Capítulo 5

2338 Words
Las cosas no siempre son fáciles. Esa es una ley de vida que todos podemos entender perfectamente. Los golpes vienen y van. Nada es una sorpresa cuando sabes que tu felicidad acabará después de una subida. Sin embargo, que todo se derrumbe cuando de por sí ya todo es malo no es lo que uno esperaría. Mucho menos yo. Entendía que los ricos tenían enemigos, nadie gana tanto en una vida sin lograr envidia u odio. Eso era algo que me había tocado vivir en carne propia. Cuando la gente te lograba identificar como exitoso de alguna manera eso era suficiente para que una turba se comience a formar en la puerta. Era una regla básica de la vida. No obstante, en ese momento, mi mente no quería entender que alguien pudiera desear tanto mal a mi familia. Si, mi padre podía ser el rey de las escorias, junto con el padre de Mia, pero mi madre era una santa. Natalia Irford en su vida nunca había matado siquiera una mosca. Mucho menos podría haber hecho daño a alguien y ahora su cuerpo se encontraba en un ataúd frente a nosotros, elevado sobre un hoyo que pronto sería su hogar permanente.. Sentí una lágrima formarse en mis ojos y los cerré rápidamente intentando controlarla. Mis gafas ayudaban a que nadie notara lo que ocurría conmigo. Me permitían crear una barrera entre mis sentimientos y el mundo exterior, la cual agradecía en estos momentos con profundidad. Sin embargo, la pequeña mano de mi hermana apretó la mía y supe que ella no lo llevaba tan bien. Le devolví el apretón antes de desviar mi mirada unos segundos a Zoey a mi lado. Ella miraba de manera fija al sacerdote que mi padre había creído adecuado contratar, a pesar de que mi madre era agnóstica y no creía en nada de eso. Ni siquiera la muerte de su esposa podía dar carta blanca a que nuestra preciosa fachada se manche. Contuve un suspiro y regresé mi atención al hombre frente a nosotros, mientras explicaba en un tono fingido como mi madre había pasado el reino terrenal para pasar al espiritual. No me sorprendería que este hombre fuera una fachada de mi padre y que en realidad no fuera sacerdote. Para el mundo, Natalia Irford era una mujer callada, sumisa, obediente, preciosa, religiosa, recatada y centrada en su familia. ¿Qué más podría querer alguien para ser su esposa trofeo? Era perfecta en cada uno de los aspectos que se dejaba ver al público. Sin embargo, mi madre era mucho más que eso. Para quien la conocía de verdad, ella era una mujer brillante, calculadora, cariñosa, leal y sin duda muy perspicaz. Más de la mitad de los mayores éxitos en los negocios de mi papá fueron gracias a movimientos sutiles de mi madre, pero cada uno de ellos coordinados de manera que su esposo creyera que las ideas provinieron de él. Mamá fue perfecta desde el inicio, pero en algo tuvo que ser descubierta. Mi teoría era que mi padre había creado y divulgado la imagen perfecta de mi madre para el mundo antes de descubrir todo el lado “oscuro” de Natalia; y por ende había sido muy tarde para solo desecharla. Ella cumplía demasiado bien su papel a los ojos del mundo como para no hacerla su esposa. Por su lado, mamá siempre había sido una mujer de deber, de lealtad y orgullo familiar. Hasta donde yo tenía conocimiento, toda su vida había cumplido con lo que se esperaba de ella. Era una estudiante ejemplar, una hija obediente y sumisa como la esposa en la que se convirtió, una amiga leal y amorosa. Cualquiera que la describiera siempre utilizaba la palabra generosa y abnegada. Finalmente, era justo esa la razón del porque se había casado con Philippe. Era el hombre perfecto para presentar a sus padres y ellos habían estado encantados al conocerlo. Su hija había conseguido un partido ejemplar, al igual que ella. Por lo que mi madre finalmente no dudó en aceptar la propuesta de matrimonio. Ella ganó más aprobación del mundo sobre sus decisiones y él había ganado una preciosa mujer que manipular. Mis pensamientos se interrumpieron de manera abrupta cuando el ataúd de mi madre bajó al hoyo en la tierra y el viento golpeó mi rostro, despeinando un poco mi cabello. Mi padre fue el primero en arrojar su puñado de tierra y uno a uno pasamos como una forma de despedirnos, de mayor a menor. Zoey se sujetó a mi brazo y se acurruco en mi, después de ser su turno, mientras lágrimas silenciosas caían de sus ojos. Yo por mi lado la rodeé con mi otro brazo y regresé a mi sitio al lado de Matt. Él imitó la acción conmigo en un abrazo algo rápido. Suspiré colocándome recta y envidié levemente a mi hermana menor por poder expresar su dolor. Matteo y yo necesitábamos ser fuertes. No por Zoey, sino por la imagen que mi padre querría de nosotros. La menor de nosotros podía llorar porque era una niña, pero nosotros éramos grandes y según mi padre, los adultos no lloran. El sacerdote siguió hablando por un tiempo más pero no volví a mirarlo. Esta vez miré detenidamente a la gente que nos acompañaba. Magnates, ejecutivos, políticos, socios, amigos y enemigos. Todos se encontraban aquí. No estaba segura de si era para ser parte del escándalo del momento o simplemente venían a regodearse de la desgracia ajena como a cada uno de ellos les gustaba hacer. A todos les gustaba ver cuando uno de los grandes caía, pero mi padre no les daría el gusto. Si, habíamos tenido una pérdida. Uno de sus preciosos activos se había perdido, no obstante, el más importante seguía vivo y eso era lo que le importaba. Su querido heredero no había sido atacado, ese pensamiento aún no había tenido tiempo para madurar en mi cabeza, pero comenzaba a formarse. ¿Por qué Natalia y no Matteo? — Lo siento mucho. —Las voces interrumpieron mi línea de pensamiento por lo que fruncí el ceño y regresé mi atención al momento. La línea de pésame ya se había formado nuevamente para dar sus condolencias a cada m*****o de la familia, por lo que acomodé mejor mis gafas y di mi mejor sonrisa de agradecimiento. Miré despacio a cada m*****o de nuestra lista de conocidos, amigos o familiares, mientras uno a uno tomaba nuestra mano y nos decía lo mucho que sentía la muerte de mi madre. Las palabras salían, los gestos llegaban y lo que siempre había denominado como falso, por primera vez creía que podía ser algo real. No estaba segura de a cuántas personas había abrazado, besado o dado la mano, pero poco a poco la gente fue desapareciendo, dejando solo a las personas más importantes de mi vida y mi padre. Lentamente mi coraza fue cayendo y casi tuve que agradecerle a Philippe cuando por fin nos dio carta blanca para salir de ahí. — Matteo, te espero en casa. Necesitamos hablar de unos asuntos de la empresa. —murmuró nuestro padre antes de caminar a su auto para desaparecer, seguramente a su oficina. Ninguno dijo nada por unos minutos. Los tres miramos la tierra recién colocada, aún sin lápida ya que la tierra debía asentarse antes de colocarla. Zoey volvió a enterrar su cara en mi pecho y yo la abracé con más fuerza, sintiendo por primera vez en el dia lágrimas acumularse en mis ojos. — Ella no querría que estuvieran tristes. —escuché una voz a nuestras espaldas y solté el aire que inconsciente había mantenido, al darme cuenta de que mis amigas estaban aquí. Cerré mis ojos enseguida y sentí todas las lágrimas retenidas caer. Por primera vez, podía dejarme caer, podía derrumbarme. Mi madre no estaba aquí y no volvería. Natalia Irford había caído y ahora nuestro mundo caería con ella. * — Come algo, Zo-zo. —susurré sin querer levantar la voz ya que las fuerzas no me lo permitían. La voz me salió rasposa y cansada debido a que no había hablado en todo el día desde la mañana. El funeral había drenado toda mi energía, sin embargo, no podía dejar que esto evitara que me preocupara por mi hermana. Yo era lo único que ella tenía ahora. Coloque el plato de mi hermana sobre su cama frente a ella y acaricié su cabello lentamente intentando despertarla. Desde que habíamos vuelto del cementerio cada uno había ido a su habitación a dormir un poco o eso se suponía que era el plan. Matteo no pudo hacerlo porque Philippe creía que la muerte de su esposa era de lo más insignificante, por lo que continuó trabajando y su hijo debía seguir su ejemplo. Yo, por mi lado, no pude cerrar los ojos y mi mente volvía una y otra vez a ese momento específico. Los gritos, la oscuridad, el miedo y sobre todo el segundo que me había dado cuenta de que todo se había ido al infierno. Zoey era la única que había podido cumplir con la idea de dormir y estaba segura que era por la falta de sueño que había tenido ya en un par de días. Si a mi me atormentaba lo sucedido, estaba segura que ella era la que peor estaba llevando este asunto. La menor de nosotros había tenido que revivir lo sucedido una y otra vez, ya que era la única testigo del acontecimiento. La policía la había interrogado casi por nueve horas consecutivas con un abogado y conmigo a su lado. La habían hecho contar a diferentes personas los eventos de esa noche y le habían hecho escribir a detalle cada uno de los sucesos. Habían preguntado sobre las características del asesino y yo había estado en todas esas nueve horas escuchando con cuidado como los responsables no habían dicho ni una sola palabra. Solo entraron a la casa, encontraron a mi madre y le dieron un disparo en el pecho sin siquiera preocuparse de que una niña de doce años estaba ahí enfrente, presenciando todo. — Zoey. —susurré nuevamente moviendo un poco su hombro. En otra ocasión la hubiera dejado dormir ya que era consciente de que su cuerpo en estos momentos se había rendido de su pelea y había cedido a dormir. No obstante, así como no había dormido bien, tampoco había estado alimentándose correctamente y ya llevaba más de veinticuatro horas sin comer o beber nada. La moví de nuevo, más fuerte, hasta que finalmente sus ojos se fueron abriendo de a poco y su ceño se frunció. Casi al instante me arrepentí de hacerlo ya que pude ver de forma clara cómo los recuerdos de estos días regresaban a ella como ráfaga. Sus ojos se humedecieron y yo la abracé con fuerza mientras le murmuraba que todo estaba bien. — ¿Por qué, Lee? —sollozó aferrándose con fuerza a mi y mi corazón dio un vuelco. Eso era lo mismo que me había estado preguntando. — No lo sé, Zo. —suspiré abrazándola con más fuerza.— No lo sé. —admití sintiendo las lágrimas queriendo formarse en mis ojos nuevamente.— Pero Mia tuvo razón. Mamá no querría vernos mal. Ella ama ver… —me detuve al darme cuenta de lo que decía.— Ella amaba vernos sonreír. —tragué fuerte con el cambio del verbo y respiré hondo.— Y necesitas comer. —carraspeé un poco para aclarar mi voz al elevar un poco el volumen.— Sino te vas a enfermar. Zoey negó levemente sin apartarse de mi pecho y dejé un par de caricias en su cabeza. — No tengo hambre. —murmuró aún con su voz rota. — Oblígate a comer, Zo. No puedes estar tanto tiempo sin comer. Si quieres te preparo algo más. —ofrecí y por primera vez desde lo sucedido la escuché soltar una pequeña risita aún apagada. — Lee, tu quemas hasta el agua. —susurró a lo que yo sonreí. — De acuerdo, puedo pedir que te hagan algo más. —le di la razón y la aleje de mi pecho para mirarla.— Hagamos una cosa. —acomodé su cabello un poco.— Come lo que tenemos aquí y yo voy a llenar la bañera. —sugerí secando sus ojos.— Busco nuestros trajes de baño y nos relajamos un rato ahí. ¿Te parece? —propusé dándole una pequeña sonrisa para motivarla. Mi hermana me miró unos minutos antes de dar un suspiro de rendición y asentir. — Solo si le pones burbujas como mamá lo hacía. —negoció y asentí con eso antes de levantarme de la cama. — Come y yo me encargo del resto. —besé su frente y comencé a buscar su bikini para después ir a mi cuarto a buscar el mío. Al llegar a mi habitación noté que mi celular se encendía y recordé que había quitado el sonido para evitar contestar las millones de llamadas que estaba recibiendo. Fruncí el ceño y me acerqué. Era muy tarde como para que alguien estuviera llamando para dar su pésame. Tomé el celular y vi que era un número desconocido antes de que la llamada fuera a buzón. Desbloqueé el celular y noté varios mensajes y llamadas antes de que una nueva llamada volviera a aparecer. Era el mismo número desconocido. Dudé unos segundos hasta que finalmente decidí contestar la llamada. — ¿Si? —pregunté caminando a mi armario para buscar mi traje de baño. — Analia. —escuché una voz masculina que me tomó unos minutos reconocer.— Te espero mañana en mi restaurante a las seis de la tarde. No llegues tarde. —con esto último la llamada se cortó y por primera vez mi sangre no se heló al escuchar a ese hombre. No sabía que quería Francesco conmigo y porque su insistencia en que trabajará con él pero tal vez, solo tal vez, era momento de escucharlo de verdad.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD