A pesar de las creencias no todos tienen una vida fácil automáticamente cuando tienes dinero. Amelia Johnson era el vivo ejemplo de ello. La pequeña de esta familia tenía una historia retorcida y oscura detrás de todo su lujoso exterior.
Las niñas poco a poco crecieron hasta convertirse en preciosas y educadas señoritas. Todos las conocían, todos las veneraban, todos les temían. La gente normalmente evitaban meterse en su camino pensando en que seguramente eran como las chicas malas de las películas. Sus compañeros esperaban que fueran crueles y desalmadas arpías que destrozaran todo lo que estaba a su paso.
Ninguna de las dos entendía a qué venía ese recelo. Casi todos ellos habían crecido con ellas y habían experimentado las buenas acciones de ellas además también su cariño y bondad. A pesar de eso, por alguna razón, después de entrar a la secundaria, todo había cambiado. De pronto todos las habían colocado en pedestales que ellas nunca pidieron estar. Este cambio había logrado que las dos se cerraran en torno a ellas mismas y al hermano de Analia, Matteo.
Él por su lado había logrado entrar al equipo de fútbol americano así como había querido su padre. Eso le había conseguido varios amigos y una popularidad bastante estable. Todos querían hablar con Matteo, todos querían estar con él, todos querían comer con él y estar en su campo gravitacional. Analia y Amelia lo habían conseguido al convertirse en co-capitanas de las porristas pero al contrario del rubio, ellas eran más temidas que queridas.
Debido a esta situación en el colegio, y a problemas que comenzaron a aparecer en sus casas y familias, las dos rubias comenzaron a convertirse en como las veían. Las dos chicas crearon imágenes sólidas para el público que ya las había encerrado en un estereotipo y ambas habían decidido quedarse ahí.
Por esta razón en estos momentos Mía tenía que ser precavida al moverse. Había sido suficiente la lástima que había sentido por meses y no necesitaba más la atención de la gente nuevamente debido a lo sucedido.
Los pasillos del colegio resonaron con los pasos de la rubia que había logrado salir unos segundos antes de que la hora terminara. Para cualquiera eso podría considerarse una gran hazaña, pero para Mia eso se había vuelto su normalidad desde hace un tiempo atrás. Ella entendía perfectamente que había tomado estas decisiones en lo que se refería a su salud, pero no era algo que le gustara demasiado.
Odiaba el trato preferencial que se había ganado. Ni siquiera a su padre le importaba demasiado como ella se sintiera, pero una consejera entrometida había logrado esto y ahora no se podía librar. Habían pasado dos años desde el accidente y le había costado mucho que las cosas volvieran a la normalidad.
La rubia siguió caminando mientras sacaba el celular. La psicóloga por fin había decidido que era necesario hablar con su padre y eso, estaba segura, sería un problema. Su padre nunca había creído en las terapias, incluso después del trauma que ella había tenido que pasar.
“Van a llamarte de la escuela. Fue idea de la psicóloga, no mía.“ Escribió la chica para advertirle a su padre lo que pasaría. Él detestaba las sorpresas y era mejor prevenirlas antes de que creyera que fue su idea.
A pesar de la justificación, Mía era consciente de que esto no bastaría para disminuir el enojo de su padre con respecto a perder su valioso tiempo en venir por su inquieta hija. La rubia había temido este momento desde que había empezado las terapias. Ella prefería mantener a su padre lejos de la escuela, ya que ese era el único territorio que era de Mia. El único lugar donde ella podía controlar lo que sucediera.
Un suspiro se escapó de sus labios y finalmente envió el mensaje antes de que alguien la sacara de sus pensamientos.
- ¿Cómo te fue, rubia? -logró reconocer casi enseguida quien había sido el héroe de ese agujero n***o y tuvo que reprimir una sonrisa.
Guardó su celular y levantó su mirada al rubio acercándose hacia ella. Lo conocía desde hacía más de diez años y recordaba perfectamente el momento en que había caído perdidamente enamorada de él.
Matteo había crecido dejando atrás los años de mala pubertad. Su cuerpo había dejado de ser el de un mocoso y ahora era el de un perfecto atleta. Para mala suerte de Mia, todas las chicas lo habían notado. Su mejor amigo se había convertido en el sueño de todas las chicas de la ciudad, probablemente y él solo la veía a ella como la niña que había conocido hace muchos años atrás.
- Igual que siempre. -se encogió de hombros intentando restarle importancia.
A pesar de que los mellizos eran los únicos con los que podía ser ella misma, prefería no entrar en detalles al respecto. Si bien los dos la habían ayudado y apoyado, no podían llegar a entender lo que había sucedido para ella. Todo lo que había perdido en ese día.
- ¿Algún día me contarás lo que hablas con esa mujer? -preguntó tomando el bolso de la chica para colgarse al hombro.
Ese simple gesto siempre había gustado a Mia. Le recordaba a acciones que seguramente un príncipe moderno haría. Nunca había entendido de dónde había aprendido algo así ya que nadie más, que ella conociera, lo hacía. Sin embargo, cuando se lo preguntó a él, Matteo solo se encogió de hombros y aseguró que es algo que le gustaba hacer por dos de las chicas más importantes de su vida.
La frase había logrado debilitar las rodillas de la rubia pensando que tal vez tendría una oportunidad con él. O por lo menos lo pensó hasta que una hermosa castaña se encaramó a su lado y lo besó. Desde ese día, Amelia se había comenzado a torturar pensando que no podría llegar a nada más su relación.
- Tal vez si te portas bien, Atty. -le regaló una pequeña sonrisa Mía mientras ambos emprendían camino a su última clase.
Pocas veces tenían tiempo de ser ellos mismos en los pasillos de ese enorme colegio. Por esa razón a los dos les gustaba encontrarse después de la sesión de Mia. Sin embargo, su pequeña rutina se vio interrumpida por unos nuevos pasos y una voz molesta diciendo muchas maldiciones con cada paso.
De pronto, en un giro inesperado de la vida, una rubia platino apareció luciendo bastante perdida.
Los nuevos estudiantes eran muy extraños aquí. Era una escuela de élite, no era como los grandiosos internados Elite Cross, pero sin duda tenía su renombre y su importancia. Por esa razón, es que nunca habían sorpresas. Todos los importantes se conocían entre ellos.
Encontrar a alguien que no reconocieras, significaba una de tres cosas. Eran becados, eran personas de nuevo dinero o directamente se habia mudado al desgraciado pueblo de Sparrow. No significaba que fuera algo malo o a criticar, pero sin duda era algo interesante a tener en mente.
Mia miró con cuidado a la rubia cuando sintió a Matteo detenerse de pronto. Era una chica sin duda divina. Su precioso cabello lacio llegaba hasta su media espalda. Sus ojos azules, pero de un azul antártico hipnótico. Su rostro tenía ángulos bien definidos y tan afilados que sin duda le recordó un poco a esas fantásticas modelos de las revistas europeas que le daba Natalia, la madre de los gemelos, a Analia siempre que regresaba de viaje.
- ¿Dónde puedo conseguir una así? -susurró Matteo casi sin darse cuenta de que era lo suficientemente alto como para que Amelia lo escuche.
El corazón de la rubia se rompió en mil pedazos como por vigésima vez solo en ese año. Era algo común para ella escuchar cosas así, Matteo era de los chicos que estaban acostumbrados a tener a una chica diferente en sus brazos cada noche. No obstante, eso no hacía que las puñaladas dolieran menos.
Mía no era una persona celosa. Ella se había resignado que la única forma de amar a su amigo era de lejos y en secreto. Ella había entendido que eso nunca se podría dar y su amor era tan puro por el que simplemente ella era feliz con que él fuera feliz.
- Perdonen que les molesté. -suspiró la chica claramente cansada de estar perdida dirigiéndose a la pareja de amigos.- ¿Saben dónde está la clase de Álgebra avanzada?
Mia analizó con cuidado la situación mientras Matteo daba una de sus devastadoras sonrisas y tomaba el horario que la rubia había ofrecido. La chica no se veía como alguien hostil, sin embargo rápidamente Amelia levantó sus defensas, casi tan rápido como Matteo había encendido su encanto.
- Tienes con mi hermana Analia. Si quieres te acompañamos, ¿verdad, Mia? -la voz del rubio la sacó de su pequeño análisis y ella pestañeo un par de veces antes de asentir.
- Por supuesto, Atty. Así de paso le vamos explicando un poco de las reglas y que no se equivoque con su puesto. -la miró con desdén bien practicado a pesar de que una parte de ella le recriminaba su actuación.
- ¿Mi lugar? -enarcó una ceja y su mirada pasó de Amelia a Matteo.- Mi lugar sin duda va a ser al lado de este chico. -sonrió guiñando un ojo al rubio causando la sorpresa de la rubia miel.- Y creo que puedo conseguir otro guía. No quisiera interrumpir su pequeña cita improvisada. - se encogió de hombros antes de darse la vuelta para caminar a la oficina de la dirección.
Ese movimiento tan atrevido, Mia solo lo había visto un par de veces antes en dos personas, en ella y su mejor amiga. Esa era la energía que tenía alguien que sabía que sería la reina del lugar y eso solo podía ser visto como una amenaza para Analia y para ella si no jugaba sus cartas con cuidado.