Él entro por la puerta hace unas horas, beso mis labios con su definición de dulce y pidió a alguien que me arreglara para la ocasión. La persona que lo hizo llevaba una máscara pero sé que se trataba de un hombre, me llevo a una especie de jacuzzi que ya estaba listo para ser usado.
Yo estaba en modo automático, dejando salir mi lado sumiso e intentando prepararme para lo que sea que se avecinaba. Deje que tallara mi cuerpo y lavara mi cabello y solo me dedique a apretar fuertemente los puños y cerrar los ojos sin poder impedir que las lágrimas salieran.
Cuando al fin término me llevo a la habitación donde se dedicó a secarme, cambiarme, peinarme y maquilarme y en ese momento, por primera vez, luego de un largo tiempo sentí que era yo, al menos por unos segundos.
—Estás listo... él vendrá por ti cuando sea el momento
No dije nada ni realice ningún movimiento y sigo sin hacerlo, sigo en la misma posición en la que ese hombre me dejo, sentado en la cama, con la espalda recargada a la pared, mirando directo al espejo.
Toda la tranquilidad y calma que había logrado acumular se desvanece cuando escucho la puerta abrirse y los nervios comienzan a salir a la luz al igual que el miedo.
Coloca las cadenas alrededor de mis manos y cuello. Tira de mí como si fuera su mascota y probablemente eso es lo que soy.
Caminamos por un largo pasillo, hasta llegar a una habitación iluminada por velas y lámparas, además de estar rodeada de cámaras y al menos 6 hombres en el lugar, estos solo usan ropa interior y una máscara de espejos.
Me detengo en seco y mi instinto de supervivencia hace que dé un paso atrás y que la voz regrese.
—No, no, no... por favor te lo suplico, no me hagas daño... por favor.
— ¡Cállate!
Tira de mí haciendo que casi tropiece, comienzo a forcejear mientras me coloca en una mesa blanca, uno de los hombres se acerca y le ayuda a quitar las cadenas y a amarrarme de nueva cuenta pero ahora a la mesa.
—No me hagan daño. Por favor— Mi voz es más un sollozo cargado de terror.
—Shh shh shh... vas a estar bien... no llores, nos encargaremos de que lo disfrutes. — Esta vez la voz pertenece a una mujer.
—No...
Uno de los hombres se acerca a una mesa que esa justo a mi lado, donde descansan varias armas, desde tijeras, cuchillos pequeños, hasta los cuchillos más largos y filosos que he podido conocer, toma unas tijeras y se acerca a mí y con ellas comienza a rasgar la tela de la única prenda que cubre mi cuerpo, yo no puedo hacer nada más que llorar, y cerrar los ojos, no quiero ver nada, no puedo hacerlo.
—Una elección perfecta, tenías razón vale cada centavo. — Su mano comienza a acariciar mi cuerpo y estoy listo, se lo que viene y quiero dejar de pensar, no quiero pensar en nada.
Las caricias van subiendo, siento varias manos sobre mi cuerpo, tocando, algunos otros besan, es horrible y no puedo hacer nada para intentar detenerlos, no puedo más que llorar y desear que no duela y que todo pase rápido, que todo se detenga lo más pronto posible.
Cuando de pronto se detienen y se crea un silencio abrumador, que primero es sustituido con susurros, para luego ser gritos de terror y urgencia.
— ¡Salgan! ¡Policía!
— ¡Vayan por ellos ahora! ¡Que no escapen!
Escucho gritos y gente acercándose y no soy capaz de abrir los ojos para saber qué es lo que pasa. Pasan lo que para mí parecen horas pero en realidad son minutos. Solo los abro hasta que escucho una voz cerca de mí y en cuanto lo hago me encuentro con un par de ojos azules.
—Ya estás bien... todo está bien... tranquilo.
La voz del chico me resulta tan tranquilizadora y cuando por fin logra desatarme y me ayuda a levantarme, suelto el aire que ni siquiera sabía que retenía... y comienzo a llorar, llorar de verdad en los brazos de aquel chico que sin más me abraza.
—Hey... Magnus... todo va a estar bien ¿me escuchas? Nadie volverá a lastimarte jamás — Pasa su chamarra por mis hombros haciendo que recuerde mi desnudes. — Te lo prometo.
Solo asiento y me aferro más a él.
— ¿Puedes caminar?
—Yo... no... no lo sé.
—De acuerdo, tranquilo.
Y sin más me carga en brazos y me lleva a la salida. La noche es hermosa y la luna brilla en el cielo. Nunca en mi vida había estado tan feliz de poder ver el cielo nocturno, de sentir el aire revolviendo mi cabello, del ruido de Nueva York.
Volví a nacer. Esa es la verdad.
Estoy vivo.
El chico me deja en la ambulancia donde los médicos ya están esperando por mí.
—Denle atención inmediata, tiene golpes que no se ven muy bien.
Una joven de cabello rubio asiente al instante.
—Nosotros nos encargamos Alec. Ten cuidado y revísate esos golpes.
—No te preocupes por mí, preocúpate por el chico.
No puedo decir de donde sale mi voz o como lo hago, solo pasa.
— ¡Oye! — Me levanto demasiado pronto de la camilla y todo da vueltas, pero eso no me detiene. — ¿Cuál es tu nombre? — El chico solo me regala una pequeña sonrisa antes de contestar.
—Alec... Alec Lightwood.
Sonrió un poco antes de que las puertas de la ambulancia se cierren y comience a quedarme dormido, con un par de ojos azules rondando por mi mente y la alegría de seguir vivo corriendo por mis venas.