1. EDMUND: ANTES DE ELLA
EDMUND VALFORT
—¡Levántate! Tenemos que hablar.
Las cortinas se abrieron de golpe y la luz atravesó mi cráneo como una lanza.
Mi padre rara vez gritaba. Y cuando lo hacía, estaba acostumbrado a ser obedecido.
Lástima para él que en algunos aspectos seamos tan parecidos.
Un gruñido escapa de mis labios mientras me cubro los ojos con el antebrazo. La luz me perfora el cráneo.
—Arréglate, apestas a licor y mujer barata. Te espero en mi despacho.
No esperó respuesta; azotó la puerta y el dolor en mi cabeza se agudizó. El hombre no tuvo piedad de su hijo que solo ha podido dormir unas pocas horas.
—Eso es envidia —me dije a mí mismo al recordar todo lo disfrutado la noche anterior— debe ser que ya aquello no le funciona y por eso odia verme feliz —rio con burla aunque mi sonrisa desaparece pronto.
Me dispongo a ignorarlo y volver a dormir cuando siento que alguien empieza a moverse en la habitación, levanta cosas y pone a llenar mi bañera.
—El duque lo espera, mi Lord. Le recomiendo no hacerlo esperar demasiado, hoy está muy ansioso —afirma la señora Gretel —el correo debió traer noticias importantes.
El correo rara vez trae algo relevante. Normalmente, solo chismes de la capital que no hacen más que perturbar mi paz.
—Bien, sal para que me pueda desvestir —digo sin moverme.
—Si salgo usted le pondrá seguro a la puerta y seguirá durmiendo. Mejor entre al baño y aséese mientras yo arreglo la habitación.
—Qué mujer tan atrevida. Así que quieres aprovechar para verme desnudo —digo de manera juguetona, pero me sorprende con su risa enérgica y un juego de palabras que habrían sido impensables para cualquier otra mujer.
—No diga tonterías, mi Lord. Limpie su blanco trasero y el resto de sus miserias los primeros años de su vida, así que no hay forma en que pueda hacerme sonrojar. Entre mejor al baño y le garantizo que cuando baje tendrá en la mesa un buen caldo para esa espantosa resaca que de seguro tiene.
Le hago caso solo porque es Gretel.
Fue mi nana y, según mi padre, la única mujer capaz de entrar a mis aposentos sin terminar en mi cama.
—He crecido y ya no son las miserias de un niño —digo una vez sumergido en la bañera.
—Como usted diga, mi Lord —responde de manera condescendiente— solo recuerde que eso no es lo que debería definirlo como hombre.
Luego escucho el sonido de sus pisadas saliendo de la habitación. Sé a qué se refiere, pero no quiero pensar en eso.
Desearía seguir durmiendo. El ducado es un lugar casi siempre aburridor. No hay muchos maleantes a los cuales castigar, mi padre maneja la economía tan bien que estamos lejos del hambre y hasta somos proveedores de granos y algunas verduras para la capital. Entreno. Bebo. Juego cartas.
Y por las noches busco mujeres que me ayuden a olvidar que sobreviví.
Tras ponerme en aceptables condiciones, bajo la escalera buscando directo el comedor. Necesito controlar el maldito dolor y las cortinas abiertas en los grandes ventanales no colaboran. Afortunadamente, el desayuno está servido, así que empiezo a comer sin afán.
¿Para qué apurarme? Hace meses que terminaron las reparaciones del pueblo tras la guerra y, aunque sé que es egoísta, hay ocasiones en que desearía que el conflicto siguiera. La guerra me daba un propósito, la paz solo tiempo libre.
En la guerra mi sangre hervía.
El aire olía a hierro, humo y carne quemada. Mi mente tiene grabada la imagen de la nieve manchada en el paso de Hollenberg. Roja hasta donde alcanzaba la vista. Algunos hombres regresan de la guerra soñando con paz.
Yo regresé sintiendo que lo más difícil que podría hacer en la vida ya lo había hecho. Y que tal vez... pude hacer más.
Recuerdo cuando el príncipe Julián de Rosenthal y yo peleamos codo a codo. Vi la sangre correr por su armadura y supe que no era solo un príncipe, también era un hombre de carne y hueso que no temía morir.
Muchos murieron a mi lado y el calor de su sangre aún la siento en mis manos. Todo por un bien mayor, pero ahora que la paz nos pertenece, no sé qué hacer con ella. Me sobra el tiempo, me falta el fuego. Tal vez no merezco esta paz.
Estoy atrapado en un ducado demasiado próspero, rodeado de mesas de juego, mujeres complacientes y un padre que solo espera que me convierta en un burgués disciplinado. Alguien digno de continuar con su trabajo cuando él falte.
Ingreso al despacho y mi padre levanta la vista, me señala una silla frente a su escritorio y toma un sobre entre sus manos.
—Me habría gustado que las cosas fueran diferentes, Edmund. Pero se te acabaron las oportunidades y ya no importa lo que yo piense.
Ahora tiene mi atención total. Estira el sobre en mi dirección y al tomarlo lo primero que veo es el sello real, roto. Mi respiración se acelera y mi mano apurada libera el contenido para recorrer con afán e incredulidad las letras con que fue escrita mi sentencia.
Pensé que por mi tiempo de servicio y buena relación con la corona tendría un trato especial, pero veo que no. La guerra había vaciado demasiadas cunas. Ahora el rey pretendía llenarlas a fuerza de matrimonios.
Terminé de leer la carta una segunda vez.
Luego una tercera.
Las palabras seguían ahí.
Matrimonio.
Orden real.
Condesa Selene de Alvarés.
Sentí el estómago revolverse. Apenas alcancé a inclinarme antes de vomitar el desayuno sobre el suelo del despacho. No importa. Limpio mi boca con la manga de mi camisa y con mirada interrogativa, pregunto:
—¿Quién diablos es la Condesa Selene de Alvarés?
—Cuidado con tu lenguaje, muchacho —me reprende con mirada feroz mi padre— ella es tu futura esposa. Más te vale que la trates como se debe. Es una dama, la mujer que el rey eligió para ti y no una de esas fulanas con las que tienes amoríos de una noche.
Me puse de pie tan rápido que la silla estuvo a punto de caer.
—No pienso aceptar esto.
—Tu matrimonio es un hecho —replicó golpeando el escritorio con la palma—. Los hombres de esta familia no vivimos solo para nosotros mismos. Tu abuelo elevó el nombre Valfort, yo lo preservé y ahora te corresponde a ti asegurar que siga siendo recordado con respeto cuando ambos hayamos desaparecido.
No respondí. Me di media vuelta y abandoné el despacho.
Es absurdo que alguien determine con quien me caso, no se lo permití a mi padre. Pero siendo realista, no puedo decir no a la orden del rey, así que trato de recordar si entre las mujeres de la realeza que conozco existe alguna que no me mate de tedio y la respuesta es no. La tal Condesa Selene de Alvarés no tiene por qué ser la excepción.
De pronto me doy cuenta de que cargo la carta completamente arrugada. La estiro y entonces se me ocurre. Debo ir a hablar directamente con el rey.
Falta un mes para que esa mujer llegue. Seguramente es una de esas mujeres desesperadas por la falta de hombres para un matrimonio. Debió rogarle al rey o incluso a la reina su ayuda. Si no puedo cancelar este compromiso, esa mujer pronto descubrirá el error que acababa de cometer.
Porque podía obedecer al rey.
Pero nadie podía obligarme a ser un buen marido.