POV: MILO BRUNO DUARTE
Las puertas del ascensor se abren, camino en dirección a la oficina presidencial, no sin antes pasar por el escritorio de Norman; mi asistente, al instante que me ve llegar saca un folder y varias cosas que de seguro necesitan mi atención, la cual no tendrán en este preciso instante, porque algo más ronda mi mente, algo que quizás me importa.
«Mentir es muy típico en abogados, pero mentirse a uno mismo es algo, hipócrita»
Opinar sin autorización es un desacato a la autoridad.
«Qué miedo, como si quedarse sin consciencia fuera una opción para usted, su señoría»
Es inútil, no existe negación en nada de lo he pensado, porque usé la palabra “quizás”, no dije ni nunca, ni jamás, ni mucho menos use la palabra “No” como rotunda.
Digamos que mi instinto, mi vocación interna heredada no me deja hacer la vista gorda. La curiosidad, también el hecho de que ella ha sido muy honesta, además de que admito sentir temor por su seguridad, su integridad. Ayer fui a buscarla y no estaba, eso es extraño.
— Norman, ¿la señorita Lousteau llegó? —corriendo el riesgo de sonar idiota, lo pregunto, con la única esperanza de que diga que sí, que su ausencia anoche se haya debido a cualquier otra cosa.
Mi asistente revisa en la computadora y tomo todo lo que hay sobre su escritorio para llevármelo, como si mi pregunta fuera muy casual.
— No ha asistido hoy, señor Duarte —me aguanto un resoplido.
Camino a mi oficina y me pongo a revisar los documentos, porque estoy dándole mucha relevancia a esto.
Mi teléfono comienza a sonar y lo miro extrañado cuando veo que es Violeta, mi hermana menor. Raro.
Tomo la llamada dudoso y realmente no gustoso de hacerlo.
— Violeta , ¿qué sucedió?
— Hola, Milo, ¿estás bien? —arqueo una ceja dudoso.
— Sí, ¿por qué preguntas?
— Porque estaba acá en el hospital central y…
— ¿Tuviste un problema de salud? ¿Por qué estás en el hospital? —indago preocupado por ella.
— Yo… es que… bueno… yo vine a ver a Morgan.
— ¿Se metió en problemas? —cuestiono, porque mi primo Morgan siempre hace que ella le salve el pellejo de todo.
— No, sí, o sea… no seas entrometido, Milo, solo quiero saber si todo está bien.
— Todo está perfecto, ni siquiera sé por qué lo preguntas, así que no me regañes tú a mí —ella me llama y ella me regaña.
— Pregunto, porque la chica que trabaja en tu empresa está aquí, pensé que hubo un accidente en el trabajo, en alguna construcción, solo me preocupé —frunzo el ceño.
— ¿Qué chica, Violeta? —mi cerebro comienza a maquinar mil cosas.
— La nueva, la que trabaja contigo, la única mujer que vi cerca de ti —sí, es ella de quien habla.
— Estoy bien, gracias por preguntar —corto la llamada y me quedo viendo a la nada.
¿Ella está en el hospital? ¿Qué le sucedió?
«Averígualo, eso sería lo que la gente normal hace»
Eso sería extraño.
Vuelvo a marcarle a mi hermana.
— Hola, Milo. ¿Me llamas porque no te has despedido? —me regaña.
— ¿Ella está muy grave? Necesito detalles, Violeta, un panorama de la situación —resopla.
— Solo vi que estaba en una habitación —frunzo el ceño.
— De acuerdo, yo me encargo desde aquí, gracias por la información y dile a Morgan que recuerde que yo lo he ayudado muchas veces —cuelgo y tomo mis llaves para encaminarme al hospital.
No tardo en llegar al hospital, paso por la entrada y me anuncio como paciente del Dr. Morgan Echeverría.
Voy hasta su consultorio y no veo pacientes esperando, golpeo esperando que me atienda rápido, pero se tarda, no contesta nada y le doy unos minutos para que abra, la puerta se abre, mi hermana es la que sale.
Ella no se cansa de ser abogada gratis, tal parece.
Me mira y pestañea varias veces incómoda.
— Milo, ¿acaso te debo dinero? —Morgan aparece sonriendo, con ese toque de descaro que es tan característico suyo.
— A mí no, a mi hermana seguro. ¿De nuevo está salvándote de problemas? —se carcajea.
— Vino a terapia, con eso le pago sus servicios —Violeta solo sale del consultorio.
— Nos vemos luego, Morgan. Milo, procura no ser tan grosero y no cortar las llamadas sin más —se aleja apresurada.
— Chau, Violetita —mi hermana se voltea y sonríe.
— Adiós, Mor —Violeta se va y miro a Morgan.
— Siento que vienes a cobrarte todas y cada unas de las que me has salvado, y el hecho de que te haya pagado no me salvará —levanto ambas cejas y me encojo de hombros.
— Qué intuitivo es, Dr. Echeverría —se hace a un lado.
— Pasa y dime qué necesitas —entro al consultorio y cierra la puerta tras de mí.
— Es simple, necesito información de una paciente que está internada —arquea las cejas.
— ¿Es Psiquiátrica o algo que involucre a un Psicólogo? —niego.
— Pero sé que lo harás, porque te has follado a todo el hospital y conoces cómo conseguir la información —rueda los ojos.
— Supongo que por esas veces cuando era un crio y tú me salvabas de los problemas —sonrío.
— Tania Lousteau, esa es la paciente —se sienta en su escritorio y yo frente a él.
— Carísimos sus servicios, Dr. Bruno Duarte —me acomodo tranquilo, esperando que averigüe todo.
Se la pasa llamando un rato y luego de unos minutos teclea en su computadora.
— A ver, tuvo un accidente doméstico, eso es lo que reportaron —frunzo el ceño.
— ¿Dónde o cómo?
— En la cocina, agua hirviendo, se quemó un brazo, un poco de la pierna, no es tan grave, pero están tratándola, aunque hay más estudios, como lesiones viejas, pero no me deja ver todo. Está internada para observación, nada más —quiero mentirme y pensar que esa mujer no le causó ese accidente.
«Eres abogado, no actúes tan ingenuo»
¡Mierda!
— Número de habitación —exijo.
— Como ordene, señor. ¿Te he dicho que eres un mandón insufrible? —ruedo los ojos.
— Mil veces —sonríe divertido.
— Esto no será posible, su habitación está resguardada por vigilancia privada, puesta por su familia —esto no me gusta nada, es obvio que no me quieren cerca de ella, por eso toman esas precauciones.
— Quiero entrar, tú me ayudarás a hacerlo, si no, juro que algún crimen tuyo ventilaré —abre sus ojos con asombro—, o quizás más tentador es que sí me ayudas, tendrás un vale de un uso de mis servicios —arquea una ceja interesado.
— Eso me gusta más. ¿Me salvarás de cualquier cosa?
— De lo que sea—se levanta.
— Lo soluciono en breve, mientras ponte esto —va a un placar y saca un ambo médico—. Te conseguiré una identificación para que entres, porque supongo que si viniste a pedirme ayuda es porque los guardias no te dejarán entrar, no preguntaré por qué, me gusta meterme con mujeres complicadas y prohibidas, así que no te juzgo —frunzo el ceño.
— No es lo que piensas, ella solo es una empleada y…
— Tranquilo, no diré nada —sale de su consultorio.
Mientras me visto pienso en mi actuar, lo siento estúpido, no debí hacer esto.
Morgan vuelve y solo me pone un gafete y un cubre bocas para que camine con él.
— No puedes tardarte demasiado y espero te sirva, no importa salga bien o mal, estarás en deuda conmigo, querido primo —ruedo los ojos.
De camino veo a Lousteau y agradezco que solo pase de largo sin reconocerme. Veo la puerta de la habitación, sé que es esa porque hay un hombre afuera cuidando.
Morgan camina como si nada.
— Haz la revisión a la paciente de la 47 —dice casual y me da un empujón para que camine, me acerco a la puerta—, cuando termines vienes a ayudarme con otros pacientes —el tipo de la puerta me mira pero no dice nada y logro entrar.
Eso fue fácil, pero lo que no parece fácil es verla así, con su brazo vendado y pálida.
— Tania —abre los ojos exaltada y al observarme frunce el ceño.
— Doctor, por un momento pensé que era alguien más. ¿Necesita revisarme? —se sienta en la cama.
— No. ¿Qué te ha pasado? —me quito el cubre bocas y el gorro.
— Milo… sí eres tú —mira la puerta y vuelve a mirarme—, eres tú. ¿Qué haces aquí?
— Vine a verte. ¿Qué te pasó? ¿Fue ella? —mira sus manos.
— Todo está mal, yo… no sé qué hacer —me mira con sus ojos empañados—. Siento que a este paso, mi vida llegará a su fin en cualquier momento —frunzo el ceño molesto.
— Dime lo que necesites, yo lo haré. ¿Qué necesitas para apartarte de su lado? —me toma del brazo.
— No es tan fácil salir de esto, tú no entiendes, Milo. Mi libertad tiene un costo muy alto, un costo que nadie pagará —su expresión desesperada me preocupa.
— ¿Cómo lo sabes? ¿Qué te hace pensar que yo no puedo ayudarte, que no pagaría ese costo por ti? —mira la puerta y clava sus claros ojos en mí.
— Porque no es algo que sea fácil de pedir, Milo…
— Tania, solo dime qué hacer para ayudarte, porque esto que sucede no está bien —sorbe por su nariz.
Me mira y el claro de sus ojos brilla por las lágrimas acumuladas.
— Necesito casarme, ¿Puedes hacerlo, Milo? ¿Te casarías conmigo? —abro mis ojos como plato.
¿Eh? ¿Casarme? ¿Yo?