NARRA FRANCISCA
Ha pasado un día desde la ausencia de mamá, y solo aquellos que han perdido a un ser querido saben a lo que me refiero. Estoy sentada en la sala con Carolina. Ella está en el sofá cerca de la ventana; yo, acostada en el sillón más grande.
—No sé cómo vamos a hacer de ahora en adelante —dice Carolina, jugueteando con su pelo mientras observa el cielo.
—Yo tampoco, pero de que saldremos adelante, lo haremos —respondo, mirando la foto que está en la sala. Es la que cuelga en la pared, visible desde cualquier ángulo de esta casa. Ahí estamos las tres hijas junto a nuestra querida madre, siempre demostrando amor y protección.
De pronto, se escucha un estruendo en la puerta principal, lo que agudiza nuestros sentidos.
—¿Samantha? —frunzo el ceño.
—Soy yo, idiota, ¿quién más podría tener este porte? —presume, aunque lo que dice es cierto. Samantha se caracteriza por tener unas curvas bien pronunciadas. Uno de sus sueños es ser modelo para una marca famosa.
—Ya lo sé —le respondo poniendo los ojos en blanco—. Lo que quiero decir es que ayer te desapareciste, no viniste a dormir y ahora vienes con esa agresividad… —ella sonríe. Samantha es algo bipolar, hay que saber entenderla.
—Francisca tiene razón —Carolina me apoya, enderezándose en el sofá—. Fuiste muy grosera con esa gente —Samantha resopla.
—No vine por esa tontería. Vine porque sabía que las encontraría derrotadas, pero esto se acabó —no entiendo a qué se refiere, pero tiene una energía tremenda—. No me miren con esas caras. No vamos a tener la panadería cerrada. Vamos a reabrir hoy, así que vayan a bañarse y a ponerse lindas porque hoy será un buen día. —Debo reconocer algo: que Samantha se comporte de esa forma me llena de alegría y esperanza. Porque, a pesar de ser la mayor, también necesito de su ayuda, sabiendo que es una chica complicada.
Ella tiene razón, pero antes de adentrarme en el cuarto, la abrazo sin pensarlo dos veces. Al instante, siento cómo sus manos me abrigan la espalda. Un par de brazos más se unen: es Carolina. No puedo evitar llorar, pero también noto que mis hermanas están haciendo lo mismo, hasta el corazón duro de Samantha.
—Les prometo que honraremos el nombre de mamá siempre —es lo único que pronuncio.
—Ya, ya, yaaa —Samantha se limpia los mocos—. No perdamos más tiempo —las tres asentimos. Suspiro y atraigo todas las buenas vibras para que hoy sea un hermoso día.
*
—¡Una orden de donas de chocolate y jugo de sandía para la mesa tres! —le doy la orden a Carolina. Ella es nuestra camarera, yo me encargo de llevar la contabilidad y Samantha, que es la más sexy, está afuera atrayendo clientes.
—Voy —Carolina se lleva la charola con las cosas. Gracias a Dios, las cosas han marchado bien. La gente, de hecho, nos ha comentado que estaban extrañados de que el local estuviera cerrado.
Reviso la página y hay muchos pedidos por hacer. Para eso, contamos con nuestro amigo de la infancia: Donald, que con su motocicleta es muy eficiente. Donald siempre ha estado enamorado de Carolina, pero nunca se ha atrevido a confesarle sus sentimientos por miedo a que lo rechace y se arruine su amistad.
Ding
Ding
Ding
Escucho las campanillas de la puerta principal. Es un hombre vestido de esmoquin y con gafas de carey. Viene con un maletín y, por lo que puedo percibir con mi sexto sentido de mujer, ese hombre no pertenece a este lugar; es demasiado elegante para entrar en una panadería como la nuestra.
Aun así, camina con seguridad hacia la barra, donde me encuentro.
—¿Es usted Francisca Miller? —me pregunta, y yo asiento.
—S-sí, s-soy yo, ¿qué pasa? —tartamudeo, temiendo lo peor.
—Bueno, mi nombre es Abraham Hudson y soy el abogado representante del banco nacional. Lamento informarle que, por razones de incumplimiento de pagos, este local será confiscado —¿Qué? Esto no puede estar pasando. Simplemente, no puede estar pasando.
—Esto debe ser una broma —le digo, viendo los documentos que está sacando del maletín—. Mi madre es dueña de este lugar desde siempre. ¿Cómo puede venir de la nada a quitárnoslo? —me niego a creer que nos quiten el único medio de vida que tenemos.
—Sí, lo entiendo, pero su madre hizo un gran préstamo y puso de garantía este local, así que lo siento mucho por ustedes, pero yo solo estoy cumpliendo órdenes —el abogado me señala la firma de mamá, y veo que todo está en orden—. Ahora, si me disculpa, me tengo que retirar. Ah, aunque hay otra solución —se detiene—: pueden pagar la deuda en veinticuatro horas o llamar a su abogado para ver de qué forma pueden solucionar esto —dicho eso, el sujeto se va, dejándome con el corazón en la mano.
—¿Quién es ese hombre? —pregunta Carolina.
—Me parece alguien muy antipático —Samantha también llega.
—Es un abogado —me masajeo la cabeza para soltar la mala noticia— del banco, y nos van a quitar la panadería —ellas dos se llevan las manos a la boca de manera sincronizada.
—No puedo creerl…
—Sí, sí puedes creerlo —termino su frase—, a menos que paguemos la cantidad de… —tomo el documento que me ha dejado. Mi vista baja lentamente, esperando que al menos no sea tanta la deuda, pero todo se me desmorona cuando veo el montón de ceros—. Trescientos mil dólares —las chicas cambian de colores como un camaleón—, o buscamos un abogado experto en estos temas, pero no creo que podamos tener dinero para pagar uno. Vamos a perderla —resoplamos frustradas.
—Aún hay una esperanza —dice Carolina.
—¿Cuál? —le pregunto.
—¿Ajá? —dice Samantha.
—¿Recuerdas al tipo que encontramos en el cementerio? —Dios… ¿cómo no recordar a esa belleza andante?— ¡Claro! Él es abogado y nos debe una. Sería bueno si buscas la tarjeta y le llamas.
—¡Paren todo! —Samantha levanta las manos—. No estoy entendiendo todo esto. Primero hablan de una deuda enorme, luego de un sujeto que nos puede ayudar… no estoy entendiendo absolutamente nada —Carolina y yo nos quedamos viendo con aquella mirada de telepatía.
—Ya pronto lo conocerás —dice Carolina—. Ahora lo importante es que lo llames inmediatamente. —Hago memoria de dónde dejé su tarjeta—. ¿Cómo es que se llama? —pregunta, achicando los ojos. Jamás podría olvidar su nombre y la forma en que sus labios se movieron al decirlo.
—W-Wade Smith… —se sintió tan delicioso pronunciarlo…