Amaneció con nubes negras y una tensión en el aire que se podía cortar con un cuchillo de carnicero. La mansión De la Cruz, que la noche anterior había sido un templo de lujuria y fluidos, ahora parecía el escenario de una película de suspense, llena de sombras alargadas y suelos que crujían como huesos viejos. Yo bajé las escaleras con las piernas temblando, no por miedo, sino por el vaciado industrial al que me habían sometido mis primas y mi tía. Mi "vara", milagrosamente, seguía viva, aunque dormitaba con un ojo abierto, como un reptil esperando a la próxima víctima de la herencia.
En la biblioteca, el ambiente olía a cera vieja y a avaricia concentrada. La tía Lucrecia estaba ya sentada en el sillón principal, vestida de un luto tan ceñido que parecía que iba a estallar en cualquier momento, revelando los secretos que habíamos compartido. A su lado, Elvira y Sofía, con ojeras violáceas y sonrisas de complicidad sucia, jugaban con sus rosarios como si fueran bolas chinas. Pero lo que más me inquietó fue ver a Don Evaristo Matamoros pesando disimuladamente un pisapapeles de bronce en su mano, con una expresión de tasador de casas de empeño.
El reloj de pie dio las diez con un sonido lúgubre. En ese instante, las puertas dobles se abrieron para dejar paso a la ley y a una nueva tentación.
Entró Don Evaristo, seguido de una mujer que hizo que el aire se detuviera en la habitación.
—Les presento a mi asistente y notaria adjunta —graznó el abogado, secándose el sudor de la calva con un pañuelo manchado—, la señorita Valeria Vixens.
Valeria era un escándalo con patas. Rubia platino, con un peinado recogido tan tirante que le estiraba los ojos dándole una expresión de perpetua sorpresa lasciva. Llevaba un traje de chaqueta gris marengo que debía ser ilegal en tres continentes; la falda era un tubo que le comprimía las nalgas de tal manera que se podía adivinar la ausencia de costuras en su ropa interior. Pero lo verdaderamente alarmante eran sus tetas: dos misiles encapsulados en una blusa blanca a punto de reventar. Tenía esa cara de bibliotecaria ninfómana que te castigaría por devolver un libro tarde y luego te follaría encima del escritorio para cobrar la multa.
—Buenos días —dijo Valeria. Su voz era ronca, profunda, como si desayunara grava y whisky. Me miró por encima de sus gafas de montura gruesa y sentí que me desnudaba, me pesaba y me etiquetaba como "carne de primera".
—Siéntense —ordenó Lucrecia, marcando territorio con la mirada.
Don Evaristo se sentó en la cabecera, sacando un fajo de papeles amarillentos. Valeria se sentó a su lado, cruzando las piernas con un sonido de medias de nailon frotándose que resonó en la biblioteca como un disparo de salida. Mi v***a, olvidando su cansancio, golpeó la madera de la mesa bajo mis pantalones con un toc seco.
—Procederemos a la lectura —dijo el abogado, cuyos ojos no dejaban de desviarse hacia las joyas de Lucrecia—. Pero antes, debo advertirles. El difunto Don Rigoberto añadió una cláusula de última hora... una cláusula de "suspense", si me permiten la expresión técnica.
—Déjese de rodeos, Evaristo —gruñó Lucrecia—. ¿Cuánto nos toca de la tarta?
—Paciencia, viuda —el abogado sonrió con dientes amarillos, revelando su verdadera naturaleza de hiena—. Rigoberto sospechaba que su muerte atraería a los buitres. Por eso, la herencia se encuentra en una caja fuerte oculta en esta misma casa. Pero la combinación está dividida en tres partes. Y para obtenerlas, los herederos deben superar ciertas... pruebas de vigor y lealtad mecánica.
—¿Pruebas? —preguntó Elvira, mordiéndose una uña.
—Pruebas que requieren una herramienta muy específica —dijo Valeria, interviniendo por primera vez. Se levantó para repartir unos documentos y, al pasar por mi lado, su cadera rozó mi hombro con una firmeza eléctrica. Se inclinó para dejarme el papel y su escote se abrió ante mí como el Gran Cañón del vicio. Vi un sujetador de encaje rojo que casi me provoca un derrame cerebral.
—Firma aquí, niño —susurró ella, y sentí su aliento caliente en mi oreja—. Si es que te queda tinta en el tintero después de anoche.
En ese momento, las luces de la mansión parpadearon y se apagaron por completo. Un trueno retumbó fuera, sincronizado con la oscuridad que invadió la biblioteca.
—¡Maldita instalación eléctrica! —bramó Lucrecia.
—Tranquilidad —dijo la voz de Valeria en la penumbra—. Tengo una linterna en el maletín.
Pero la luz no se encendió de inmediato. En su lugar, bajo la mesa, sentí una mano. Una mano experta, con uñas largas y afiladas, que se posó directamente sobre mi bragueta. Me quedé petrificado. La mano desabrochó mi pantalón con la precisión de un carterista. Mi polla saltó a su encuentro, agradecida y furiosa. La mano fría la agarró y comenzó a masajearla con un ritmo lento, tortuoso, subiendo y bajando el prepucio con una técnica que hacía que las de mis primas parecieran juegos de preescolar.
—¿Quién... quién anda ahí? —preguntó Don Evaristo, nervioso, desde el otro lado de la mesa.
—Nadie, señor abogado —respondí con la voz estrangulada por el placer, mientras la mano misteriosa me apretaba la base con fuerza—. Solo son los fantasmas de la casa que reclaman lo suyo.
De repente, sentí algo húmedo y cálido envolver mi glande. Una boca. Alguien se había metido debajo de la mesa en la confusión de la oscuridad. La succión fue inmediata, potente, voraz. No era la técnica atropellada de mis primas, ni la furia vengativa de Lucrecia. Esto era profesionalismo erótico. Era una boca que conocía la geometría exacta del placer masculino y que buscaba sacarme hasta el último secreto.
Miré a mi alrededor en la penumbra. Lucrecia estaba en su sitio. Las primas se abrazaban asustadas. El abogado buscaba un mechero en sus bolsillos.
Valeria no estaba en su silla.
—¡Ay, Dios! —gemí, arqueando la espalda bajo la mesa mientras sentía cómo esa garganta profunda me tragaba centímetro a centímetro.
—¿Te pasa algo, Julián? —preguntó la tía, sospechando algo en mi tono de voz.
—Me... me ha dado un calambre —mentí, agarrando el borde de la mesa con los nudillos blancos—. Un calambre terrible en la... columna vertebral.
Debajo de la mesa, la cabeza de Valeria trabajaba con una dedicación industrial. Sentía sus gafas rozando mis muslos y sus tetas enormes aplastadas contra mis rodillas mientras ella se entregaba a la tarea de ordeñar al heredero en medio de la lectura del testamento. El peligro de ser descubierto por Lucrecia o por el codicioso Evaristo me puso la polla tan dura que parecía hecha de diamante.
—¡Ya tengo luz! —gritó el abogado, encendiendo un mechero.
La llama iluminó la sala. Valeria emergió de debajo de la mesa justo en ese segundo, con una agilidad asombrosa, como si acabara de recoger un bolígrafo del suelo. Se sentó, se ajustó las gafas y me miró con una calma que me dio miedo. Tenía los labios hinchados y húmedos, y un brillo travieso en los ojos. Se pasó la lengua por la comisura de la boca, limpiando una gota solitaria de mi preseminal con un gesto rápido y elegante.
—Perdonen —dijo con esa voz de camionero sexy—. Se me cayó la pluma estilográfica. Pero ya la he recuperado. Y escribe de maravilla, por cierto.
Yo estaba sudando frío, con la polla aún fuera de los pantalones, escondida por el mantel, latiendo como un corazón desbocado que acababa de ver la muerte y el paraíso al mismo tiempo.
—Bien —dijo Lucrecia, mirando a Valeria con una desconfianza instintiva—. ¿Dónde está esa caja fuerte, Evaristo?
El abogado sonrió con malicia, guardando su mechero.
—Esa es la cuestión, señora. La caja fuerte no está en una pared convencional. Está escondida dentro de una de las estatuas mecánicas del jardín. Pero cuidado: Rigoberto instaló trampas de presión. Quien meta la mano donde no debe, puede perder algo más que la herencia.
Valeria me guiñó un ojo desde el otro lado de la mesa y susurró, moviendo los labios sin emitir sonido: "Tú ya has metido algo más... y todavía lo tienes entero. Por ahora".
El juego de Rigoberto había comenzado de verdad. Teníamos un misterio, una fortuna escondida, trampas mortales y una secretaria que chupaba como una aspiradora industrial. Miré a Don Evaristo, que ya estaba calculando mentalmente su porcentaje, y supe que en esta casa, el suspenso y la lujuria eran las únicas leyes que se respetaban.