Capítulo 8: Apariencia

1512 Words
Una larga semana ha pasado desde que Elizabeth se encontró en la vergonzosa situación con Bennett, sin dudarlo, le contó lo sucedido a su esposo, la confusión de Bennett es algo serio y no podía darle largas. James se sintió furioso y culpable por dejarla sola, pero hizo lo que cualquier hombre haría en esa situación. Enfrentó a Bennett y le dejó las cosas claras a pesar de que Eli se interpuso para que no lo golpeara más, sin embargo, Christian se negó rotundamente a recibir cualquier agradecimiento. Elizabeth por su parte, no deja de pensar en las palabras de Christian y en las noticias que han salido de ella, dando a entender que hace favores sexuales para conseguir clientes y con ello buenos contratos. Los Hamilton ya están atacando y es un placer para ella ver la desesperación en sus actos tan bajos como lo son vender malas noticias a los medios. —Odio y amo cuando trabajas en un caso. —James ladeó la sonrisa y miró a su esposa. —Es excitante y a la vez odioso. —Enarcando una ceja, soltó el bolígrafo y le dio la espalda al escritorio para poder mirarla de frente. —¿Podrías explicarme ese amor-odio que sientes por mi trabajo? —Elizabeth, quien estaba en la cama, con un simple babydoll de encaje rojo que cubre sus pechos desnudos y la diminuta tanga, se abrió de piernas. —Odio que tengas que trabajar, investigar y crear una defensa sólida, te olvidas de mí. —Ladeó la cabeza y miró a su esposo con lujuria al verlo ponerse en pie. —Pero amo cuando prácticas conmigo y objetas todas mis defensas. —Poniéndose en pie ella también, se acercó lentamente. —Amo cómo me miras serio, cómo te ves tan inquebrantable, tan imponente y tan jodidamente sexy. —Besó su pecho desnudo. —Me da muchos deseos de bajar tu pantalón. —De manera juguetona bajó su bóxer. —Arrodillarme ante ti. —James se tensó al verla arrodillada. —Y degustar esta hermosa erección. —Soltó un fuerte gruñido al sentir la humedad de su boca, rodear su masculinidad después de depositar un beso en la punta que lo estremeció. —Cuando te pones en ese plan... aaaggg. —Gruñó extasiado. —Me enciendes de una manera que no puedo controlar. —Tomándole el pelo entre sus manos, la ayudó a darle ese tipo de placer que lo enloquece cuando ella lo hace. Elizabeth succionó, mordió y chupó la erección de James con tanta lascivia que su esposo se sintió desmayar. No perdió la oportunidad de acariciar el fuerte cuerpo de su marido y disfrutar de sus gruñidos mezclados con gemidos. —¡James! —Chilló excitada por el tirón de pelo que le dio para obligarla a ponerla en pie. —Dios. —Jadeó enloquecida al caer boca arriba en la cama. —¿Has perdido el control, cielo? —Ladeó la cabeza y abrió las piernas. —Anda, hazme pagar por distraerte de tu trabajo. —James soltó una maldición. —Eres perversa. —Estiró la mano y pasó su dedo índice de la mano derecha a lo largo de su sexo, por encima de las bragas que ya estaban empapadas. —Sexy y lujuriosa, eso es algo poco común en una dama como usted. —Con delicadeza inició a bajar las bragas, el olor a sexo y verlo preparado para él, lo hizo suspirar y morder su labio inferior con fuerza. —Es lo menos que puedo hacer. —Gimió por la invasión en su sexo. —Estando frente a los demás, guardo apariencias. —Cerró los ojos, deseando que lo que entrara y saliera de su feminidad fuera su dureza y no su dedo. —Así que en la intimidad seré todo lo que a ti te enloquece. —Aaaggg. —Gruñó sacando sus dedos, y tras tirar de sus piernas, se echó sobre ella. —Es placentero tener a una mujer de aparente inocencia, pero que en realidad sea todo lo contrario. —Mmmm. —Elizabeth jadeó al sentirlo entrar de una estocada. —James. —Se aferró a sus hombros por la fuerza y la rapidez que tomó de manera inmediata. —No sabes cuántos deseos tengo de poder embarazarte. —La miró a los ojos sin dejar de moverse con esa ímpetu que no es capaz de controlar cuando está con ella. —Odio ser estéril, odio no poder darte esa felicidad. —Sus embestidas se volvían más furiosas, por lo que Elizabeth lo besó con desesperación y deseo. —Me haces inmensamente feliz y... aaahhh, es lo que importa. —Sin dejarlo hablar, rodó para ser ella quien disfrutara de su esposo. Mirando esos ojos azules hermosos, ese gesto de excitación incontenible y esos labios carnosos, aumentó sus movimientos. El cuerpo musculoso de su esposo parece ser una cama bajo ella por lo grande que es. —Te amo. —Susurró aferrando sus manos en las nalgas de Elizabeth. —Y yo te amo a ti. —Gimió por la nalgada. Tras hacer el amor también en la ducha, James y Elizabeth salieron de su habitación totalmente listos para ir a sus respectivos trabajos. Cómo siempre, olvidaron el tema de los bebés por el bien de ambos. —Cuqui, por favor. —La miró implorante. —Tengo mucho trabajo y debo ver a la clienta. —Elizabeth, sin cambiar su gesto serio, se cruzó de brazos. —Vas a desayunar aquí en casa conmigo, el trabajo puede esperar un poco. —Contrajo el gesto. —No me gusta que desayunes por ahí, sabes cómo son las cosas. —James resopló, esos son los actos que le recuerda que antes de ser esposos eran mejores amigos. —Vale, te haré caso únicamente porque esta semana has estado llegando a tiempo para la cena. —Elizabeth sonrió. —¿Cómo perderme los chismes que tienes para contarme y como guardarme los que tengo para contarte a ti? —Ambos entraron al comedor riendo. —¿Te diste cuánta de la nueva operación estética de la señora Bell? —James hizo un gesto de negación con la cabeza. —Es más tetas que cuerpo. —Elizabeth soltó la carcajada de su vida. —¿Qué esperabas? ¡El esposo se colocó implantes en los pectorales, ahora tiene más pechos que yo! —James también carcajeó a batiente abierta, su relación siempre ha sido la mejor gracias a qué ambos son igual de burlones. —Señor, señora. —Marie y Diya, las ayudantes de cocina, entraron al comedor con el desayuno de sus jefes. —Provecho. —Desearon ambas. —Gracias. —Dijeron a la vez. —Esa mujer cocina realmente delicioso. —Continuó Elizabeth. —Sí, pero no supera a la que teníamos en Francia, Emma es excepcional. —Elizabeth estuvo en acuerdo, la primera vez que comió algo decente después de salir de la cárcel, fue la comida que esa mujer amablemente preparó exclusivamente para ella. —Yo quería traerla. —Dijo con algo de tristeza. —¿Cómo podíamos hacerlo? —James acarició su espalda. —La mujer es ya mayor y merecía su descanso. —Lo sé, Gordi, lo sé. —Intentó sonrió. —Dios, inicia mi día. —Bufó al escuchar su móvil sonar. —Eso puede esperar, desayunemos. —Elizabeth tomó el móvil en mano y lo silenció. No puede romper esa regla. Elizabeth miró por la ventanilla del auto y suspiró, otro día para enfrentar las noticias que se publican de ella, pero feliz porque el primer paso de su plan va como debe ir, perfecto. —Señora. —Jacob abrió la puerta y ayudó a su señora a bajar del auto. —No, Jacob. —Lo detuvo. —Sé que mi esposo te ordenó cuidarme, no importa dónde, pero es mi trabajo y no puedo tenerte tras de mí, ¿Lo entiendes? —Jacob se tensó, pero siendo el mismo leal de siempre, asintió. —Estaré aquí para lo que necesite, mi señora. —Elizabeth asintió en agradecimiento y tras cambiar el chip, se volvió esa mujer fría que altera a cualquier persona con solamente una leve mirada y se dirigió al gran edificio. —Señora Ferguson. —Elizabeth cerró los ojos con fuerza y tensó la mandíbula. Pasando de todo lo que provocó escuchar esa voz, giró con una pequeña sonrisa en sus labios, la verdad era más una mueca. —Madame, está bien. —La corrigió, le repugna escuchar su nombre en la boca de esa arpía. —¿Madame? —Río con burla. —Tú eres la misma sirvienta que me atendía años atrás, tu poder e importancia solamente funciona con los estúpidos. —Elizabeth no hizo ningún gesto, pero ciertamente le asombró sus palabras. ¿Cómo pudo reconocerla? —Bueno, si así lo cree usted, no puedo contradecirla, ya sabe lo que se dice, el tonto se cree seguro mientras el inteligente se cuestiona. —La mujer endureció la mirada y se acercó algunos pasos más.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD