La voz que susurra desde dentro

1005 Words
El viento helado recorría los pasillos del ala este del castillo, ese que nadie habitaba desde hacía décadas. Pero Caleb caminaba por él como si una voz lo llamara. Una voz suave. Femenina. Susurrante. —Caleb... Caleb... —repetía, como un eco que nacía desde dentro de sus huesos. Cuando abrió una puerta de roble viejo, encontró una habitación vacía. Cortinas raídas. Polvo flotando en el aire como cenizas. Y sin embargo, en el centro del cuarto, una figura lo observaba. Una mujer de cabello oscuro, piel marchita y ojos completamente negros. —¿Quién...? —musitó Caleb, dando un paso atrás. —El alma nunca regresa entera —dijo ella con voz rasgada—. A ti no te devolvieron la vida, Caleb... te sellaron con otra. Y entonces desapareció. Como si jamás hubiese estado allí. ⸻ Elaine sintió el estremecimiento desde la ventana del jardín. Una punzada en el pecho. Un mal presentimiento. Desde hacía días, Caleb se mostraba extraño. Más fuerte, más veloz, con una confianza que no era suya. Pero también con algo más: una sombra en su mirada. Como si otra cosa hablara a través de él. Y lo peor... Azael lo sabía. —Ese no es tu hermano —le dijo Azael esa misma noche, en un susurro que le erizó la piel—. No del todo. Estaban en la terraza del castillo, a solas. Elaine llevaba un vestido azul oscuro que brillaba como la noche. Azael, sin capa, con la camisa desabrochada, el pecho expuesto al viento. Su belleza seguía siendo imposible, como un pecado bien vestido. —¿Qué quieres decir? —preguntó ella con el alma en la garganta. Azael se acercó, lento, como si dudara en tocarla. Pero cuando sus dedos rozaron su rostro, su voz fue un cuchillo. —Cuando ofreces tu alma... el demonio no devuelve exactamente lo que tomaste. A veces deja algo... dentro. Y a Caleb... le dejaron una g****a. —¿Una g****a? —Por donde entra lo que no debería existir. Elaine sintió frío en el estómago. Azael la miraba con algo entre dolor y deseo, como si quisiera protegerla, pero al mismo tiempo no pudiera evitar poseerla. —¿Tú sabías esto antes de que aceptara? Él no respondió. Sólo la miró. Intensamente. Y esa fue su respuesta. ⸻ Esa noche, Elaine no pudo dormir. Bajó por las escaleras en bata, en silencio, como una aparición entre muros de piedra. Y ahí estaba Azael. Sentado junto a la chimenea. Sin camisa. Las sombras danzaban sobre su torso como llamas vivas. —No puedes dormir —dijo él sin mirarla. —Tú tampoco. —No duermo. Hace siglos que no sueño. —¿Y qué haces cuando estás así? Él giró el rostro. Sus ojos rojos eran brasas líquidas. —Te pienso. Hubo Silencio. —¿Todo el tiempo? —Todo el tiempo —repitió él, con una voz ronca, cargada de algo que no era ternura. Era hambre. Era sed de piel. Era amor deformado. Elaine caminó hacia él, como atraída por una fuerza que no entendía. Y cuando estuvo cerca, Azael se levantó. —¿Sabes por qué no duermo, Elaine? —¿Por qué? —Porque si cierro los ojos, te sueño gritando mi nombre. Suplicándome que no te deje. Pidiéndome que te haga mía hasta que no quede nada de ti que no me pertenezca. Su voz ya no era voz. Era fuego. La tomó de la cintura con una mano. Con la otra, le alzó el mentón. Y sus labios quedaron a un aliento de distancia. —Y no soporto... que en mis sueños, despierte... y ya no estés. Elaine no contestó. No podía. Sus labios lo buscaron antes que sus pensamientos. Y se besaron. Otra vez. Como si el mundo fuera a acabarse. Pero esta vez fue distinto. No hubo camas ni desnudez. Sólo necesidad y dolor. Una promesa muda entre dos seres rotos. ⸻ Al amanecer, el castillo despertó con un nuevo visitante. Un hombre de traje oscuro, cabello castaño y una sonrisa afilada. La presencia de alguien que lo había visto todo... y aún así lo deseaba todo. Medía más de un metro ochenta, con una figura atlética que no perdía elegancia en ningún gesto. Su piel era pálida y sus rasgos finos parecían esculpidos por un escultor obsesionado con la perfección: mandíbula marcada, pómulos altos, nariz recta. Su cabello, de un castaño como si del mismo atardecer se tratará, combinando juventud con una madurez encantadora. Pero lo más perturbador eran sus ojos color ámbar profundo, como oro fundido... y antiguos. Demasiado antiguos. Había algo en su mirada que hacía que las personas apartaran los ojos... o quedaran atrapadas sin remedio. Vestía siempre con tonos oscuros, trajes de corte impecable, y llevaba un anillo de ónix con un símbolo que solo los más sabios del inframundo reconocerían: el sello de los cronistas del pacto. Su voz, por último, era baja, medida, con un acento elegante que no pertenecía a ninguna región conocida. Hablar con él era como hablar con el tiempo mismo. O peor: con alguien que sabía exactamente en qué momento ibas a caer. Este hombre se hacía llamar Mael. Mael no es solo un historiador... Es un hombre que lo ha visto todo y a todos. Y que tal vez, quiera ver caer incluso a Azael. —He venido a ver a la mujer marcada —dijo ante los nobles—. Aquella que ofreció su alma y despertó algo que dormía. Elaine sintió su mirada como un puñal. —¿Qué sabes de mí? Mael sonrió. —No es de ti de quien quiero hablar... sino del demonio al que diste tu corazón. Y entonces la miró a los ojos. —¿Sabías que Azael ha hecho esto antes? Un silencio brutal se apoderó del salón. Elaine sintió que el mundo se movía. Como si el suelo se abriese bajo sus pies. Y en ese momento, supo que había una verdad que él nunca le había contado.
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