija—. Julián, usa las cuerdas de seda de las cortinas del dosel. Vamos a dejar al notario bien amarrado para que dé fe del final de esta historia.
Atamos a Evaristo Matamoros a los cuatro postes de la cama de Rigoberto. Quedó allí despatarrado, con la ropa desgarrada, la cara roja por la falta de aire y cubierta del rastro de las enaguas de mis primas.
—¿Qué... qué vais a hacerme? —gimió el abogado, viendo cómo las cuatro mujeres lo rodeaban como un aquelarre de brujas hambrientas.
—Lo que te mereces —dijo Lucrecia, recuperando las joyas y acariciándolas con una sonrisa depredadora—. Pero antes, vamos a ver qué más nos dejó el viejo.
Valeria cogió el sobre lacrado de la caja fuerte. Lo abrió con una uña roja y leyó en silencio durante un segundo. Una sonrisa extraña, casi cruel, se dibujó en sus labios.
—Vaya, vaya —dijo la secretaria—. Rigoberto guardaba el golpe final para el postre.
—¿Qué dice el testamento? —pregunté, sintiendo que el suelo se movía bajo mis pies.
—"Yo, Rigoberto de la Cruz, sabiendo que mi familia es tan codiciosa como lujuriosa, lego toda mi fortuna a mi sobrino Julián... bajo una condición innegociable".
Hubo un silencio tenso.
—"Para que el dinero sea liberado, Julián debe demostrar que la sangre de los De la Cruz no se extinguirá con mi muerte. El patrimonio quedará bloqueado hasta que Julián no deje embarazada a una de las mujeres presentes en esta lectura de testamento. Tenéis hasta el amanecer para que el acto sea consumado y certificado por el notario... que para eso está ahí atado".
Todas las miradas se clavaron en mí. Cuatro pares de ojos llenos de una determinación biológica y financiera que me hizo temblar más que la pistola de Evaristo.
—Bueno —dijo la tía Lucrecia, empezando a desabrocharse el corsé con una lentitud que prometía una noche de infarto—. Parece que la herencia requiere un último esfuerzo de producción. Julián...
Se acercó a mí y me agarró por la barbilla, obligándome a mirar la cama donde el abogado gemia impotente.
—...espero que te queden fuerzas, porque esta noche vas a sembrar el futuro de esta familia sobre nuestros cuerpos. Que gane la que tenga el útero más hambriento.
El suspenso había terminado. La verdadera cacería humana acababa de comenzar.