Capítulo 6

2167 Words
De manera general, tenía una sola regla: no entrar a la boca del lobo. Debía ser razonablemente sencilla de cumplir, no es constante que uno se meta en situaciones que no puede controlar de manera deliberada… No obstante, cuando el lobo era tan insistente como Francesco lo estaba siendo solo quedaba un camino. Si no te acercabas, irían por ti cuando menos lo esperabas y eso no era una opción para mi. No podía arriesgarme a que llegara a mi casa, que viera a mi padre o lo que restaba de mi familia. Francesco era el lobo feroz de Sparrow. Todos sabíamos quién era, todos habíamos visto lo que hacía y todos habíamos oído por lo menos una vez en la vida de su reputación, y definitivamente nadie se metía en su camino. Era más sencillo apartar la mirada y fingir que no estaba sucediendo nada. Algo que incluso me sorprendió a mi es que no era mucho mayor a nosotras, tal vez unos diez años más; sin embargo, ya a sus treinta y cuatro años se había vuelto la pesadilla de todos los habitantes de nuestra ciudad, incluso los mayores que en algún momento tuvieron más poder que él. Francesco fue y es un lobo que se salía siempre con la suya gracias a su ingenio. Por ende, cuando el dueño de los barrios bajos de la ciudad te buscaba, tú solo preguntabas a qué hora y en qué lugar, y movías cielo y tierra para no llegar ni un minuto tarde. — Esto es lo que me faltaba. —suspiré cambiando las marchas de mi auto, había tenido preferencia por los autos antiguos desde que tengo uso de razón. — ¿Qué crees que quiera? —preguntó Mia a mi lado derecho mientras Tania se acercaba por el espacio de los asientos. Había insistido en que ambas se quedaran en casa, no necesitaba ponerlas en riesgo a las dos. No sabía que quería el terror de Sparrow pero definitivamente no quería a mis amigas en su radar más de lo que ya estaban. Por lo menos Tania, que sabía trabajaba con él. — Nada malo. —aseguró mi amiga platinada para después estirarse a cambiar la radio.— Si fuera malo te hubiera mandando a uno de sus chicos. Eso en parte era cierto. Francesco nunca dejaba que sus presas desaparecieran antes de hablar con ellos y esa era justo la razón de por qué estaba decidiendo ir. Él no se caracterizaba por ser una persona muy paciente y para evitar problemas con sus chicos, era mejor hacer caso pronto o la próxima vez vendrían sus perros de ataque. — ¿Tu no eres una de sus “chicos”? —frunció el ceño Mia volteandose para mirar a nuestra mejor amiga, quien solo rodó los ojos. Eso casi me hizo sonreír, pero el restaurante frente a mi evitó que pasara. Ya habíamos llegado y estar frente a ese “hogareño” restaurante sólo había hecho que la sangre corriera fría por mis venas. Después de todo, estar frente a alguien que tenía la sangre de tantas personas en sus manos, no era fácil. — Estoy en entrenamiento. —refutó la platinada a lo que negué con algo de diversión. — Llevas dos años en “entrenamiento”, Ni. —soltó una risa Mia.— Esa mentira no te la cre… —la respuesta de mi mejor amiga se vio interrumpida por tres hombres que aparecieron para abrir las puertas del auto de cada una de nosotras. Decir que los perros de ataque de Francesco eran conocidos era un eufemismo. No sabíamos bien cómo lo hacía, pero eran como una trampa de miel para moscas. Los tres hombres debían ser casi de la edad de él o incluso un poco más jóvenes. Siempre llevaban traje por lo que podíamos deducir que era parte de su uniforme y las cicatrices en sus rostros no hacían nada para quitar su belleza, de ser el caso, la aumentaba. Sin embargo, con una sola mirada te daban a entender que mejor ni se te ocurriera hacerte la lista, porque ellos eran mejores. Ninguno de los tres sonreía y era bastante claro que lo que fueran a decir era una orden directa para cada una de nosotras. — Por favor. —comentó el hombre que había abierto mi puerta. — El señor D´Luca las está esperando. —me tendió una mano para ayudarme a salir del auto. La mano callosa del hombre tiró de mí después de que sacara las llaves y tuve que sujetarme de su brazo para no perder el equilibrio. Cuando me solté pude darme cuenta de que cada uno de los hombres estaba revisando a mis amigas. — Esta es la parte que menos me gusta. —hizo una mueca Nia levantando sus brazos mientras el hombre pasaba sus manos por su cuerpo buscando algún tipo de arma. Ninguno de los tres pareció darnos mucha importancia o pareció demorarse más de lo necesario. Era como si para ellos nosotras ni siquiera fuéramos mujeres. No era siquiera cuestionable que esto fuera común y rutinario para ellos, incluso muchas veces al día. Apenas acabaron con su cacheo el hombre a mi lado señaló la puerta con la palma abierta. — Por lo menos parecen tener modales. —murmuré para mi. No era estúpida. El peligro en el que estábamos no era leve. Cualquiera de ellos podía acabar con nosotras en un solo movimiento… Tal vez dos con Tania. No obstante, la situación era ridícula. ¿Qué quería Francesco con una chica de diecinueve años que aún no había ni terminado la universidad? No, no, una que con costos estaba empezando la universidad. Acababa de enterrar a mi madre, si el lobo quisiera darme su más sentido pésame habría sido mucho más sencillo para ambos que enviara flores a mi casa. Mis amigas y yo caminamos a la puerta, ambas flanqueando mi espalda. No sabía si era por su seguridad o si por la mía, pero agradecía no tenerlas como centro de atención. El restaurante no era terrible. De hecho, recordaba haber almorzado aquí un par de veces con mi madre cuando nos hacíamos tarde en las compras. Las mesas siempre llenas, los clientes siempre riendo o jugando con sus familias. Era un ambiente familiar donde lo vieras y era extraño ya que nadie sospecharía lo que en verdad se llevaba a cabo aquí. Respiré hondo y me detuve unos segundos para ver la mesa al costado con los sillones acolchados donde siempre solíamos sentarnos cuando veníamos. Las imágenes fluyeron frente a mis ojos mientras los recuerdos se hacían presentes y me representaban lo vivido como si fuera un espectáculo y yo una simple espectadora. Mi cuerpo se tensó ligeramente y cada segundo que pasaba mi cabeza caía en la cuenta de detalles que no podían nublar mi juicio. Nunca más volvería a aquí con ella, no tendríamos días de madre e hija en que nos escaparemos de todo y solo por unas horas no pensaríamos en ninguna reputación ni papel al que tuviéramos que darle la talla. No más días que nos podíamos inclinar sobre la mesa y cuchichear sobre los escándalos de los demás como si no fuéramos parte de ese mundo. Fruncí el ceño y sacudió levemente la cabeza queriendo centrarme en el presente. Eso es lo único sensato que podía hacer en estos momentos. Enfrentar el ahora y sobrellevar todo lo que se me pusiera al frente como siempre lo había hecho. Como mamá habría querido que hiciera… En especial considerando a mi anfitrión. — Señorita Irford. —escuché la voz de Francesco y lo miré caminar hacia mi con una enorme sonrisa.— Que gusto tenerte aquí con nosotros. —se giró para señalar una mesa lo más alejada del público posible.- Por favor, acompáñame. —ordenó más que pedir y las tres obedecimos sin decir palabra. Era claro que esta no era una visita de cortesía. El demonio de Sparrow me quería aquí y entre más rápido supiera la razón, más rápido podría volver con mi hermana, a la que nuevamente no había podido levantar de la cama por mucho que lo intenté. Matt estaba con ella, por supuesto, pero podía ser cualquier segundo que mi padre demandara su presencia para algo más importante para él. — Francesco. —le dí un asentimiento cuando llegamos a la mesa.— Espero que no te moleste que haya traído a mis amigas. —me disculpé sin sentirlo en verdad. Las chicas se sentaron junto conmigo, una a cada lado mientras el hombre se sentaba frente a nosotras con total calma y comodidad. — No te preocupes, Analía. —negó tranquilamente mientras una de sus camareras nos traía las cartas.— Igual me gustaría hablar con Amelia. —miró a mi mejor amiga y me tensé.— ¿Cómo has estado, Mia? —preguntó mirando a la rubia. Eso era justo lo que me temía. El punto era que él no las viera mucho, no necesitaba a nadie más estando en la mira de este hombre. Debí intentar sacarlas del auto o escabullirme… O no haberles dicho nada en primer lugar. — Por el momento, solo es conmigo. —levanté ligeramente la voz para que solo me mirara a mi. Por el rabillo del ojo vi a Mia y me sorprendió verla estoica, incluso hermética. De todas nosotras, Amelia era la que más miedo y “respeto” le tenía. Ella había sido testigo de todo lo que ellos podían hacer en más de una ocasión por su relación con personas específicas por culpa de su padre. No por eso le agradaba. De hecho, de nosotras era la que probablemente más miedo le tenía, aunque no lo demostrara. — No hay ningún problema, rubia. —se encogió de hombros y su sonrisa se perdió al clavar su mirada en la mía.— Solamente quería decir que siento mucho lo de tu madre, pequeña. —suspiró estirando su mano intentando tocar la mía, la cual de manera rápida la quite.— Nadie debería sufrir lo que tu familia. Si había media sílaba en sus palabras que fueran sinceras, no creí ninguna. Había muchas maneras de mandar sus condolencias a alguien, desde el mismo mensaje de texto con el que me reclutó hasta atreverse a hacer una aparición en el funeral. Cualquier cosa. Los dos sabíamos que esto era por algo más. — Este pueblo cada vez se está poniendo peor, el crimen está creciendo y no podemos solo quedarnos con los brazos cruzados. —chasqueó la lengua, como si de verdad le importara la situación.— Tu madre no lastimó a nadie, ustedes tampoco. —recogió su mano al ver que no iba a ceder.— Ni-ni, trabaja para mi. —pidió y ese apodo me agarró desprevenida.— Por favor, yo puedo darte seguridad para ti y tu familia. —ofreció y lo miré con cuidado por unos segundos que se sintieron como horas. No entendía cómo demonios una persona podía ocultar tan bien su naturaleza. Definitivamente el diablo sabía ocultarse en piel de oveja. Entendía por qué para muchos era tan sencillo caer en sus palabras, era muy bueno en hacerte creer que de verdad le importas. Incluso yo que lo conocía por un segundo, casi pude verme a mi misma ceder. Por un segundo, casi pude aceptar su propuesta. A eso era lo que había venido después de todo. Sin embargo, algo en mí se retorció cuando mis ojos dieron con los suyos. Su mirada no era empática, cualquier actuación que estuviera interpretando hace un momento la abandonó como si no fuera nada. No tenía emoción, no tenía sentimiento ni tristeza. Al contrario, Francesco me miraba con diversión que no podía ocultar. Él creía que estaba ganando. Había un clavo en el ambiente que no terminaba de encontrar. De todas las personas a las que podía reclutar, no entendía porque me quería con él. Sí, tenía dinero, conexiones, recursos e influencias que le podían funcionar. No obstante, todo eso no era algo que él no tuviera. Francesco era uno de los nuevos ricos más grandes de la ciudad. Todos lo conocían y todos sabían que debían estar de su buen lado si no querían que su negocio sufriera de “accidentes” inexplicables. Mi cerebro no terminaba de procesar, ¿por qué la oferta? ¿Qué tenía yo? Solamente era una chica, ni siquiera podía decir que sería la heredera del reinado de mi padre. Finalmente, esa fue la única cosa que salió de mis labios. — ¿Por qué? —fruncí el ceño llenando el vacío con mis palabras. Nuevamente su sonrisa creció en sus labios, su lengua los remojo y no pude evitar compararlo al gato de esa película infantil donde la chica llegaba a un mundo extraño. Estaba muriendo por escucharme preguntárselo. — Me alegra que lo preguntes. —aplaudió.— Porque me va a encantar explicártelo.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD