Nunca llegué a pensar que dos hembras cincuentonas, la hija de una de ellas y la sobrina de la otra fueran capaces de darme tanto gusto y satisfacción sacándome varias veces al día la leche hasta lograr que me convirtiera en una autentica “vaca lechera” y que, además de pasarme el día deseando que me sacaran la lefa, sintiera un placer indescriptible cada vez que se la echaba por lo que estaba encantado con ellas. Con el paso del tiempo y cumpliendo con Judith los tres días que cada semana me visitaba en mi centro de trabajo y con Catalina la noche de los martes y jueves y en la sesión conjunta que manteníamos los domingos por la tarde en compañía de Paula y en presencia de Cristina, cada vez resultaba más evidente, además de lógico, que me decantara por la joven que era a la que durante m
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