Crystal gime, se queja y se mueve tanto sobre mi hombro que tengo que poner forzosamente una mano sobre su trasero para estabilizarla y que no se me caiga, o que nos tire a ambos. Aun así, no es ninguna tortura para mí tocarla, obviamente. Resulta que Crystal tiene el trasero más glorioso que he visto en mucho tiempo y obviamente tocarlo no me causa ningún conflicto. Cuando llego a mi habitación después de lo que se siente como veinte años, bajo a Crystal y ella se estremece con los ojos cerrados y las mejillas mojadas, aun intentando quitarse arañas. —Ya no tienes nada, te lo juro. Te las quité todas —prometo, tomándola de sus pequeños hombros para que deje de retorcerse por todos lados. —Discúlpame si no te creo —escupe, con la voz nasal y quebrada y se cubre la cara con las manos, ll

