La elegancia que antaño lo caracterizaba se había desvanecido como la niebla matutina ante el inclemente sol del mediodía, dejando únicamente el cascarón vacío de quien fuera uno de los hombres más temidos y respetados de Estambul. Los demás clientes del establecimiento lo observaban de reojo, algunos con curiosidad malsana, otros con un dejo de lástima apenas disimulada, pero todos mantenían una prudente distancia, como si intuyeran que aquel hombre de aspecto derrotado era en realidad una bomba de tiempo a punto de estallar. El cantinero, un hombre corpulento de mirada impasible que había visto desfilar por su establecimiento a todo tipo de almas perdidas, le servía whisky tras whisky sin hacer preguntas, limitándose a cobrar y a observar con discreción el deterioro inexorable de aquel

