Capítulo 1
Gracias, te debo un favor
Katherin
Me encontraba conduciendo directo al gym, mi cuerpo exigía ejercicio. Cuando llego, estaciono mi auto y dirijo mi mirada hacia dentro. Ahí veo a Carla, mi mejor amiga, al parecer esperándome. Camino hacia donde está ella y la saludo. Ella solo se dedica a mirarme mal y, con una voz perezosa, se dedica a decir:
—Eres perfecta con ese cuerpo, no sé por qué quieres más de lo que ya tienes.
Me señala justo en mis curvas. Yo solo sonrío y voy a lo que vine.
Pero ella tiene razón.
Mi nombre es Katherin Jones Meller, tengo 26 años, soy pediatra y doctora general, pero, apartando eso, es verdad lo que dice mi amiga. Tengo 8 años en el GYM y sí que tengo mis curvas, pero hubo un tiempo que me di de baja.
Ya saben, para conseguir a alguien que me acompañe en mi alocada vida, y sí que lo conocí. Su nombre era Jack, nos enamoramos y me pidió matrimonio hace dos meses, pero era demasiado posesivo y me obligaba a usar ropa 4 tallas más grande para que nadie se fijara en mí, así que cancelé el matrimonio y me alejé de él. Mis padres me presentan a alguien nuevo cada día, quieren que me case, pero nadie llama mi atención.
Estaba haciendo pesas cuando Carla llama mi atención diciendo que voltee, y ahí lo veo, al idiota de mi ex. Me estaba rastreando con su GPS de su iPhone, ya que tenía mi ubicación encendida, pero es raro, no traje mi phone.
Sin pensarlo dos veces, salgo corriendo y, por el rabillo del ojo, observo que me persigue. Gracias a Dios, a este GYM no viene tanta gente, hasta que lo veo. Ahí está mi salvación.
Corro y me escondo detrás de un chico lo suficientemente grande para taparme entera. Jack, al parecer, no me ve y, ya que se encuentra lo más lejos posible, alzo la mirada y veo al hombre. Este me está mirando curioso. Yo solo me dispongo a sonreír y decir con una voz dulce:
—Gracias, te debo una.
Abro mi riñonera y le doy mi tarjeta de presentación. Él la toma desconcertado y yo salgo de mi escondite y de ese GYM. Carla lo entenderá. Me subo a mi auto y salgo directo a mi casa.
Sebastián
—Sí, señor Sebastián, es el más cercano...
—Pues lléveme ahí de inmediato.
—Sí, señor.
Me encontraba yendo al gimnasio, aunque tengo uno en mi casa, pero a ese le están remodelando algo. Cuando llego, miro alrededor.
Qué suerte, no hay mucha gente. Registro y, sin entrenador, me dirijo a lo mío.
Soy dueño de la más famosa empresa de Estados Unidos, pero mis padres y unos socios no me toman en serio. Dicen que para tener la presidencia y tener todos aquellos hoteles que están por todo el mundo, debo casarme, porque, según ellos, antes de hacer feliz a las demás familias debo hacer feliz a la mía, crear mi propia familia.
Pero perder mi tiempo con mujeres que solo quieren casarse conmigo por mi apellido me agota, pues soy Sebastián Rodríguez Harrison, por ahora vicepresidente y multimillonario. ¿Quién no quiere casarse conmigo?
En este momento estoy llamando a mi secretaria, pero una chica de la nada se coloca enfrente de mí. Me quedo asombrado por tal acto. Ella, al parecer, se está escondiendo. De la nada, respira hondo, me observa y me entrega una tarjeta. Y, con un intento de voz dulce, por fin decide hablar:
—Gracias, te debo una.
Y sale corriendo. Observo cómo se aleja de mí y sale del gimnasio. Después de unos segundos viendo por dónde se fue, decido volver a llamar a mi secretaria.
—Buenos días, señor, ¿en qué le puedo ayudar?
—Necesito que investigues a una chica. Su nombre es Katherin Meller. Quiero saber todo de ella.
—Claro que sí, señor. Se lo mando al correo.
—Está bien, espero que la información llegue pronto.
Y colgué.
A las 10 de la mañana me estoy dirigiendo a mi casa. Cuando llego, noto que nadie está, así que decido subir a mi habitación y me doy un baño frío y me cambio. Cuando me siento listo, salgo directo a mi despacho. Ahí me encierro y enciendo mi computadora.
Me limito a abrir solo mi correo y, como me lo esperaba, ahí está la información de la chica. Además de su nombre, que ya lo sabía, es rusa, estudió medicina, se graduó e hizo varios títulos, aprendió autodefensa y tiene 26 años. Aún está soltera.
¿Pero qué? No eres tan fea. Tengo una idea.
Necesito una dama de compañía para la gala que mis padres van a dar en unos días. Necesito una dama que sea inteligente y que no quiera el dinero de los demás. Esa chica es perfecta. Se nota.
Al otro día, no me importa que mi gimnasio ya esté listo. Necesito verla y, al entrar, está vacío como lo pedí el día de ayer y, si de un hechizo se tratara, ahí está ella junto a la que parece ser su amiga. Le digo a mis hombres que la dejen entrar y que me traigan a la chica de tez clara, ya que al lado de ella se encuentra una morena. Mis hombres asienten y van por ella.
Al parecer, es una chica difícil porque después de 20 minutos es que ella entra. La traían cargada como un saco de papa y la colocaron enfrente de mí. Ella solo me observa y sonríe.
—¿Qué quieres? Espera... ¿Quién eres?
Le muestro mi mejor sonrisa.
—Soy Sebastián Rodríguez y la traje aquí, ya que necesito una acompañante para esta noche —le comento.
—¿Y? ¿Qué le hace pensar que lo quiero acompañar? Soy una dama, no una puta.
—No quiero ese tipo de compañía, quiero que me acompañe a una...
No me dejó terminar y salió corriendo. Mis hombres la tratan de detener, pero ella los golpeó. Algo gracioso, pero eran demasiados para ella sola. La colocaron en el mismo lugar y yo me limité a terminar lo que iba a decir.
—Como te decía, quiero que me acompañes a una gala esta noche.
—¿Qué le hace pensar que te quiero acompañar? —me pregunta.
—Como tú lo dijiste antes, me debes un favor.
Ella me mira incrédula, asombrada. Piensa lo que va a decir y, cuando trata de hablar, vuelve a callar. Vuelve a mirarme y, con pasos delicados, se acerca a mí.
—Pero, señor, ¿quién soy yo para acompañarlo? Solo soy una simple mortal —me explica, tocando mi hombro.
Su caricia me pone algo tenso, pero aun así la miro.
—No me molestaría que una simple mortal me acompañe —le dije con el mismo tono con el que me había hablado hace unos segundos.
—Sería un honor para mí —susurra cerca de mi oído.
—¿De verdad?
—Claro que no.
Sube su pierna y me pega justo ahí, mis bolas.