El aroma a café recién hecho y pastelillos horneados inundaba la elegante cafetería. Las paredes de un suave tono crema contrastaban con los detalles en madera oscura, creando un ambiente acogedor y sofisticado. Los grandes ventanales permitían que la luz del atardecer se filtrara, bañando el lugar con un resplandor dorado. Bastián permanecía inmóvil en su asiento, con la mirada fija en la puerta por la que Amaia acababa de salir. Su taza de café que habían colocado en su mesa mientras hablaba con Amaia, de la cual no había bebido absolutamente nada, ahora estaba fría. El murmullo de las conversaciones a su alrededor parecía lejano, como si estuviera sumergido en una burbuja de silencio y angustia. Cada fibra de su ser gritaba que se levantara, que corriera tras Amaia. Podía imaginar vív

