Capítulo 6: Juntos.
Llegué al jardín infantil muy temprano, esperaba que Nicolás llegara pronto para preguntarle cómo seguía, como había pasado la noche y saber si estaba cómodo en casa de su tío o si necesitaba algo. Siempre se me había dicho que no podía meter mis sentimientos en mis alumnos, no me podía dejar afectar por sus historias o sentir pena por ellos, eso no era bueno para nadie, ni para ellos ni para mí, y había hecho caso a todas esas recomendaciones, trataba a todos por igual, sin darles más de lo necesario solo por creer que no tenían una buena vida y así me había ido bien; pero con la llegada del pequeño Nicolás toda mi vida había dado un giro inesperado y me hallaba ansiosa esperando poder verlo pronto, de lo contrario no podría calmar mis nervios.
Cómo era habitual mi rutina, me detuve en la puerta del jardín para recibir a mis niños, buscaba de vez en cuando a Nicolás entre todas las caritas pequeñas que iban llegando, pero ninguno era él. Tuve que entrar a clase cuando fue la hora indicada, hice fila con los niños y los envíe directamente al salón, me quedé unos cuantos minutos allí esperando inútilmente que el niño llegara, pero cuando supe que no lo haría entre a la clase, no me concentré para nada, los niños absorbían nuestras emociones y mi clase se llenó de niños llorones y de mal humor y es que yo quería hacer lo mismo, el estrés que tenía era tanto que no podía ser una persona amable con ellos, por lo que pedí ayuda a la maestra de al lado, la jornada ya había transcurrido más de la mitad cuando fui a tocar a la otra aula, la maestra me negó su ayuda.
—Estamos en clase de matemáticas, no puedo cuidar a los pequeños, lo siento.
—Lo entiendo, gracias.
Volví a mi salón muy aburrida, me sentía impotente, los niños estaban hoy con más energía de lo normal y yo no me sentía con la capacidad de cuidarlos, levanté la cabeza un poco y vi mi librero, una luz de esperanza tocó mi corazón, podía llamar a Ana para que les leyera un poco, solo esperaba no interrumpir ninguna de sus clases importantes.
De nuevo, corrí lo más rápido que pude al salón de Ana y la llamé, ella con velocidad salió, yo no podía dejar tanto tiempo a los niños solos.
—Maestra, buenos días.
—Ana, disculpa que venga a molestarte, necesito tu ayuda y si no estás muy ocupada me gustaría que fueras conmigo.
—Estoy en clase de arte, ya he acabado mi trabajo, pediré a la profesora que me de permiso.
—Perfecto, te espero entonces.
Volví a la velocidad de la luz y encontré a mis niños jugando calmadamente, suspiré aliviada y me senté a esperar que Ana llegara, solo esperaba que su maestra le diera el permiso.
—Maestra, ¿Nicolás ya no va a volver? — me preguntó Karol y yo sentí un hueco profundo en el pecho.
—No lo sé cariño, espero que sí.
—Yo también quiero que vuelva, él es lindo — asentí sonriéndole y le acomodé las dos coletas de cabello que tenía a ambos lados de la cabeza.
—Señorita Lía — miré a la puerta y respiré aliviada al ver a Ana.
—Pasa cariño — Karol salió corriendo a otra parte del salón mientras Ana se acercaba a mi mesa.
—Dígame que necesita de mí — comentó.
—Tengo que ir a hacer algo muy importante y necesito que te quedes un momento con los niños.
—Claro, sin ningún problema, me quedo.
—Muchas gracias, nena. El director y la profesora de al lado pasarán de vez en cuando a verlos.
—Perfecto — respondió y yo sonríe poniéndome de pie y yendo a buscar mi bolsa.
—Niños — los llamé —Ana les leerá un cuento mientras yo vuelvo.
Ellos gritaron emocionados y comenzaron a pedirle muchos libros para que les leyera, le guiñe un ojo a Ana.
—Mil gracias, trataré de estar acá antes de que finalice la jornada.
—No se preocupe por nosotros, yo los cuidaré bien.
—De nuevo, mil gracias. Me voy ya.
Saludé a los niños y salí rumbo a la oficina del director, allí pedí que me dejara ver la información de Nicolás, la madre había tenido que llenar unas formas para dejarlo matriculado, cuando el señor Juan me pasó el documento, vi que había dejado la información de contacto de Franco, ni siquiera había puesto su dirección porque ya estaba decidida y nadie lo había notado nadie.
No había un número de teléfono pero sí que había una dirección, por lo que tomé un pequeño papel y anoté la dirección allí.
—Mis niños están con una alumna de tercero, ella les está leyendo unos cuentos, le pido que por favor me los cuide mientras yo busco a Nicolás.
—Lo haré, ve a buscar al niño y me cuentas cómo lo ves.
—Sí señor.
Me gustaba que el señor Juan se interesara por los niños, otro director no me habría dejado irme y dejar a los pequeños con otra alumna, pero él también se hallaba preocupado y me fue fácil convencerlo.
Tomé un taxi y le dije la dirección, en medio del camino paré en una cafetería para comprarle algo al pequeño, quizás no había desayunado aún y eso me preocupaba.
Volví al taxi y continúe el camino, no quedaba demasiado lejos pero tampoco era que quedara cerca caminando, así que no me llevó demasiados minutos llegar.
Era un barrio muy bonito, una unidad de casas tipo chalet adosado color gris con blanco arena, me di cuenta que todas las casas tenían la misma dirección que había anotada en mi papel, pero cada una tenía un número al frente diferente y eran al menos unas cincuenta casas, no podía tocar en cada una buscando un niño.
Una señora pasaba arrastrando un cochecito con una bebé en este, me acerqué a ella.
—Hola, disculpe. — ella me miró con una expresión un poco amargada.
—Si, dígame.
—¿Conoce usted a un hombre de ojos grises, un poco alto, musculoso…? — ella tenía el ceño fruncido.
—No me suena familiar.
—Se llama Franco.
—No, no conozco a nadie de por acá que se llame Franco, que tenga un buen día.
—Gracias.
Grité al ver que la mujer ya iba un cómo lejos, ahora no sabía qué hacer y el comenzar a tocar puerta por puerta ya no me sonaba tan mal, así que comencé.
En la primera puerta nadie me abrió, en la segunda un hombre mayor de edad casi no escuchaba y no me dio la información necesaria, no fue sino hasta la casa catorce que alguien me supo decir algo.
—Hola, estoy buscando a un hombre alto, de ojos grises — la mujer, un poco mayor de edad negó con su cabeza, se notaba que eran de esas viejitas chismosas del barrio, recordé lo que me había dicho Nicolás — es un poco serio, tiene dos perros grandes.
—Oh, conozco a un hombre que tiene dos perros gigantes y los deja salir sin cuidado alguno — mi sonrisa no cabía en mi rostro.
—Me podría decir en qué casa vive, lo estoy buscando urgente.
—Es el de la casa cuarenta y dos, si lo ve y es quien usted cree, dígale que el demonio que llama perro ha violado a mi pobre Nina y necesito que responda por los perritos que nacerán.
—Ehh, está bien, se lo haré saber.
La señora asintió feliz y yo caminé rápidamente hacia la casa cuarenta y dos, al llegar vi que era la única que no tenía el jardín bien arreglado, las cortinas eran oscuras y parecía una casa abandonada, era como un punto n***o en medio de todo lo blanco.
Toqué la puerta con velocidad y toqué y toqué al menos por diez minutos, escuchaba a los perros ladrar con fuerza y esperaba que Franco estuviera allí, cuando pensé que no iba a abrir nadie, la puerta por fin se abrió y me dejó ver a un Franco muy diferente al que había conocido en el bar de Kris, uno de sus ojos estaba medio cerrado y n***o, no tenía camisa y podía ver que sus nudillos y su labio inferior estaban rojos. Me asusté, porque ayer no estaba así, y entonces dónde estaba Nicolás si él estaba en ese estado. Él tenía el ceño fruncido y tapaba parte de sus cara del sol con una de sus manos.
—Ehh, hola, vine a traerle el desayuno a Nicolás — comenté levantando la bolsa llena de mini panqueques y un sanduche de pollo junto a un jugo de mango.
—Él no esta aqui — bajé la bolsa lentamente sin asimilar bien sus palabras.
—¿Qúe? ¿Cómo que no? — Me adentré a la casa con enojo pasando la verja, los perros que ahora notaba que si eran demasiado grandes, se me lanzaron encima ladrando.
Les acaricié el pelaje seguía revisando toda la casa en busca de Nicolás, no miré en ningún momento a Franco, necesitaba buscarlo, revisé todo el lugar llamando a Nicolás, no obtuve respuesta y tampoco lo encontré, volví a la sala.
—¿Dónde está el niño? — pregunté sintiendo que me ahogaba.
—En el lugar donde estará bien, en la casa hogar —respondió con la voz ronca, mi boca se abrió con asombro.
—¡¿Qué?! — pregunté a los gritos, me acerqué a él y golpeé su pecho con furia, él se desestabilizo y se fue un poco hacia atrás pero no llegó a caer —¡¿Acaso sabes lo que hiciste?! ¡Ese no es un lugar para él, no tienes ni idea el lugar en el que lo dejaste!
—¡Si sé! — grito en respuesta — ¡Pasé toda mi infancia en ese lugar!
Me alejé de él sintiendo que las lágrimas bajaban por mi rostro, ¿porqué me afectaba algo que no debería hacerlo?
—¡Entonces sabrás lo mucho que sufrirá en ese lugar! — él no respondió, tenía sus dedos metidos dentro de su cabello tirando un poco de él —¡No puedes dejarlo allá!
—¡¿Porqué no, eh?! — preguntó en respuesta.
Su frente estaba sudorosa y se marcaban las venas de su cuello con fuerza.
—Por favor — pedí — ese no es un lugar para él, él niño no puede estar allá, está solo y sin ningún familiar, tiene que estar contigo.
—No puedo hacerme cargo de él — comentó tomando su cuello —No me puedo hacer cargo de un niño tan pequeño como él, Nicolás debe estar con gente que lo quiera y cuide de él. Yo no puedo darle eso.
—Claro que puede, él se sentirá más cómodo con personas que lo conozcan, por favor.
—No puedo, no puedo hacerlo — Franco se hallaba muy nervioso y a cada tanto soltaba gritos frustados.
—¿Se encuentra bien? — pregunté acercándome.
—Le fallaré, no puedo, no puedo — no entendía a quien se refería. —No puedo cuidar de su hijo, no puedo.
—Oiga — me agaché a su lado y le tomé el rostro con mis manos —¿Qué es lo que sucede?
—Le decepcionaré toda la vida, no tengo el palo para ser responsable de alguien, Dante me odiara toda la vida.
—¿Quién es Dante? — mis pulgares acariciaban sus pómulos con delicadeza y vi que al pronunciar ese nombre comenzó a entrar en pánico, temblaba mucho bajo mi tacto y yo no sabía que hacer.
—Era el papá de Nicolás — respondió unos cuantos segundos después — Mi mejor amigo.
—Siento mucho su perdida — comenté con sinceridad — Por favor vaya por el niño, no deje al hijo de su mejor amigo vivir en un lugar como ese, permita que se quede acá con usted y cuéntele historias que vivió con su padre, no deje que su recuerdo muera.
Franco parecía estar perdido en sus pensamientos, no creía que me estuviera escuchando pero pronto asintió con su cabeza lentamente, secó el sudor de su frente y me miró, sus ojos grises tan profundos de nuevo me intimidaban, le solté el rostro nerviosa.
—¿Y si él no quiere estar acá? — preguntó —¿Y si llora en las noches? ¡¿Que voy a hacer si llora en las noches?!
Notaba la frustración y el miedo que le daba el tener esa responsabilidad.
—No sé cambiar un pañal…
—Él ya no usa pañal — comenté —Franco, yo lo puedo ayudar, ambos estaremos con él, usted en casa y yo en el colegio, puede llamarme en cualquier momento si Nicolás necesita algo, pero por favor, por favor se lo ruego, no lo deje solo. Si usted ya sabe cómo es vivir en un lugar así, no permita que él repita la historia.
Él enterró su cabeza entre las manos y yo mientras lo detallé un poco más, a simple vista al conocerlo de lejos parecía un hombre rudo, de esos que solo sirven para hacer daño, intuyendo un poco su personalidad tras su pasado, podía decir que él era un simple hombre traumado que había encerrado en una máscara de frialdad.
—Bien… No sé cómo hacer esto — suspiró —¿Segura que me va a ayudar? Porque estoy seguro de que necesitaré mucha ayuda.
—Lo haré, se lo aseguro — le dije con una sonrisa —Vamos juntos por el niño, debe de estar asustado, juntos lo sacaremos de ahí.
Él asintió y fue a cambiarse de ropa, suspiré con tranquilidad, haría todo lo posible porque Nicolás estuviera bien.