La Coartada del Arte
Dos días después del asalto en su estudio, Valeria se despertó con una nueva y escalofriante claridad. El dolor físico de la posesión de Aarón había disminuido, pero la cicatriz de la humillación se había endurecido, transformándose en una determinación fría. Si él quería control, ella le daría una ilusión de ello. Si él quería que fuera suya, ella se apropiaría de su secreto.
Lo primero que hizo fue ir al banco. La tarjeta negra de Aarón no era una simple cuenta de débito; era una cuenta corporativa extranjera, inaccesible para una consulta de saldos local. El monto disponible era virtualmente ilimitado. El dinero era una trampa y un arma.
Decidió que el dinero no solo sería para equipos de fotografía. Sería la llave.
—Buenos Aires es grande, pero el mundo de los negocios oscuros es pequeño—, se dijo al espejo mientras se cubría la marca en el cuello con una bufanda de seda de Hermès.
Su coartada era el arte. Aarón la había autorizado a gastar; ella lo haría a lo grande.
Llamó a su mánager, Cecilia. —Ceci, he decidido cambiar mi enfoque. Quiero un proyecto documental, muy caro, sobre la arquitectura invisible del poder en Buenos Aires. Necesito acceso a propiedades privadas, oficinas de alto nivel y, lo más importante, a la gente que construye la ciudad.—
—¿Arquitectura invisible?— inquirió Cecilia, perpleja.
—Sí. Los cimientos de la sombra. El dinero fluye por esos edificios, Ceci. Y si quiero fotografiar la oscuridad, necesito entrar en ella. Quiero que me consigas reuniones con los grandes inversores. Empezando por la nueva adquisición de Fontana: Aarón Vera.—
La Regla Uno (Secrecía) no prohibía conocerlo, solo intimar. Como artista y patrocinador, su interacción era justificada. Vale lo usaría como su punto ciego.
El Rastreo de la Deuda
La primera fase de su investigación requería discreción. Usó la tarjeta negra para contratar un servicio de investigación digital privado y anónimo. No buscó el nombre "Aarón Vera", porque sabía que su identidad podría ser una fachada. Buscó la deuda.
Encontró el nombre de la empresa inmobiliaria que Aarón manejaba: Vera Capital. Un nombre nuevo, pero con un historial de adquisiciones extremadamente agresivas en los últimos seis meses, todas pagadas en efectivo y sin hipotecas. Un crecimiento explosivo que olía a lavado de dinero.
El investigador le proporcionó un detalle crucial: la dirección de las oficinas legales de Vera Capital, ubicadas en el corazón financiero de la ciudad, un rascacielos de Puerto Madero.
Valeria sabía que no podía irrumpir allí, pero sí podía fotografiar la fachada.
Horas más tarde, armada con la nueva lente y una mochila discreta, Vale se ubicó en un café con vistas al edificio de Vera Capital. El rascacielos era de cristal y acero, reflejando el sol con una frialdad impersonal. Perfecta arquitectura invisible.
Ella enfocó su lente. Buscó patrones. Buscó caras. La lente de alta definición era despiadada, capturando detalles que el ojo humano pasaría por alto. Fotografió la entrada, las cámaras de seguridad, los vehículos de lujo que entraban y salían. Cada clic era un acto de desobediencia, una pregunta silenciosa a la Regla Tres.
Mientras capturaba una secuencia de un hombre de seguridad saliendo del edificio, el teléfono encriptado vibró en su bolsillo.
Mensaje de H (Aarón): Espero tu llamada. No en tres días. Hoy. 9 PM. Mismo lugar. Sin ropa que desabrochar.
El mensaje era una orden, pero también una confirmación: él la estaba monitoreando, pero no sabía exactamente lo que estaba haciendo. Si hubiera sabido que estaba fotografiando su edificio, la llamada habría sido una tormenta de furia, no una cita.
El Encuentro en el Santuario
A las 9 PM, Vale estaba de vuelta en la casa abandonada de San Isidro. Esta vez, se había vestido exactamente como él había ordenado: un abrigo de lana largo sobre un body n***o de cuello alto, y botas planas. Sin cierres, sin botones, sin adornos. Una obediencia forzada, una rendición superficial.
La luz tenue del salón circular la recibió. Aarón estaba junto a la lámpara de pie, sosteniendo un vaso de whisky en la mano. Su mirada era pesada, evaluadora.
—Llegas a tiempo. Un avance—, dijo él, levantando el vaso en un brindis silencioso.
—No me gusta el silencio—, replicó Vale, manteniendo la distancia. —Me pone nerviosa.—
Aarón sonrió, el gesto era una chispa peligrosa en la oscuridad. —El silencio es el único lugar donde puedo oír mis pensamientos, Vale. Y mis pensamientos, últimamente, son ruidosos. Ven aquí.—
Ella se acercó lentamente. Él no la tomó de inmediato, sino que la estudió, su mano rodeando su cintura, el pulgar acariciando el body de lycra.
—Usaste el dinero—, no era una pregunta.
—Usé tu dinero. Compré la lente que te dije. Y estoy armando un proyecto.—
—¿Sobre qué?—
—Sobre la arquitectura invisible del poder en Buenos Aires. Un proyecto muy caro, patrocinado por Vera Capital, por supuesto—, dijo Vale, con una sonrisa fría. La Regla Uno, usada como escudo.
Los ojos de Aarón se entrecerraron. Él sabía que su proyecto era una tapadera, una forma de acceder a su mundo. Pero no podía prohibírselo sin revelar sus secretos. Ella había ganado el primer asalto.
—Me parece perfecto. De hecho, te ayudaré—, dijo Aarón. Él liberó un brazo y tomó su clutch. —Te daré acceso a los cimientos que nadie ve.—
Valeria sintió un escalofrío. ¿Me está invitando a entrar en la guarida del lobo?
—Y a cambio, quiero saber qué sientes cuando te tomo. No quiero tu silencio, quiero tu honestidad—, susurró Aarón, su voz grave.
—Siento que me están usando para borrar una deuda—, dijo ella, empujando la verdad, arriesgándolo todo.
El rostro de Aarón se ensombreció. El vaso de whisky se estrelló contra la pared a su lado. El ruido fue ensordecedor, la explosión de su control. Gotas de alcohol ámbar salpicaron el muro.
—¡No vuelvas a decir esa palabra!— gruñó, empujándola contra la pared opuesta. Esta vez no fue posesión; fue furia pura. Él se interpuso entre ella y la luz, y por primera vez, Vale sintió un miedo frío y genuino.
—No eres una deuda. Eres lo único que tengo que no está contaminado por la mierda que me obligaron a hacer—, su voz se rompió en un matiz de dolor que ella nunca le había oído. —Te fuiste en mi mente por diez años para mantenerte así. Si vuelvo a oír esa palabra, Vale, no podré controlarme.—
Se inclinó, y en lugar de un beso, apoyó su frente contra la de ella. Estaba respirando con dificultad, su cuerpo temblando por la tensión. El Dueño Secreto no era solo un dominante; era un hombre roto que la necesitaba.
—¿Quién eres, Aarón? ¿Por qué te fuiste?— Vale rompió la Regla Tres con su voz.
—Soy el hombre que va a protegerte de la verdad, Vale—, susurró, y con un movimiento rápido, la levantó y la cargó hasta el sofá de cuero en el centro del salón.
—Hablaremos de los cimientos invisibles—, dijo, su voz recuperando la calma fría, pero sus ojos prometían castigo.
La tumbó sobre el sofá y se colocó sobre ella. —Pero primero, voy a demostrarte que cada centavo que has gastado es un ancla que te ata a mi cuerpo, a mi obsesión. Esto no es una deuda, es propiedad.—
El encuentro que siguió no fue tan rápido ni tan furioso como el anterior. Fue metódico, prolongado. Aarón se tomó su tiempo, usando las manos, la boca, el lenguaje corporal, para forzarla a reconocer su dominio absoluto. La arrastró a un abismo de deseo donde el placer se mezclaba con la humillación de la obediencia.
La pasión fue el castigo. Él la obligó a decir su nombre, a confesar que lo necesitaba, a rogar por su toque. Cada gemido de Vale era la prueba de que el dinero, las reglas y los secretos solo servían para avivar la llama de su rendición.
Cuando terminó, Vale estaba exhausta, pero sus ojos estaban abiertos. Había sentido el dolor de su secreto; la rabia de la impotencia.
Aarón se recostó a su lado en el sofá, abrazándola contra su pecho. Por primera vez en la noche, el gesto fue suave, protector.
—El lunes te conseguiré un pase de acceso total al piso ático de Vera Capital. El de las reuniones de socios—, dijo él, con la voz baja. —Podrás fotografiar la arquitectura invisible que quieras. Pero recuerda la Regla Dos, Vale: Vienes cuando yo te lo pida. No al revés.—
Ella asintió contra su pecho, sintiendo el latido fuerte y desigual de su corazón. Había ganado acceso a la guarida del lobo, pero a un costo que aún no podía cuantificar. Ella era la pieza que él había puesto en el tablero, y el juego no había hecho más que empezar.