Si había algo que a Mariana le encantaba, era “endulzar” con palabras contundentes la pobre mente agobiada de su hermano. Lo hubo hecho en el pasado incontables veces, consiguiendo que Calvin hiciese lo que ella quisiese. Y lo haría de nuevo esta vez, porque cuando algo se le metía en la mente, Mariana siempre salía con la suya. Es que su plan era magnífico y, aunque su hermano tuviese serias dudas al respecto, Mariana sabía que terminaría cediendo. Calvin era un blandengue, alguien a quien era fácil de manipular, sobre todo cuando se trataba de Mariana y Mariana sabía muy bien cómo obtener de su hermano todo lo que quería. Sonriendo, Mariana se ató su largo cabello en una coleta alta; se roció un poco de perfume en su cuello y salió de la habitación. Comprobó sus objetos personales y lo

