UNIDOS POR SIEMPRE

1914 Words
NARRA FRANCISCA —No sé si sea buena idea —les digo a mis dos hermanas, que me están clavando sus ojos como dos puñales. Yo tengo el teléfono en mis manos y la tarjeta que nos dio Wade. —Es nuestra única salvación —dice Samantha—. Además, tengo curiosidad por conocer a nuestro salvador. Carolina le da un codazo. —Deja de estar de caliente, en estos momentos necesitamos soluciones —insiste Carolina. Ambas vuelven su mirada hacia mí después de la pequeña discusión. —¡Ya, ya! —resoplo. Marco el número y espero a que contesten. Silencio, y más silencio es lo único que se escucha. “Este es el buzón de…” —¡Se los dije! —cuelgo el teléfono—. Era una mala idea. Un hombre como él debe tener muchas cosas por hacer como para atender una llamada de un número desconocido. Mis hermanas se sostienen los mentones, desanimadas. —Me niego a perder el único negocio que nos dejó nuestra madre, así que insiste una vez más —me anima Samantha. De la misma forma, me aseguro de que estoy llamando al número correcto, cuando por segunda vez escucho: “Este es el buzón de…” —Negativo. No contesta. Creo que hay cosas en la vida que debemos aceptar —les digo—. Además, nosotras siempre hemos salido adelante de cualquier situación, y esta no será la excepción. Quiero ser fuerte. Debo ser fuerte. No hay espacio para la debilidad cuando se quiere salir adelante, y aunque tengamos más problemas que soluciones, siempre Dios nos ha ayudado en lo que nos proponemos. —Ni modo —dice Carolina levantándose de su asiento—. Recojamos todas nuestras cosas y dejemos el local vacío. Podemos explicarle a la gente lo que pasó y quizás en un futuro pongamos un local más pequeño. Hasta Samantha, que es de temperamento fuerte, la miro sacudida. Yo también me levanto. Creo que tienen razón. Observo a mi alrededor, y es que este lugar no solo es un negocio. Hay muchas anécdotas entre estas paredes. ¡Riiiing! ¡Riiiing! Se escucha el teléfono. No sé si contestarlo. —Seguro es alguna orden —dije volteando—. No vale la pena ya. —Vamos, levántalo. Las personas no tienen la culpa de lo que pasa —asiento y levanto el teléfono. —Pastelería Miller, ¿en qué le podemos ayudar? —espero a la persona al otro lado de la línea. —¿Pastelería? —Esa voz...— Yo no he pedido nada de eso... Espera, ¿era Wade? Le respondo antes de que cuelgue. —Mil disculpas, ¿es usted el señor Wade Smith? —En cuanto las chicas escuchan su nombre, se quedan de piedra. —Así es, he regresado la llamada porque vi que tenía varias perdidas de este número y no lo tengo registrado. Tengo pena de decirle, pero las chicas ya me están haciendo amenazas. No sé por qué actúo tan nerviosa como él. —Disculpa por quitarte de tu valioso tiempo, pero no sé si nos recuerdas. Soy la chica que viste en el cementerio, estaba con mi hermana esperando que nos dieran espacio para sacar nuestro… coche. Crucé los dedos para que se acordara. —¡Oh! Claro que me acuerdo de ustedes, que por cierto, aún siento vergüenza por cómo pasó eso, pero dime, ¿en qué puedo ayudar? Agradezco que él haya sido el de la iniciativa. —Lo que pasa es que tenemos un pequeño problema con un negocio y, como dijiste la otra vez que nos podrías prestar tus servicios de forma gratuita, queríamos... Dios. Muero de pena haciendo esto, pero bien dice el dicho que: "La necesidad tiene cara de perro". —Sí, claro que puedo ayudarte, es lo menos que podría hacer, pero podemos hacer algo —escucho unas voces al fondo—. Ahorita estoy en una reunión importante, ¿podrías llegar a mi casa para conversar mejor? Apunta la dirección. Tomo un papel y empiezo a anotar detalladamente. —Bien, puedes llegar al mediodía y así te quedas para almorzar. Chao. Termino la llamada y mis hermanas se están comiendo las uñas. —¿Y? —Samantha fue la primera. —¿Ajá? —siguió Carolina. —Dijo que no podía ayudarnos —les mentí para ver su reacción. —¡Malditos millonarios! Siempre mienten —Samantha patea el banco. —¡Es broma! —me río—. Me dijo que llegara al mediodía para conversar mejor y hasta a comer me invitó —presumí. Mis hermanas abrieron los ojos de par en par. —¿Podemos ir? —pregunta Carolina poniendo las manos en forma de plegaria. —Supongo que sí, al final de todo ustedes son mis hermanas y puedo explicárselo. Samantha me guiña el ojo. —Ahora vistámonos que no sé dónde queda exactamente esta casa. * Habíamos seguido al pie de la letra la dirección, pero estábamos sorprendidas con el residencial al que habíamos llegado. —¿Estás segura de que tomaste las calles correctas? —le pregunté a Samantha, que estaba vestida de forma provocadora. Llevaba una falda de cuero sintético que dejaba ver la mitad de la nalga. ¡Era un maldito melocotón! —Oye, este es el residencial, no hay duda. Es que no lo podíamos creer. Era demasiado lujoso, cada casa que se podía ver desde aquí... digo, mansión. Eran gigantes. Parecían sacadas de una serie o algo por el estilo. Había grandes jardines, pero estábamos frente a un enorme portón. Un guardia salió a encontrarnos. —¿Necesitan algo… señoritas? —echó una mirada hacia el interior del coche y no sé por qué, pero sentía que nos miraba con desprecio. —Sí, venimos en busca del señor Wade Smith —le digo y sonríe un poco. —¿Qué es lo gracioso? —Carolina le dice bajando la ventana. —No, nada —levanta las manos en forma de paz—. Déjenme preguntar. El guardia toma un radio y está hablando un poco lejos de nosotras para que no lo escuchemos. Luego regresa. —Pueden pasar. Oprime un botón y el portón empieza a abrirse poco a poco. Al pasar se sentía un aire de paz. Supongo que esta es la vida de todos los millonarios y por eso no se estresan. —Bien —le digo a Samantha—. Es la mansión número doce. Observo el papel y en la entrada de cada mansión, justo al lado del buzón de correos, hay un número para cada una. Todas las mansiones tenían una estructura diferente. Hasta que finalmente nos detuvimos en la número doce. A todas casi se nos cae la mandíbula al ver la mansión que teníamos enfrente. Había una cochera súper grande. Era de tres pisos, pero parecía un castillo. Lo raro es que había personas por doquier, como si se estuvieran mudando o algo así. Decidimos bajar del coche, que por cierto, entiendo que nos vieran de esa forma. —Caminemos —les digo a las chicas y, con pasos inseguros, llegamos a la puerta principal, donde nos recibió un mayordomo de edad un poco avanzada. —Señoritas, ¿qué desean? —nos pregunta. —¿Está el señor…? —No termino de pronunciar su nombre cuando él va asomándose. —¡Hola! —Wade agita su mano con el pelo alborotado. Rápidamente ve detrás de mí a mis hermanas. —Hola —le respondo rápidamente—. Ellas son mis hermanas. A Carolina ya la conoces —él asiente. —Claro, claro —asiente—. Por favor, Alfred, ellas son mis invitadas —aclara—. Ve y prepara dos lugares más en la mesa. Por favor, pasen chicas. Siéntanse como en su casa. —Desearía que fuera la mía —dijo Samantha en voz baja, y le aprieto el brazo. —¡Ay! —se queja. —Por favor, compórtate —le digo. Al pasar el umbral de la puerta, estamos muy sorprendidas de lo enorme y bien iluminado que es esta mansión, y eso que solo estamos en el primer piso. Muebles de lujo, una sala con sofás de color blanco. Las ventanas están alrededor y una enorme pantalla como de cine está en el centro. —Ya regreso —dice Wade—. Tengo que cambiar esta facha que ando. Se sube la camisa y puedo ver su abdomen muy trabajado y esa enorme "V" que se le resalta. No solo yo me doy cuenta, sino que Samantha y Carolina suspiran y gimen como locas. —¡Escuchen! —les digo ahora que estamos solas—. Venimos por otro asunto, que no se les olvide, y dejen de estar como perras rabiosas. No termino de hablar cuando escuchamos un sonido detrás de nosotras. Mis ojos se dirigen hacia el bolso de cuero blanco que está en el suelo. Luego, suben a los tacones de aguja de la mujer que lo trae. Es la misma mujer que nos encontramos en el cementerio, la que nos trató mal. —¡Pero qué es esto! —exclama con un grito— ¡QUIERO QUE SAQUEN A ESTAS ZORRAS DE LA CASA! —Un momento —Samantha se adelanta y camina hacia ella. Es tan rápida para reaccionar que no me da tiempo de detenerla—. ¿Quién te crees que eres para llamarnos zorra? —empuja el pecho de la rubia. —¡Eres una maldita atrevida! —se defiende la mujer e intenta hacerle daño a Samantha, levantando la mano. Pero Carolina se adelanta y le agarra la muñeca con fuerza. —Es la segunda vez que nos encontramos y nos tratas así, ¿no te enseñaron modales? —le pregunta Carolina con voz firme, mientras yo me hundo en mis manos. Esto va a terminar mal, lo sé. Escucho unos pasos bajando las escaleras. Mi corazón late rápido, anticipando lo que está por venir. —¿Qué está pasando acá? —Wade baja las escaleras y siento que hemos metido la pata hasta el fondo. Carolina suelta la mano de la mujer y Samantha se aleja un paso. —¿Me puedes explicar qué hacen estas mujeres aquí? No me digas que ya estás adelantando la despedida de soltero —la rubia nos mira con desdén, y nosotras nos quedamos congeladas. Wade resopla, visiblemente molesto. —Yo las invité, ¿por qué? —le pregunta, tratando de mantener la calma—. Además, ellas son mujeres respetuosas. Están aquí por un asunto importante y, te guste o no, también van a almorzar con nosotros. Así que, por favor, no me hagas las cosas más difíciles —concluye Wade, mirándola con severidad. En el fondo, me siento aliviada por su justicia. No es un mal tipo. —Respetuosas… —dice la mujer con burla—. Si fueran respetuosas, esta no andaría enseñando la mitad del trasero —se refiere a Samantha, que la mira con una mezcla de furia y desprecio. Wade niega con la cabeza, claramente decepcionado, y nos indica con un gesto que caminemos hacia el comedor. Samantha, sin embargo, se detiene detrás de mí y le susurra a la rubia: —Lo que a mí me sobra, parece que a otra le hace falta por muuuucho —le guiña un ojo, lanzándole un beso al aire. Siento que este día será largo y muy lleno de sorpresas.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD