La sala de juntas nunca se había sentido tan pequeña. Alexander y Mariana estaban sentados frente a Leonardo, pero esta vez no había ordenadores encendidos ni gráficos de barras. Solo había tres tazas de café y un silencio cargado de historia. —¿Estás asustado, Leonardo? —preguntó Alexander con una sonrisa que no buscaba intimidar, sino desarmar. Leonardo inhaló profundamente, ajustándose los puños de la camisa. —Si dijera que no, te estaría mintiendo, Alexander. Esta empresa no es solo un negocio; es un estándar ético en toda la industria. Mantener eso es más difícil que generar beneficios. —Precisamente por eso te elegimos —intervino Mariana, inclinándose hacia adelante—. Cualquiera puede leer un balance de pérdidas y ganancias, pero pocos pueden leer el alma de un equipo. Mi visión

