NARRA FRANCISCA
No sé si lo que estaba a punto de hacer era el peor error de mi vida o simplemente lo más hermoso que me podría haber pasado.
Wade me había tomado con esa ira que viene de lo bueno, y salimos de la discoteca sin mirar ni despedirnos de nadie. Solo subí al coche y guardé silencio. Ahora estamos en una habitación de hotel.
La cama en el centro era enorme, y había un espejo gigante en el techo. Las luces eran tenues, pero a través de los otros espejos en las paredes podías verte desde cualquier ángulo.
Estoy en la orilla de la cama y, frente a mí, hay un hombre que con sus ojos me desnuda. Su cabello es un desastre, pero ese caos me enloquece.
Mi antigua pareja estuvo a punto de llegar a estas circunstancias conmigo, pero todo se fue al carajo cuando me di cuenta de que había sido infiel con mi mejor amiga. Vale que no lo hice, pero hasta el día de hoy no estoy arrepentida. ¿Pero por qué con Wade no siento lo mismo? Y eso sabiendo que tiene novia, pero espera... Si él tiene novia, ¿por qué me quiere a mí? ¿Será que siente algo por mí, o simplemente es deseo?
Desabotona su camisa y, a medida que va cayendo al suelo, desde mi perspectiva puedo ver cómo se marcan cada uno de sus abdominales, las venas en sus antebrazos y su pecho bien definido. Alzo las cejas y sonríe un poco. Sé que debo proceder con lo que más estoy esperando: desenvolver el regalo.
Tomo su cinturón, le quito el botón y bajo rápidamente la cremallera. Es donde más se le nota la V. Su bóxer es bastante holgado, lo que hace que su m*****o resalte sobre el material sedoso.
¡Rayos! Este hombre, además de guapo, millonario y talentoso, tiene un m*****o del tamaño de mi pequeño antebrazo.
Perfectamente depilado, lo saco del bóxer, y lo primero que veo es su prominente glande, además de las venas resaltadas, producto de tener una testosterona más alta de lo normal. Semejante cosa me apunta hacia la cara, y él lo toma y me da unas pequeñas cachetadas. Sonrío, y él también.
Nunca había metido algo así en mi boca y no creo que me alcance. Solo espero hacerlo muy bien.
—¿Qué pasa? —me pregunta con una sonrisa malévola.
—Nada, es que no sé cómo hacerlo y no estoy segura de que lo que haga te guste —digo, y él se sorprende.
—Solo imagínate el dulce que más te encanta y devóralo. Este será tu nuevo dulce —me dice, y empiezo a abrirlo desde el c*****o. Lo primero que siento es la cantidad de líquido preseminal rodeándolo, pero por alguna razón me atrae. Quiere decir que lo excito.
Al colocarlo en mi boca, es como si abriera la boca para morder una hamburguesa doble. Solo que, en lugar de una hamburguesa, es un hot dog jumbo.
Algo que me gusta de Wade es el respeto y la delicadeza que tiene conmigo, pero en este momento, mientras introduzco su m*****o en mi boca, hay algo salvaje en él. Me toma del cabello, lo enreda en su mano y empieza a golpear mi boca una y otra vez.
Siento una oleada de náuseas, pero debo resistir.
—¡Oh! —gime—. ¡Oh... mi amor! —Me toma más fuerte del cabello—. Esto me encanta, ¿a ti? —me pregunta, y yo saco rápidamente su m*****o de mi boca para responderle, babeando entre lágrimas.
—¡Como nunca! Ahora solo sigue —le animo, aferrándome a sus glúteos.
*
El tiempo pasó, y ahora su cuerpo estaba sobre el mío, duro como una roca. Me tomó con las piernas en sus hombros y me observaba detenidamente.
—Eres la mujer más hermosa que he conocido, Francisca —dijo, mientras su punta rozaba mis labios vaginales—. Tu coño es tan perfecto que quisiera hacer una escala de él para tenerlo conmigo siempre.
Guardé silencio cuando sentí cómo su longitud entraba poco a poco.
—¡Mierda! —dice—. ¿Por qué estás tan apretada? Me cuesta tanto penetrarte.
Sonrío con una mezcla de dolor y placer.
—Quizás porque nunca he estado con ningún hombre —le confieso.
—¿E... eres virgen? —A pesar del efecto del alcohol, se sorprende—. Hoy en día encontrar una mujer así es oro puro.
Se inclinó hacia mi zona para darme un beso y un lengüetazo en el clítoris. Estaba húmeda, pero eso no bastó, así que escupió.
Poco a poco, mi v****a se fue adaptando a su grosor. Un poco de sangre se filtraba por las paredes, pero me encantaba. Quizás al inicio sentí un dolor intenso, pero con cada embestida se fue abriendo más y más, hasta que solo sentí placer.
Esa noche fue la mejor de mi vida, o al menos de lo poco que he vivido. Wade me colocó en todas las posiciones que se le ocurrieron. Ni siquiera en una película porno había visto tantas.
—Estoy por correrme —me dijo con el pecho agitado.
Había dos caminos:
Uno: yo también estaba por venirme y quería experimentar un orgasmo intenso sincronizado.
Dos: Fue tanto el deseo de ambos que olvidamos usar protección.
—Yo también —le respondí con la misma intensidad.
—¿Confías en mí? —me pregunta, y a estas alturas creo que es evidente. De lo contrario, no estaríamos aquí.
—Por supuesto —gimo.
—¿Quieres leche? —me dice, acelerando.
—¡Claro!
¡Plac, plac, plac!
Se escuchaba el choque constante de sus muslos contra los míos.
—Entonces me hundiré en lo más profundo de tu ser —me dijo, y con eso soltó un grito que creo que todo el hotel escuchó.
Yo también sentí una explosión dentro de mi cabeza que, en ese momento, no me importaba ni si me apuntaban con una pistola en las sienes.
Dentro de mi cavidad sentía palpitaciones, seguidas de un líquido caliente. Mis manos se aferraron a las sábanas, retorciéndome como si tuviera ácido en la piel.
Luego, una ola de tranquilidad y relajación invadió mi cuerpo. Wade se tumbó a mi lado y luego me acurrucó. Usé su pecho como almohada y, poco a poco, el sueño se apoderó de mí.
Lo último que escuché antes de dormirme fueron las palabras de Wade:
—Me encantas, mi amor...