Punishments

2163 Words
—Está bien —acepto, sentándome primero para limpiar mi cara y ponerme en la posición adecuada. Estoy dispuesta a hacer lo que me pide, pero lo malo es que nunca he hecho lagartijas, mejor dicho, nunca he hecho ninguna clase de ejercicio, es por eso que no puedo hacer más de dos lagartijas y todo mi cuerpo empieza a temblar— no... no puedo hacerlo. —Claro que puedes —el sargento se agacha a un lado de mí para poder ver mi cara, y por un segundo me espero un lindo discurso motivacional. Tonta de mí — más te vale que puedas. Comer engrudo es peor que morir de hambre. Además no creo que quieras lidiar con el odio de 9 personas en la noche donde nadie puede ayudarte si deciden hacerte algo. No fue una linda platica, pero sirve igualmente para motivarme. Por eso intento hacerlo de nuevo, pero cuando hago cinco, otra vez empiezo a temblar, y eso me frustra tanto que las lagrimas empiezan a salir. Hawke solo me da unos segundos para descansar y luego está ordenándome que me mueva de nuevo, que no le importan mis falsas lagrimas, que eso es lo que me gano por hablarle así. No comprendo cómo alguien puede ver sufrir a una mujer de esta manera y no hacer nada al respecto. Cerca de media hora después, apenas llevo doce lagartijas, estoy llorando por completo, con sollozos y todo, y estoy segura de que estoy deshidratada. Estar haciendo ejercicio bajo este sol no puede ser nada saludable. Estoy sudando y llorando tanto que ya no logro distinguir si toda el agua en mi cara es sudor o llanto. —Asher, vamos... es el primer día —dice la sargento del nombre feo compadeciéndose de mí, dándome una mirada de lastima. Le agradezco mentalmente por su ayuda y, después de este abuso, ya ni siquiera le tomo importancia al nombre del malévolo hombre a mi lado. Me imagino a su pobre madre poniéndole Asher a un lindo, tierno y regordete bebé que pronto se convertiría en esta maquina sin sentimientos que disfruta lastimando mujeres. —Todos pueden ir a la cafetería a almorzar y descansar por el resto del día. Agradézcanle a su compañera por lo que harán mañana, y prepárense —advierte Asher, ganándose absolutamente ninguna respuesta, pero varios gemidos y miradas de odio hacia mí. Doy un suspiro de alivio y me intento parar, pero Asher pisa mi delicada espalda y me hace regresar de cara al suelo, haciendo que la tierra ahora sea lodo por el lado izquierdo de mi cara— tú no. Te quedarás aquí hasta que completes tu castigo o te desvanezcas en el proceso. —¡Te odio! —sollozo, y regreso a hacer esas malditas lagartijas, pero solo puedo hacer tres y vuelvo a colapsar— por favor, por favor, solo deja que me vaya. —No. Te faltan 135. Gruño y lloro y lo intento de nuevo, pero me es casi imposible hacer más de dos a la vez. Mis brazos se están acalambrando, mis sandalias hace rato que se rompieron por la posición tan extraña de mis pies y la humillación es algo nuevo que no me agrada. Si esto estuviera pasando fuera de aquí, con cualquier otro hombre, yo gritaría un montón de cosas acerca de cómo mi papi podría rastrearlo y destruirlo por siquiera hablarme mal, pero eso sería inútil en éste caso porque a pesar de que Asher es joven y no es un marine, sigue siendo de la militarizada y ellos reciben el mismo tipo de entrenamiento. Además, mi papi ya no está en la cúspide de su juventud y dudo que pueda asustar a Asher, por lo tanto no podría hacer esa amenaza. No tengo nada absolutamente con qué defenderme y eso me hace llorar más fuerte. { Asher } Generalmente no sería tan cruel con una mujer en su primer día de campamento. Tengo entendido que un adolescente problemático común no está preparado para seguir las normas el primer día, y mucho menos para realizar 150 lagartijas, pero hay algo muy especial en ésta chica, no sé lo que es, que me hace tener un completo desagrado hacia ella. No es que sea fea... es algo atractiva, supongo; en un buen día cuando no está sudando, llorando y llena de mugre. Pero hay algo en su presencia, tal vez su manera de hablar, o su mirada, o su postura, que provoca en mí una repugnancia que nunca había sentido con otra persona antes. Soy usualmente muy amigable, de hecho, no estoy acostumbrado a este tipo de rechazo hacia nadie. Es un sentimiento nuevo, y supongo que nace de mi habilidad para leer a una persona. Y puedo leer a la perfección a esta falsa pelirroja, o rubia, no sé cómo se llama ese feo desastre que tiene por cabello. Es narcisista, egoísta y está acostumbrada a hacer lo que quiere sin ninguna clase de consecuencias. Y debe aprender a no hablar de esa manera, no solo a un superior sino a nadie. —Bien. Ahora te faltan solo 100 —murmuro, intentando no reír. Hizo 50 lagartijas en dos horas y media, sin dejar de llorar o susurrar insultos hacia mí e incluso amenazas. Ignoro eso porque sinceramente tengo suficiente viéndola sufrir de esta manera, no necesito volverla a castigar, o ponerle más lagartijas que sé que no hará. Mi garganta está seca y el sol es verdaderamente insoportable, pero puedo aguantar unas horas más aquí. He aguantado mucho más tiempo en lugares peores. Aunque no estoy tan seguro acerca de ella. No me cae bien, pero tampoco quiero que se muera. —No puedo, te juro que no puedo, por favor déjame ir. Aprendí mi lección. Te lo ruego, ten piedad de mí —llora, y siento una pizca de lastima por ella. Lamentablemente, soy bastante capaz de ignorar mis sentimientos, sobre todo esos que son minúsculos. Me causa gracia cómo actúa tan superior y al mismo tiempo le resulta tan fácil rogar patéticamente. —¿Aprendiste, en serio? —pregunto, aunque sé que no lo hizo. En este momento dirá lo que sea con tal de irse. Pero como mencioné antes, por razones personales, hago desde este momento mi meta para este verano hacer que esta débil, ingobernable e inútil chica realmente aprenda una lección. No porque me interese que se convierta en una persona de bien, sino porque verla de esta manera todos los días será divertido y yo necesito diversión para no terminar matando a alguien o a mi mismo— Bien, puedes levantarte. Se sienta y sacude su sucia cara, aún hipando dramáticamente. Pongo los ojos en blanco y espero a que se incorpore. —Ve a tomar y comer algo —asiento hacia la cafetería. Me da una mirada llena de odio y asiente antes de empezar a caminar hacia allá con piernas temblorosas— piensa antes de hablar a la próxima. No sobrevivirás aquí si repites tu actitud de hace rato. —Sí, señor —murmura sarcásticamente, alejándose. { Crystal } Empiezo a planear mi venganza tan pronto como empiezo a caminar lejos de él. Retiro lo dicho acerca de él siendo celestial. Es demoniaco. El mismísimo señor de las tinieblas. Nunca antes alguien había sido tan inhumano conmigo. No me merezco esta clase de trato, soy una buena persona. Incluso he ido a la iglesia... dos veces. Aún estoy llorando cuando llego a la cafetería, después de pasar a limpiarme las piernas y los brazos tanto como me fue posible. Mis nueve compañeros están sentados en una mesa larga y destartalada de madera y todos me miran mal, pero solo alguien se atreve a acercarse a mí. Una marimacha un poco más delgada y baja que yo, con su cabello rubio en una cola de caballo sin chiste y con ropa de gimnasio. —No tengo tiempo ni ganas de comunicarme con alguno de ustedes —la detengo con toda la amabilidad posible antes de que tenga tiempo para darme una pedazo de su mente. —Mira, a mí tampoco me gusta comunicarme con princesas huecas, pero te advierto que a la próxima cierres la boca cuando debas. Nos guste o no, somos un equipo y si haces algo así de estúpido de nuevo... —Deténte, me duele la cabeza. Pero gracias por lo de princesa, es bueno saber te das cuenta de nuestras diferencias —empiezo, sonriendo condescendientemente. Las mejillas de la marimacha se ponen rojas. Tal vez ya está enamorada de mí... o tal vez le enojaron mis palabras— segundo, yo hago lo que yo quiero. Y eso no va a cambiar. Si se me da la gana de abrir la boca de nuevo, tendrán que lidiar con ello. La marimacha se queda en silencio por unos segundos. —No puedo creer que de verdad exista gente como ella —murmura, negando con la cabeza y volviendo a sentarse, no sin antes darme otra mirada pesada— haz lo que quieras. Al fin y al cabo eres tú quien está sucia y llorando como un bebé. No nosotros. —Para tu información —empujo a una pelirroja natural para que me haga espacio en la misma mesa, aunque no les agrade mi presencia— la gente perfecta sí existe. Las lagrimas y la suciedad son parte del drama que es mi perfecta vida. Eso es mentira, pero ellos no tienen porqué saber lo mucho que estoy sufriendo y lo poco acostumbrada que estoy a esto. Nadie dice nada después de eso, ni siquiera se ponen a comer. Solo me observan. Pongo los ojos en blanco y me levanto para ir por mi comida y tomar diez litros de agua. Estaba esperando empezar una pelea, pero ni siquiera sirven para eso. Después de todo lo que pasó conmigo y el desagradable hombre que decidió tirarme al piso y maltratarme, nos dan el resto del día libre para conocernos. No nos dejan ir a las duchas, lo que significa que estoy estancada con la suciedad hasta mañana a las 0500 horas. Lavo mi cara y mis brazos en el lavamanos otra vez, pero aún no es suficiente. Además, nadie quiere ser mi amigo y eso es horrible. Nunca he estado en un lugar donde no tenga amigos, la gente usualmente me adora desde la primer mirada. Necesito a alguien que me apoye, alguien con quien pueda descargar mis penas y quejarme de lo mucho que he odiado este día y este lugar. Cerca de las 9 de la noche, estamos todos sentados en unos troncos, el ambiente se está poniendo bastante fresco y por fin vuelvo a ver a Hawke. Está riendo y haciendo estupideces con otro militar igual de guapo pero que no se ve tan perverso como él. Decido enamorarme ahora de su amigo. Es igual de alto y musculoso que él solo que tiene cabello más oscuro, ojos azules y unos adorables hoyuelos en sus mejillas cuando se ríe. Apuesto que él nunca me trataría como Asher. Aunque apuesto que todo ese teatro de ser insufrible es una vil mentira, también, porque cuando no está siendo nuestro superior y dando ordenes, de hecho parece ser una persona agradable. Nos mandan a dormir a las 10 así que por fin puedo quitarme mi mugrosa camisa de seda, ahora inservible y mi short antes blanco, ahora marrón, igualmente inservible. Me deslizo en la cama con mi mejor pijama y justo cuando apagan las luces, empiezo a llorar. No me molesto en llorar bajito. Estoy sola y sufriendo y quiero que todos se enteren. Tal vez de esa manera les daré lastima y empezarán a tratarme bien. —¡Por Dios, cierra la boca! —grita un chico, unos minutos después. No me molesto en contestar, solo lloro más fuerte, esta vez a propósito. Intento pensar en una forma de escapar, pero es prácticamente imposible, hay hombres armados por todos lados observando cada movimiento. Extraño estar en mi casa, en mi cómodo colchón y no en esta camilla pequeña, barata y delgada con resortes que lastiman mi espalda y rechinan cada vez que respiro. Extraño tener mi celular; solo ha pasado un día desde que me lo confiscaron en la entrada, pero eso es lo máximo que he durado sin él. Necesito hablar con alguien que me quiera, todas estas personas parecen odiarme y yo no puedo sobrevivir sin que me muestren atención y afecto constantemente. No recuerdo en qué momento me calmé, pero sé que fue por la madrugada. La gente no dejaba de gemir y quejarse de mí y mis molestos sonidos. Siento que solo tuve cerrados los ojos por tres segundos cuando una fastidiosa alarma me exalta, despertándome por completo. La sargento del nombre feo entra a la cabaña, luciendo como si ya tuviera horas despierta. Enciende la luz y empieza a aplaudir con mucha energía. Es jodidamente molesta. Y miren quién está hablando.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD