Diego Guzmán se hundió en el sofá de cuero italiano, su mirada perdida en la vastedad de su sala de estar. La mansión, con sus techos altos y sus ventanales que daban a un jardín impecable, parecía burlarse de él con su opulencia vacía. A sus treinta y ocho años, el peso de la soledad se cernía sobre él como una sombra implacable. El silencio era ensordecedor. Ni siquiera el suave zumbido del sistema de climatización lograba romper la quietud opresiva que lo rodeaba. Diego cerró los ojos, dejando que los recuerdos lo inundaran, una marea de arrepentimiento y nostalgia que amenazaba con ahogarlo. Diego se levantó, incapaz de permanecer quieto. Caminó hacia el bar, sirviéndose un whisky que costaba más que el salario mensual de muchas personas. El líquido ámbar brilló bajo la luz tenue, pe

