Capítulo 9: Enfrentamientos

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—¿Crees que puedes darme miedo? ¡Fuiste tú quien me quitó a mi prometido! Soy yo quien debería ponerte en tu lugar. —El comportamiento de Christian se lo dejó claro y ahora está segura que ella es la maldita sirvienta que se atrevió a quitarle a su prometido en un pasado. —Y fue usted quien se casó con él. —La poca importancia que le estaba dado, enfureció a Megan. —Escúchame bien, maldita negrä asquerosa, yo... —Suélteme. —Elizabeth la calló. —Cuide muy bien sus palabras, señorita Hamilton, esta negra asquerosa le puede mostrar cuánto poder tiene. —La miró a los ojos. —Así que si no quiere ser alejada de mi propiedad a rastras como si fuera una plaga, suélteme y lárguese de aquí. —Megan quedó fría por el tono de su voz y más por la confianza con la que lo dijo todo. La vieja Elizabeth se hubiera echado a llorar y hubiera pedido perdón incansablemente. —Fuiste tú quien me lastimaste. —La soltó. —Fuiste tú quien me arrebató mi felicidad y estás siendo tú quien me la está arrebatando nuevamente. —Elizabeth río abiertamente. —Megan, por si no lo has notado, estoy felizmente casada con un hombre único en el mundo. —Ladeó la cabeza. —¿Por qué crees que tú qué yo voy a aceptar a tu patético marido como amante? —Megan se sintió insultada, Christian es el tipo de hombre con el que todas las mujeres sueñan. —Cuando la señora Débora sepa que realmente eres tú, te pisará cómo a una maldita cucaracha. —Poca importancia le dio a esa amenaza. —Vamos, estoy ansiosa, quiero que vayas con ella y le digas que en realidad soy yo. —Se puso seria. —Yo estaré aquí disfrutando por lo que estoy segura, te hará. Vamos, ve y dile a tu suegra que he vuelto, sé tú quien le dé la desagradable noticia y soporta el castigo que te dará por ello. —Dándose media vuelta, terminó de entrar al edificio. Empezar la jornada de trabajo con una visita tan desagradable como esa, no fue nada agradable. Elizabeth estaba segura de que Christian había puesto a su esposa sobre aviso y ahora está mucho más segura de que ellos tienen que ver con todo lo que se habla en los medios de ella. —Señora. —Lena se acercó a su jefa. —Ha salido una nueva noticia en los periódicos, por eso fue mi llamada. —Elizabeth tomó el periódico y le echó una ojeada. "Empresaria da favores sexuales a cambio de contratos, ¿Astucia o Sinvergüenzura?" —Habla con Relaciones Públicas, quiero que eliminen todas esas noticias y publiquen algo que desvíe la atención de mí. —Se detuvo para mirarla. —Ve con Olivia y tráeme los documentos que me debe. —Sí, señora. —Lena se marchó de manera rápida y Eli siguió su camino, los Hamilton están provocando algo que a la larga no podrán resistir. —Señora Ferguson. —La recepcionista de piso detuvo su marcha. —Ya la está esperando la señora Hamilton. —Elizabeth frunció el ceño. —No tenía cita con ella. —Dijo apresurando la marcha. —De hecho, fue su asistente quien la sacó, por eso no aparece su nombre. —Elizabeth maldijo, dos Hamilton en un solo día, eso no puede estar pasando. ¿Será que los ha estado subestimando? ¿Acaso ella se ha estado confiando? —Señora Hamilton. —Elizabeth actuó con naturalidad, ignorando toda su rabia por esa mujer. —Fue muy astuto sacar la cita con el nombre de su asistente. —La miró tras poner el bolso sobre la mesa. —Pero debo decir que aunque la hubiera sacado con su nombre, se la hubiera dado. —Débora la miró justo igual que cuando era una simple sirvienta, esa mujer le dedica esa mirada que la hacía sentir poca cosa. —Bueno, ya sé cómo conseguir una cita con usted sin tener que molestar a mi asistente. —Cruzando las piernas la miró directo a los ojos. —¿Podría enviar a su asistente por un café? —Muy lejos de ser una petición, fue una orden. —Lamento mi poca hospitalidad, señora Hamilton, pero mi asistente está ocupada y lamentablemente ese no es el trabajo de la recepcionista. —Débora la miró con superioridad, pero decidió dejarlo estar. —¿A qué se debe su visita? —Se interesó. —Digamos que es una visita de placer. —Sonrió con la misma arrogancia que Elizabeth recordaba. —He visto que las noticias sobre usted son un tanto... —Se aclaró la garganta. —Escandalosas, por no decir vulgar. —Elizabeth apretó la mandíbula con fuerza. —Simplemente, estoy aquí para darle mi apoyo. —Es bastante interesante. —Elizabeth la miró con una sonrisa. —He escuchado muchas cosas de usted y una de ellas es que no le gusta verse involucrada con los escándalos y menos con las personas que lo provocan. —Asintió sin perder la sonrisa. —Agradezco su apoyo, pero esas noticias lamentablemente no opacarán lo que es mi empresa, pues lo que aquí se hace rebasa cualquier blasfemia que se diga de mí. —A Débora no le gustó la contestación de la mujer, tenía sus sospechas, pero ahora está claro que no es la misma chica nerviosa que trabajaba para ella. —Me alegro mucho. —Se puso en pie y sonrió. —No es muy común ver a una mujer tan tranquila a pesar de que se digan cosas tan alarmantes de ella. —Elizabeth se acercó un poco más a la mujer. —Cuando no hay nada que ocultar, es fácil pasar de ello. —La miró a los ojos. —Usted sabe de eso, señora Hamilton, una mujer tan correcta e impecable como usted sabe que los cotilleos son solo eso, cotilleo. —Débora por primera vez en lo que lleva de vida, se sintió intimidada. —Además, quien vende esas noticias de mí, no hace más que darme publicidad gratis. —Débora alzó el mentón. —Mucho cuidado, madame. —Dijo con cierto desagrado. —No se puede confiar de las cosas ni tampoco se pueden dejar pasar, finalmente pueden ser un problema. —Sin decir más, salió del despacho. Elizabeth finalmente respiró, ella no la ha reconocido y eso la enfurece mucho más. Esa mujer está tratando de aplastarla sin ni siquiera saber quién es, ¿Cómo es posible que sea tan desgraciada? —¡Maldita mujer! —Golpeó con fuerza el escritorio. —Lamentarás todo lo que me has dicho, lo juro. —Los toques en la puerta le recordó que debía guardar la compostura. —Adelante. —Tomó asiento tras su escritorio. —Señora, el equipo de Relaciones Públicas se están encargando de todo. —Se acercó. —Estos son los documentos que envió la señora Olivia y acá están las copias de los contratos que deben ser firmados. —Elizabeth tomó los documentos en mano. —Lena, desde ahora quiero que seas tú quien lleves la agenda de mis citas. —Miró a la chica. —Todo lo que tenga que ver con New Era Construction Company y sus trabajadores o dueños, debe ser rechazado a toda costa, ¿De acuerdo? —Sí, señora, iré de inmediato a pedirle la agenda a la recepcionista. —De acuerdo, hoy no quiero ver a nadie, estaré estudiando algunos papeles, que nadie me moleste. —Sí, señora. —Lena salió del despacho dejando a su jefa sola, Elizabeth miró el ventanal y sin poder evitar la rabia que siente dentro de ella, se paró para ver la vistas más de cerca. —Tienes que soportarlo, Elizabeth. —Se susurró a sí misma. —No puedes perder el control, no puedes dejarte llevar. —Cerró los ojos con fuerza. —Señor, por favor, no puede pasar. —Lena entró corriendo tras el hombre furioso. —Lo siento señora. —La miró con nerviosismo. —Intentamos detenerlo, pero no hizo caso. —Está bien, Lena. —Elizabeth la miró de frente. —Retírate y cierra la puerta. —La chica se marchó lo más rápido que sus pies le permitieron. —Vaya, parece que hoy es el día en el que los Hamilton me llenarán de atenciones. —Christian, bastante furioso por su valentonería, se acercó a ella al punto de acorralarla contra el cristal. El corazón de Elizabeth falló un latido al verse entre el cristal y el hombre que la mira con una furia que no entiende. Los recuerdos como siempre, llegaron a su cabeza como una ráfaga de viento y le hicieron una mala jugada. ¿Es acaso esa mirada de celos? Se cuestionó mirando sus ojos furiosos.
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