Minutos atrás el hospital bullía de actividad mientras Amélie discutía acaloradamente con el doctor en su habitación. Su voz, teñida de desesperación resonaba en las paredes blancas y asépticas. —Doctor, por favor, tiene que entender. No puedo quedarme aquí ni un minuto más. El médico, un hombre de mediana edad con gafas de montura metálica, negaba con la cabeza. —Señora, acaba de tener un choque. ¿Es que no ve la gravedad del asunto? Podría tener sangrado interno y si no se deja revisar, su estado de salud podría empeorar… —¡Mi estado de salud está perfectamente bien! —interrumpió Amélie, intentando levantarse de la cama. Un dolor agudo le atravesó el costado, recordándole las consecuencias del choque. El accidente había sido brutal. El auto de Diego se había interpuesto entre ella

