Inamori siguió con la misma rutina, comía con la familia real, esperaba media hora a que hicieran la limpieza y se iba al refugio que había estado arreglando con la gente del lugar; las personas estaban encantadas con la futura esposa de Vladimir, era como un vaso de agua en el desierto que era ese país devastado por la guerra, donde los niños pequeños responden a los mayores y los ancianos son escasos. Aquellas "sobras" eran para ellos un manjar bien recibido, que si bien la realeza desperdiciaba, llenaba el estomago de los ciudadanos; la reina Erika no era ciega ante tal comportamiento, pero lejos de molestarle, le agradaba el espíritu altruista de la joven princesa, pues las amenazas de los rebeldes habían cesado desde su llegada. No era de extrañar, la joven poseía grandes dotes para

