La belleza de la condenada

985 Words
La mañana siguiente fue un espejismo. Elaine despertó con el cuerpo aún palpitante, con el alma arañada y una extraña sensación de que el mundo había cambiado en algún lugar invisible. No había flores en la habitación. No había notas de amor. Sólo una marca tenue, casi fantasmal, sobre su clavícula. Un beso quemado. El sello de Azael. Pero lo que ardía más que su piel era su mente. Porque desde que lo había tenido, cada cosa, cada sonido, cada sombra... le recordaba a él. Y no podía decírselo a nadie. Ni siquiera a Caleb. Tras el pacto, el mundo pareció cambiar. El dolor de Caleb desapareció... pero también su hogar, su pasado, su humanidad. Fue Azael quien les ofreció "refugio". Aunque refugio era una palabra suave para lo que en realidad era una jaula de oro. Les cedió un ala entera del castillo perteneciente a la Casa de Nohr, una antigua familia aristocrática con raíces tan profundas como la sangre derramada en los salones de mármol que ahora recorrían. No tenían más parientes, no había ya a dónde volver. Azael se desvanecía durante días, pero todo dentro del castillo llevaba su huella: los guardias que los escoltaban, las doncellas que le decían a Elaine que debía usar determinado vestido, los libros prohibidos en la biblioteca, los nobles que, al verla pasar, murmuraban que era "la elegida". La humana que el demonio marcó como suya. Decían que estar en ese castillo era un privilegio. Elaine empezaba a dudarlo. Pero Caleb parecía feliz. Demasiado feliz. Demasiado... cambiado. Y cada noche, Elaine se acostaba en esa enorme cama de sábanas oscuras, preguntándose si su libertad no fue también parte del precio. —¿Dormiste bien? —preguntó su hermano esa tarde mientras caminaban por los jardines del viejo castillo que ahora llamarian hogar. —Sí... —mintió ella, aunque sus piernas aún temblaban. Pero fue ahí donde lo notó. Caleb ya no era el mismo. Su cabello, antes castaño claro, ahora brillaba como la plata bajo el sol. Y sus ojos, azules, parecían más... intensos. Como si contuvieran una tormenta congelada. —¿Estás bien? —preguntó ella, con voz queda. —Me siento... diferente. Fuerte. Vivo. Y sonrió. Pero no era la sonrisa de su hermano. Era algo más. Más hermoso. Más ajeno. Más peligroso. Ella lo abrazó, pero en el fondo... sintió que abrazaba a un extraño. ⸻ Esa noche, Elaine fue presentada oficialmente ante los nobles de la Casa de Nohr, los anfitriones del castillo. Hombres de miradas frías, mujeres vestidas de terciopelo y sangre, todos reunidos para conocer a "la humana que Azael había marcado como suya". Ella caminó por el salón como un cisne blanco entre cuervos. Su vestido n***o se ceñía a su cuerpo, su cabello blanco caía como una cascada de luz entre tanto mármol y penumbra. —Tan hermosa como dicen... —susurró un noble con acento extranjero. —¿Será cierto que el Demonio Mayor ha puesto sus ojos en ella? —dijo una mujer con labios color vino y ojos como cuchillas. Elaine sonreía, pero por dentro temblaba. Y entonces... lo sintió. El aire se volvió más denso. Las llamas de las antorchas parpadearon. Un escalofrío la recorrió desde la base del cuello hasta el centro de su vientre. Azael. Estaba allí. De pie, en lo alto de la escalera principal, como un dios oscuro que había decidido descender para reclamar lo que era suyo. Vestía una capa de terciopelo n***o, abierta al frente. Su pecho marcado por líneas suaves, su piel pálida como mármol encantado. Su cabello n***o azabache, suelto y salvaje. Y esos ojos... rojos como el vino derramado sobre nieve. Los murmullos cesaron. Las miradas se apartaron. Todos sabían que con él no se jugaba. Pero fue su mirada la que la paralizó. No era dulce. No era suave. Era devoradora. —Elaine —dijo con voz grave, y bastó para que su cuerpo se estremeciera. Se acercó a ella lentamente, sin apartar la vista. Cuando estuvo a un paso, le tomó la mano y la besó sobre los nudillos, justo donde aún latía el recuerdo de la noche anterior. —Estás... divina —susurró. —¿Eso es un cumplido demoníaco? —preguntó ella, intentando sonar segura. —Es una advertencia —respondió él, y clavó su mirada en un noble que la había mirado por demasiado tiempo. La música volvió a sonar. La velada continuó. Pero Elaine ya no era sólo una invitada. Era la posesión de Azael. Y él no tenía intenciones de compartir. ⸻ Horas después, ya en su habitación, Elaine se encontraba frente al espejo, acariciando el borde de su propio reflejo. —No eres tú —murmuró—. Ya no lo eres... Y como si el demonio la hubiera escuchado en su mente, la puerta se cerró con violencia. Azael estaba allí. —Te vieron demasiado —dijo con voz rota. —¿De qué hablas? —Me enferma que te miren. Que te deseen. Que imaginen cómo suena tu respiración al gemir mi nombre. Elaine enmudeció. Esa confesión era más peligrosa que cualquier amenaza. Era amor, locura y lujuria mezcladas en un mismo veneno. —¿Estás... celoso? —preguntó con una media sonrisa. —Soy un demonio, Elaine —susurró, acercándose hasta que no hubo aire entre sus cuerpos—. No siento celos. Siento necesidad de matar a quien te toque. De arrancarle los ojos al que te desee. Su aliento la quemaba. —¿Y qué harás conmigo, Azael? Yo me dejo mirar... Él la empujó contra la pared. No con violencia. Con desesperación. —Tú eres el principio y el fin de mi condena. No hay cielo que me redima ni infierno que me queme más que tus labios. Lo que siento por ti... no tiene nombre. Y entonces, la besó. Y otra vez, como la noche anterior... todo se volvió fuego.
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