No amanecí de goma, el único “malestar” que sentí al despertar era que mi hermana estaba sentada al borde de mi cama observándome mientras dormía, en mi mesita de noche había colocado un gran vaso de agua y una ensalada de frutas (sandía, mango, piña, fresa y melón). Le sonreí confusa, la recordaba abriendo la puerta la noche anterior y dadas las circunstancias de nuestras últimas peleas me pareció extrañísimo que se hubiera dignado a traerme aquello y esperar a que abriera los ojos. «A lo mejor esa comida está envenenada y sólo se encuentra aquí para deleitarse con mi muerte» me pareció un pensamiento burdo, a veces imaginaba cosas un tanto grotescas aunque la verdad era que no me sorprendería de su parte. —¿Qué pretendes?—inquirí mirándola de reojo mientras agarraba el bowl de frutas

