Capítulo 1.- La Omega que nadie quería.
La Omega que nadie quería
El salón principal de la Manada Cresta de Plata olía a poder, a pinos húmedos y a testosterona por doquier.
Erika se mantenía en un rincón, como siempre. Su vestido n***o sencillo parecía aún más pobre comparado con los de las otras hembras de la manada. Era Omega. La palabra pesaba sobre ella desde que tenía memoria. Más pequeña, más débil, con olor más suave y dulce que el de las demás mujeres. Su loba estaba callada, sumisa. Su madre lo había dicho mil veces: “Si no hubieras nacido Omega, quizás…”. El resto de la frase nunca se terminaba, pero Erika sabía lo que significaban aquellas palabras.
Su madre se había casado con el Alpha cuando Erika tenía diez años. De pronto pasó de ser una Omega olvidada en una manada pequeña a ser la hijastra del líder de Cresta de Plata. Nadie la celebró. Solo la toleraron. Y cuando Alex —el hijo del Alpha, cinco años mayor que ella— la miró por primera vez con esa indiferencia fría, Erika supo que nunca sería suficiente para él.
Porque Alex era todo lo que ella no era.
Y porque en su corazón había otra.
Sofía.
Alta, curvas perfectas, cabello n***o azabache que brillaba bajo las luces. Beta de linaje puro, fuerte, rápida, con un aroma a canela y madera que hacía que los machos giraran la cabeza. Todo el mundo decía lo mismo en voz baja: “Ella sería la Luna perfecta”. “Alex y Sofía juntos harían la manada más fuerte”. “Una Omega nunca podría estar a su altura”.
Erika había escuchado esas frases toda su vida. Y aun así… seguía enamorada de él. Secretamente. Estúpidamente. Desde que era una adolescente que lo veía entrenar en el claro del bosque y sentía que el corazón le iba a estallar. Lo amaba cuando lo veía volver herido de las patrullas y disimulaba el dolor. Lo amaba cuando su voz grave daba órdenes y todos obedecían sin dudar. Lo amaba aunque supiera que era imposible.
Esta noche, en la Ceremonia de la Luna Llena, todo el mundo esperaba que el vínculo se formara entre Alex y Sofía. Era lo lógico. Lo correcto.
Erika solo esperaba sobrevivir a la humillación de otra noche más en la manada, manada en la cual no era bienvenida.
El Alpha de la manada subió al estrado. Su voz resonó en el inmenso salón.
—Esta noche, nuestra Diosa Luna mostrará su voluntad.
Los jóvenes empezaron a acercarse al centro. Algunos ya sentían el tirón. Risas. Aullidos de alegría. Parejas que se encontraban.
Erika se quedó atrás, cerca de una columna, intentando hacerse invisible.
Hasta que Alex levantó la cabeza.
Sus ojos ámbar se clavaron en ella desde el otro lado del salón.
Y el mundo se rompió bajo sus pies.
Un latigazo de fuego le atravesó el pecho. El vínculo. Imposible. Doloroso. Hermoso. La loba de Erika, siempre callada, aulló con fuerza por primera vez en su vida.
"Mío."
El olor de Alex la golpeó como una ola: pino, cuero, poder crudo y algo más oscuro que le hizo temblar las rodillas. Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Dio un paso adelante sin querer. Alex hizo lo mismo. El salón entero contuvo la respiración cuando se detuvieron frente a frente.
Erika sintió que las lágrimas le quemaban los ojos. No de dolor. Sino de algo mucho más antiguo. Lo amaba. Lo había amado en silencio durante años. Y ahora el destino —la luna— le estaba diciendo que era suyo.
—Alex… —susurró, apenas un hilo de voz—. Tú eres…
Un murmullo horrorizado recorrió la multitud.
—Omega —escuchó que alguien decía en voz alta—. El vínculo se activó con la Omega.
Sofía estaba a unos metros. Su hermoso rostro se endureció. Los ojos le brillaron de rabia contenida. Todo el mundo la miraba a ella, esperando. Y ahora miraban a Erika como si hubiera cometido un crimen.
El Alpha —su padrastro— se acercó con el ceño fruncido.
—Hijo. Esto no puede ser. Una Omega no puede ser Luna. No puede darte herederos fuertes. La manada…
Alex no lo miró. Seguía mirando a Erika. Su pecho subía y bajaba. El vínculo tiraba de él con fuerza brutal; Erika podía sentirlo. Su lobo quería reclamarla. Quería marcarla. Quería protegerla de todas las miradas que la juzgaban.
Pero Alex era el futuro Alpha. Y los futuros Alphas no se encadenaban a Omegas.
Dio un paso atrás.
El tirón del vínculo protestó con un dolor que le arrancó un gemido a Erika. Se llevó la mano al pecho. El ardor era insoportable.
Alex habló en voz alta. Firme. Sin titubeos.
—Erika Vargas. Yo, Alex Rivera, futuro Alpha de la Manada Cresta de Plata… te rechazo como mi mate.
El golpe fue peor que cualquier cosa que hubiera imaginado.
Erika se dobló hacia adelante. Un grito ahogado se le escapó cuando el dolor del rechazo la atravesó como un cuchillo caliente. Su loba aulló de agonía dentro de ella. El olor de “rechazada” empezó a emanar de su piel al instante: agrio, triste, inferior. Algunos lobos arrugaron la nariz. Otros rieron en voz baja.
—Era obvio —murmuró alguien—. ¿Quién querría a una Omega como Luna?
Sofía sonrió. Solo un poco. Suficiente para que Erika lo viera.
Alex continuó, su voz se tornó fría como el hielo:
—Eres débil. Eres una Omega. Nunca podrías estar a mi lado. Nunca serías capaz de liderar esta manada. Te rechazo. Aquí. Ahora. Delante de todos.
Cada palabra era un latigazo. Erika sintió que algo dentro de ella se rompía para siempre. Las lágrimas finalmente cayeron, calientes, traicioneras. No intentó detenerlas. Ya no tenía fuerzas para hacerlo.
El vínculo, herido pero aún vivo, le transmitía el conflicto de Alex. Su lobo rugía furioso dentro de él. Quería ir hacia ella. Quería borrarle las lágrimas con la lengua, marcarla en el cuello, demostrarle a todos que era suya aunque fuera débil. Pero Alex lo contenía. Por el poder. Por la manada. Por Sofía, que lo miraba con expectación.
Erika levantó la vista una última vez. Buscó sus ojos. Vio la tormenta allí. Vio el deseo. Vio la culpa. Vio cómo se obligaba a sí mismo a odiarla.
Luego Alex dio media vuelta.
Se alejó.
Y con cada paso que daba, el dolor del rechazo se multiplicaba.
Erika no aguantó más.
Corrió.
Atravesó las puertas, bajó los escalones y se internó en el bosque como si el mismo infierno la persiguiera. Las ramas le arañaban los brazos. El vestido se le rasgó en un arbusto. Corrió hasta que le faltó el aire, hasta que las piernas le temblaron y se dejó caer contra el tronco de un árbol viejo.
El llanto llegó entonces. Silencioso al principio. Luego roto, desgarrador. Su loba gemía dentro de ella, rechazada, marcada como indigna, como si la luna misma la hubiera traicionado.
En algún lugar de la mansión, Alex se detuvo en mitad del pasillo que llevaba a su habitación. El vínculo, aunque rechazado, seguía latiendo. Podía sentir su dolor como si fuera propio. Podía oler su aroma agrio incluso desde aquí. Su lobo arañaba las paredes de su mente con una sola orden repetida una y otra vez:
"Ve tras ella. Reclámala. Es tuya."
Alex golpeó la pared con el puño. La madera se astilló. Sangre goteó en el suelo.
—Eres solo una Omega —se dijo entre dientes, con la voz rota—. Solo eso.
Pero su cuerpo no le creía.
Y en el bosque, Erika levantó la cara hacia la luna y susurró con voz destrozada:
—Te amé toda mi vida… y aun así me rechazaste.
Dentro de la mansión, Alex la oyó a través del vínculo herido.
Y su lobo respondió con un rugido silencioso, posesivo, peligroso:
"Pronto vas a rogar que ella te acepte."