Camila sale de ese enorme edifico, sintiéndose abrumada y confundida que hasta se le olvidó la incómoda experiencia en el elevador de cristal, al llegar a la recepción deja la tarjeta en el mostrador y sale corriendo del lugar. Frente al edificio, su amigo Joseph la espera. Camila entra al auto desplomándose sobre el asiento. —¿Qué paso? —pregunta Joseph y camina, tapa su rostro con sus manos para que él no pueda ver su cara como un jitomate. —Conduce —ordena Camila. Joseph hace lo que me pide y pone el vehículo en marcha. Al pasar un rato, Camila se ha controlado y por fin se quita las manos del rostro. —¿Ahora si dime que paso? —vuelve a preguntar Joseph. —Él aceptó cada uno de mis deseos —es lo único que le cuenta Camila. —¿Entonces estás decida a casarte con él? —indaga Jos

