No he dado más de dos pasos dentro del campamento cuando tres mastodontes me quitan mi maleta y empiezan a revisarla, revolviendo toda mi valiosa ropa, procurando hacer la mayor cantidad de desastre posible. Cuando se dan cuenta de que no tengo nada peligroso asienten hacia mí y se largan, llevándose mi iPhone y dejándome sola para acomodar mis cosas de nuevo.
Un minuto aquí y ya sé que no voy a aguantar mucho tiempo. Esto de ser paciente y aceptar que otras personas tienen más autoridad que yo definitivamente no es lo mío. Y como si eso por sí solo no fuera suficiente, el calor es insoportable.
Todo en mí está empapado, mis axilas, espalda, cara, incluso mi trasero está sudando ¿Qué demonios? Nunca antes había sentido sudor correr entre mis nalgas.
Esto está mal, yo no nací para esta clase de cosas.
Yo no nací para estar parada en un desierto donde lo único que hay son cabañas viejas, mesas de madera, gente malvada con uniforme, gente malvada con ropa normal, tierra, mosquitos y sudor.
Gimo en voz alta mientras camino, arruinando mis bonitas sandalias Salvatore con la tierra.
No puedo creer que después de todas las cosas que he hecho, ir a un inocente viaje a México haya sido lo que hiciera a mis amorosos padres explotar y castigarme de esta manera. Ni siquiera cuando irrumpí en la casa del senador hicieron tanto problema.
Y eso fue bastante extremo, incluso para mí.
—Niña, la formación está apunto de comenzar, te aconsejo que camines hacia allá si no quieres tener problemas.
Ignoro a la horrible mujer que me dijo eso con un movimiento de mi mano lleno de desdén y continuo observando mis alrededores, aún destilando líquidos corporales.
Puedo ver que todos los pequeños delincuentes corren desde las cabañas donde me dijeron antes de entrar que debía dejar mi maleta, a hacer fila frente a varios uniformados.
Hay solo cinco hombres y cinco mujeres en este grupo, contándome a mí. Y todos los demás están adelantados a mí porque sus padres no pasaron una hora dándoles un sermón en lugar de dejarlos entrar a dejar sus maletas y escoger sus camas. Es por eso también que termino con la ultima cama (La peor, supongo, considerando que es la más vieja). Dejo mi maleta ahí y me voy a la formación.
Cuando llego, un tipo grosero me grita que me forme con mis compañeros de una manera nada educada, aunque obviamente eso planeaba hacer.
Gimo en voz alta mientras camino, arruinando mis bonitas sandalias Salvatore con la tierra.
No puedo creer que después de todas las cosas que he hecho, ir a un inocente viaje a México haya sido lo que hiciera a mis amorosos padres explotar y castigarme de esta manera. Ni siquiera cuando irrumpí en la casa del senador hicieron tanto problema.
Y eso fue bastante extremo, incluso para mí.
—Niña, la formación está apunto de comenzar, te aconsejo que camines hacia allá si no quieres tener problemas.
Ignoro a la horrible mujer que me dijo eso con un movimiento de mi mano lleno de desdén y continuo observando mis alrededores, aún destilando líquidos corporales.
Puedo ver que todos los pequeños delincuentes corren desde las cabañas donde me dijeron antes de entrar que debía dejar mi maleta, a hacer fila frente a varios uniformados.
Hay solo cinco hombres y cinco mujeres en este grupo, contándome a mí. Y todos los demás están adelantados a mí porque sus padres no pasaron una hora dándoles un sermón en lugar de dejarlos entrar a dejar sus maletas y escoger sus camas. Es por eso también que termino con la ultima cama (La peor, supongo, considerando que es la más vieja). Dejo mi maleta ahí y me voy a la formación.
Cuando llego, un tipo grosero me grita que me forme con mis compañeros de una manera nada educada, aunque obviamente eso planeaba hacer.
Le doy una mirada de enojo y, después de analizar a mi grupo, me pongo entre dos chicos medio guapos, arrepintiéndome cuando mis dos brazos ya de por sí muy sudados terminan siendo tocados por un brazo de cada uno.
Lo único bueno de esto es que soy la mujer más bonita aquí, por mucho.
Supongo que podría ser modesta para no ofender a la gente fea, pero he decidido no serlo. Sé que soy hermosa y me esfuerzo bastante para serlo, así que negarlo o pretender que no lo sé para dar lastima y que otros me lo digan, es estúpido.
Claro, ir al gimnasio no está en mi plan de vida, pero los dioses de la genética me han bendecido con un cuerpo bastante decente. Tengo brazos delgados, cintura pequeña, buenos pechos y un gran trasero del cual se burlaban en la primaria y ahora todos desean tenerlo. De una manera u otra.
Mi cabello es rojo con puntas rubias. Naturalmente era marrón, pero desde los quince he estado cambiando de color. Empezó con rubio normal, rubio platinado, luego rosa, luego morado y ahora ya llevo más de un año con esta mezcla, y parece que se quedará por más tiempo. He escuchado que resalta mis ojos verdes y me hace lucir más sexy.
Lo cual es todo lo que quiero en la vida.
—Bueno, estos parecen ser todos, por fin —dice la chica frente a nosotros, mirando hacia todos lados. Cualquiera esperaría a una mujer del ejercito siendo fea, gorda, marimacha y gigante, como a una que vi hace unos momentos, pero esta de hecho es linda. Tiene un largo cabello n***o en una trenza y aun sin nada de maquillaje se ve algo bien. Miro su placa para identificarla.
Sargento Zumalacarregui.
Okay... con ese apellido cualquiera se deprime y se une al ejercito.
Los dos militares mayores que están al rededor de ella asienten cuando ven a otro hombre acercarse y se van, sin darnos otra mirada, como si no fuéramos nada. La sargento Zalalalarregui o como sea su horrible apellido, se queda en un silencio incomodo mientras espera que el tipo se acerque. Al parecer es insegura cuando está sola.
Me estoy aburriendo bastante y los brazos de los chicos a mis lados parecen producir más sudor que mis gordas nalgas, pero todo eso queda en el olvido cuando logro ver al celestial hombre que se acerca a nosotros.
Al contrario de todos los demás, él no tiene el uniforme completo, solo los pantalones de camuflaje y una camisa blanca interior mojada por el sudor, tan pegada que me deja observar perfectamente su marcado abdomen, y ver sus grandes brazos llenos de los tatuajes más sensuales que he visto en mi vida. Conforme se acerca, mi respiración falla más y más y creo que hago un sonido porque el chico a mi izquierda me pregunta si estoy bien, pero no le contesto porque ahora el hombre está más cerca y puedo ver su preciosa cara perfectamente.
Tiene una mandíbula fuerte y marcada, una nariz recta y unos labios rosados y perfectos para besar por horas y horas. No puedo ver sus ojos, pero parece tener pestañas largas y doradas, como el color de su corto cabello. Es el hombre más perfecto que he visto y estoy instantáneamente enamorada de él.
Cuando llega, se para frente a mí, lo cual estoy segura que es una señal de que estamos destinados a estar juntos por siempre, y nos observa a uno por uno con cara de póquer, cruzando sus brazos en su amplio pecho, haciendo que dichos brazos se vean incluso más grandes y deleitables.
—Desde este momento ustedes están bajo nuestras reglas —empieza mi novio, con una voz fuerte, profunda, autoritaria y súper sexy— no están aquí de vacaciones, no están aquí para descansar y mucho menos para divertirse. Están aquí porque la gente a su alrededor piensa que son despreciables, pero aun tienen una esperanza de que puedan cambiar y convertirse en alguien útil para la sociedad. Nosotros no estamos aquí para ser sus amigos, para decirles que todo estará bien o hacer círculos y abrazarnos después de contar nuestras tristes anécdotas. Estamos aquí para forjarlos a ser mejores, a enseñarles disciplina, respeto y responsabilidad. Vamos a exigir de ustedes mucho más de lo que están dispuestos a dar, vamos a dar ordenes que no siempre les van a gustar, pero si saben lo que les conviene, las seguirán al pie de la letra.
—¿Y qué pasa si no lo hacemos? —pregunto, incapaz de mantener mi boca cerrada, en primer lugar porque quiero que me note y en segundo lugar, porque su tono me molesta un poco.
—Entonces aceptarán su castigo.
Diablos, eso sonó sexy. No debí haber leído los libros de 50 sombras, ahora palabras como "castigo" hacen que mis adentros tiemblen con alegría.
—No toleraremos ninguna falta de respeto —continua la tipa del nombre feo, dándome una mirada sucia y caminando más cerca de mi hombre— nosotros somos sus superiores inmediatos. Lo que significa que si tienen alguna duda o problema, pueden acercarse al Sargento Hawke o a mí, así como...
La chica sigue hablando pero no me importa, por fin sé cómo se llama mi futuro esposo. Bueno, no cómo se llama pero su apellido. Es bonito. Queda con mi nombre.
Crystal Hawke.
—... a las cinco de la mañana, ni un minuto más ni un minuto menos. Desayunamos a las cinco con quince minutos y estamos listos para empezar el día a las...
—¿Qué? —salgo de mi estupor causado por el amor cuando escucho esa blasfemia. No creo que de verdad esperen que me despierte a las cinco de la mañana. Es prácticamente imposible.
Todos me voltean a ver cuando el súper sexy Sargento Hawke dirige sus fríos ojos marrones hacia mí. Camina unos cinco pasos y se acerca. Se pone tan cerca que mi cerebro no lo puede carburar bien.
—¿Tiene un problema con el horario, recluta?
—Sí. Pienso que es muy injusto. Es muy temprano.
—Le sugiero que la próxima vez que algo le parezca injusto, se quede sus opiniones para usted misma. No nos interesa ni queremos saber lo que piensa. Entrecierro mis ojos y olvido que es perfecto por un segundo. No me está gustando su tono, ni lo que dice. No me interesa en lo más mínimo que sea sargento, en lo que a mí concierne, el único sargento, general o presidente que existe en el mundo soy yo misma.
—Le sugiero que piensen sus planes más profundamente a la próxima, para que de esa manera nadie tenga ninguna oposición y todos estén de acuerdo con lo que haremos. Es lo justo.
Hawke no parece hacer ninguna clase de gesto para indicar alguna emoción en su cara, pero puedo notar que una vena extraña salta en su frente y su mandíbula luce más definida. Y con ayuda de mi intuición femenina, llego a la conclusión de que tal vez mis palabras estuvieron un poco mal, tomando en cuenta lo que mis sargentos acaban de decir. Tal vez. Porque planteé un buen punto, pero tengo la inteligencia necesaria para saber que en este lugar, los buenos puntos planteados por la gente sin uniforme son completamente nulos.
—10 lagartijas —ordena, acercándose más a mí, cubriéndome del sol con su gigante forma de torre. Los dos chicos a mis lados desaparecen de repente y solo entonces me doy cuenta de que tal vez de alguna manera cometí un grandísimo error.
Y, a pesar de que me doy cuenta de que no debo tener problemas con nadie y lo mejor sería hacer lo que él me pide, mi instinto natural no me deja hacer eso.
—Me rehuso —susurro, levantando mi barbilla hacia él para verlo mejor. Hawke se acerca aun más, ahora sus pectorales y sus pezones duritos están a menos de diez centímetros de mí y me está mirando hacia abajo como si fuera un insecto que debe aniquilar.
—20.
—¿Acaso no escuchaste lo que dije? No lo haré. No puedes obligarme.
—30.
Hay algo dentro de mí, llámalo sentido común, que me dice que cierre la maldita boca. Pero soy Crystal Angelo y mi bocota será mi muerte.
—No, no, no, no —digo, con una voz cantarina, porque soy una idiota. Puedo escuchar a la gente susurrando a mi alrededor, pero no volteo, estoy muy ocupada retando a Hawke con la mirada y cantando con una sonrisa burlona.
—50.
—¿50? —me río— seguían 40. Todo ese músculo y nada de cerebro... debiste haber asistido a la escuela en lugar de...
—80.
—¡Amigo, aprende a contar! Ibamos muy en orden: 10, 20, 30, 40, 50, 60...
Inesperadamente, la manota del sargento toma mi nuca, como si me fuera a acercar hacia él y besarme hasta la muerte, pero en lugar de hacer eso, aprieta su agarre y se hace un lado para tirarme al suelo como si fuera un perro callejero, lastimándome y provocando un sonido en mí tan horrible que suena levemente como un cerdo siendo degollado. Mis manos intentan detener mi caída pero como todo pasa tan rápido, quedan enterradas debajo de mi torso, mi trasero se queda al aire y mi cara se estrella con fuerza en la tierra.
—100 lagartijas. Ahora —ordena Hawke, antes de que pueda incluso acomodarme bien en el piso.
Aunque sabía que alguna reacción iba a provocar con mi parloteo, nunca me imagine una reacción tan violenta. Saco mis brazos por debajo de mi cuerpo y levanto mi cara del piso. Tengo cabello y tierra en la boca.
—Pero... quizás podemos arreglar esto de otra manera...
Es demasiado tarde pero aun así intento arreglar las cosas, porque puedo ser estúpida y meterme en los peores problemas, pero también acepto cuando cometo algún error e intento hacer lo correcto. Es demasiado tarde siempre que lo hago, y por supuesto inútil, pero eso no me detiene.
—150 lagartijas o todos comen engrudo por una semana.