La sala del ala norte, aquella que siempre permanecía cerrada, se abrió al caer la noche. El fuego de las antorchas bailaba en las paredes de piedra negra mientras Elaine cruzaba el umbral tras Mael, sus pasos silenciosos y su corazón en guerra.
Mael no había pedido permiso.
Solo dijo:
—Es hora de que veas lo que nadie quiso contarte.
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El salón parecía una biblioteca ancestral, pero en lugar de libros, había estatuas.
Cuerpos petrificados. Hombres. Mujeres. Algunos incluso no del todo humanos.
—¿Qué... qué es esto? —preguntó Elaine, apenas atreviéndose a alzar la voz.
Mael se acercó a una figura femenina de belleza melancólica. Tenía los ojos cerrados y los labios entreabiertos como si murmurara aún en piedra.
—Estos son los "Elegidos". Aquellos que, como tú, firmaron un pacto con Azael.
—¿Estás diciendo que...?
—Él ha marcado antes. No eras la primera. Pero si escuchas con atención, Elaine... podrías ser la última.
Elaine retrocedió. El aire se volvió frío.
—¿Por qué me muestras esto?
—Porque tú aún respiras. Aún puedes huir —dijo Mael, y su mirada ámbar se volvió tan intensa que Elaine tuvo que mirar al suelo—. Yo... los amé a todos. Eran mis protegidos. Pero Azael... Azael los consumió.
—¿Y tú qué eres, Mael?
El hombre sonrió. Y fue como si la noche se congelara un instante.
—Soy el cronista de los pactos. El último testigo de quienes ofrecieron su alma por amor, venganza... o esperanza.
Y también soy el único que ha visto a Azael llorar.
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Al otro lado del castillo, Azael estaba de pie frente a un espejo cubierto con una tela oscura.
Lo quitó. Su reflejo lo miró... pero por un segundo, no era su reflejo. Era otro demonio.
Otro rostro. Más cruel. Más antiguo.
—No me provoques —susurró Azael a su propio reflejo.
Pero en sus ojos brilló una lágrima negra.
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Elaine caminaba sola por el jardín cuando encontró a Caleb sentado junto al estanque, los ojos perdidos, la piel pálida.
—Caleb...
—¿Sabías que en este castillo la noche no termina nunca? —dijo él con una sonrisa que no era suya.
—¿Qué estás diciendo?
—Que la oscuridad tiene memoria, Elaine. Y yo... yo empiezo a recordar cosas que no son mías. Veo rostros. Escucho nombres. Me despierto sudando. A veces creo... que no soy Caleb.
Elaine cayó de rodillas frente a él.
—¡No digas eso! ¡Tú eres mi hermano!
—¿Y si el Caleb que recuerdas murió aquella noche?
Su mirada se volvió vacía. Y por un instante, Elaine deseó no haber hecho el trato.
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Más tarde, Azael la encontró en la terraza, temblando.
—Sabías —le dijo sin mirarlo—. Sabías que no era la primera.
—Sí —confesó él.
Elaine lo golpeó en el pecho con fuerza, sin esperar hacerle daño.
—¡¿Y por qué no me lo dijiste?!
—Porque si lo hacía... nunca me habrías amado.
—¿Y tú me amas, Azael? ¿O solo amas lo que no puedes controlar?
Él la abrazó con violencia, como si el contacto pudiera evitar que se le deshiciera entre los brazos.
—Te amo de una forma que no es humana.
Te amo con la desesperación de los siglos, con la locura de los condenados.
Te amo de la única manera en la que un demonio puede amar: sin redención, sin piedad... pero para siempre.
Elaine sintió sus palabras como espinas... y al mismo tiempo como el único lugar seguro del mundo.
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Esa noche, Mael miró la luna desde su habitación, con una copa de vino oscuro en la mano.
Y susurró:
—Uno caerá.
Otro despertará.
Y ella...
ella elegirá.