El primer beso del infierno

726 Words
La lluvia no se detuvo en tres días. Los cielos lloraban como si intuyeran lo que estaba por desatarse. Y dentro del corazón de Elaine, algo que había estado dormido desde el pacto... despertó. Ya no podía negar lo evidente. Su cuerpo no le pertenecía del todo. Sus sueños ya no eran suyos. Y cada vez que caminaba por los pasillos de la casa, sentía una sombra caminando a su lado, invisible pero latente, como el aliento de un lobo en la nuca de una oveja. Caleb lo notó. —No estás comiendo, ni durmiendo. Tus ojos... están cambiando —le dijo mientras acariciaba una de las rosas secas del jardín. —Estoy bien —mintió ella. Pero la verdad era otra. Lo sentía cerca. A veces en su cama. A veces en los espejos. A veces cuando se cambiaba la ropa, y una voz le murmuraba que era suya... y que lo sería siempre. Fue esa noche, cuando la tormenta rugía más fuerte, que Azael apareció. No como visión. No como eco. Sino en carne, sombra y fuego. Vestía n***o. Siempre n***o. Una camisa desabotonada hasta el pecho revelaba una piel sin cicatrices, firme, como si los dioses hubieran esculpido la lujuria en forma de hombre. Su cabello estaba suelto, cayéndole sobre los hombros. Y sus ojos, más rojos que nunca, parecían derretir la oscuridad. —¿Sigues negándome, Elaine? —preguntó mientras se acercaba al borde de su cama. —No te he negado —dijo ella, sentándose, temblando. —Entonces ven. Y ella fue. Como quien cae por un abismo y no desea ser salvado. Azael no la tocó al principio. La miró. Como si verla le diera más placer que poseerla. Elaine, desnuda del alma, sintió cómo sus latidos se aceleraban con cada paso que él daba. —¿Tienes miedo? —Sí. —Bien. Él alzó una mano, rozó su mejilla, y la oscuridad del cuarto pareció encenderse. —Lo que siento por ti no es amor. Es hambre. Es una maldición antigua. Es lujuria envuelta en promesas rotas. Elaine lo miró. —Y aún así... te deseo. Azael la besó. Y no fue un beso casto. No fue suave. Fue una guerra, un incendio de bocas, una posesión. La recostó sobre las sábanas. Sus labios viajaron por su cuello, por sus clavículas, como si cada centímetro de piel fuera un altar a conquistar. —Dime que me perteneces —susurró él, con voz temblorosa, con rabia, con éxtasis. —Soy tuya —jadeó ella. Y lo fue. La noche se consumió en piel, en jadeos entrecortados, en manos que no sabían si acariciaban o marcaban territorio. No hubo suavidad. No hubo ternura. Sólo necesidad. Pero dentro de ese infierno compartido... hubo lágrimas. De ella. Porque ese fue el momento exacto en el que Elaine entendió que no había marcha atrás. Ya no era sólo su cuerpo el que había entregado. Era su humanidad. Cuando todo acabó, Azael la sostuvo entre sus brazos. No dijo nada. Sólo la abrazó como si fuera lo único real que existía en su mundo de sombras. Y antes de desvanecerse en el aire, le susurró: —Desde esta noche, Elaine... si alguien toca tu piel, se quemará. Porque sólo yo soy dueño de tu fuego. Elaine quedó sola. Pero no vacía. Por primera vez, su corazón no dolía. Ardía. Y en ese ardor encontró una verdad brutal: no quería ser salvada. No anhelaba pureza. No soñaba con un amor tibio ni seguro. Lo que deseaba era eso. Ese abismo sin nombre que llevaba su rostro, esa obsesión vestida de sombra y promesa. Azael no era un amante. Era un castigo. Una llama antigua que la devoraba sin piedad, que la miraba como si existiera solo para él. Y aún así... lo amaba. O al menos, amaba lo que él despertaba en ella: esa parte salvaje, incontrolable, profundamente oscura... que nadie más había tocado. Elaine se abrazó a sí misma, aún desnuda entre sábanas que olían a humo y pecado, con el pecho agitado y los labios hinchados por la guerra de besos que habían sellado su condena. No sabía si llorar, reír o suplicar que regresara. Solo sabía una cosa: Ya no era completamente humana. Ya no pertenecía al mundo de los hombres. Había cruzado un umbral invisible. Y al otro lado... lo esperaba Azael.
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