El fin de semana ha llegado, como Rafael le dijo a Camila, el chofer llegó por ella y ahora se dirigen hacia la casa de ese hombre que por lo que Celeste le había dicho es que están como a una hora de la ciudad. Al pasar ese tiempo a la distancia se ve esa enorme y lujosa casa. El vehículo se detiene en la entrada haciendo que uno de los sirvientes le habrá la puerta. Y de pie en la puerta está Gonzalo con su típica sonrisa de engreído. —Hola hija. Me alegra tenerte aquí —expresó el hombre abriendo los brazos. —Hola señor Gonzalo o bueno diría papá —dijo con un tono de voz medio avergonzada. —Ven entra, estás en tu casa —le señala hacia la entrada. Camila agarra su maleta—. Deja eso ahí, hay personas que se la pueden llevar. —Pero yo también puedo hacerlo —protesto. —Eres mi hija

