La tarjeta negra de Aarón reposaba sobre su mesa de trabajo como una placa de luto. Era la prueba tangible de su humillación y de su nuevo estatus. Valeria la había usado para comprar la lente que quería, la más nítida, la que no dejaba lugar a la mentira. Había gastado diez minutos de su vida y quince mil dólares del dinero de su dueño, no como sumisión, sino como la primera munición.
La marca en su cuello, donde él había mordido y succionado la piel, era un estigma que ni la base de maquillaje profesional podía ocultar del todo. Bajo la luz fría de su estudio en Palermo, parecía un moretón púrpura, el color de la lealtad forzada.
—No eres una prostituta, Vale. Eres mía, y te cuido a mi manera.— La voz de Aarón, grave y posesiva, se repetía en su mente.
—Y ese dinero te ata a mí, así como tu cuerpo lo hace.
Mío. La palabra era un ancla que la arrastraba al abismo. No le asustaba el peligro externo; le aterrorizaba la facilidad con la que su cuerpo aceptaba esa propiedad. La pasión no había sido solo un clímax; había sido un juramento de obediencia.
Se sentó en el centro de su estudio, un espacio amplio donde solo el arte importaba, pero que ahora se sentía invadido por la sombra invisible de Aarón. Cargó su cámara con la nueva lente. Su plan era simple: desafiar la Regla Uno (Secrecía) y la Regla Tres (No preguntas), no con palabras, sino con la única arma que él no podía controlar: su arte.
Durante horas, Vale se fotografió a sí misma. No el rostro, ni la figura, sino las partes poseídas. La nuca, donde él la había sujetado. Sus muñecas, donde el temblor de la rendición aún persistía. Y finalmente, un primer plano en blanco y n***o de su clavícula, donde el moretón se extendía, crudo y sin filtros, como si fuera la firma de un contrato.
La imagen era brutal. El contraste era tan alto que el moretón parecía tallado en ébano. Lo tituló: "El Dueño".
Sin pensarlo dos veces, sin darle tiempo a que la duda o el miedo se instalaran, Vale subió la imagen a su perfil privado en la red social que Aarón, como inversor en arte, sin duda monitoreaba. Era una provocación directa, un dardo lanzado al hombre que jugaba al ajedrez con su vida. Que el mundo la viera. Que él la viera.
Se retiró al sofá, el corazón latiéndole desbocado. Sabía que había cruzado una línea. No una frontera de peligro físico, sino una de control. Aarón la había marcado, y ella acababa de exhibir esa marca. Él reaccionaría. Y no sería con flores.
El estudio se sumió en un silencio tenso, solo roto por el suave ping del teléfono encriptado sobre la mesa. No habían pasado ni cinco minutos.
Mensaje de H (Aarón): ¿Qué diablos crees que estás haciendo, Valeria?
Ella no respondió. Bebió un sorbo de agua y se preparó para el aluvión. Sabía que el Dueño Secreto prefería la confrontación inmediata y física.
Diez minutos después, el timbre de su loft sonó. Era un sonido sordo, autoritario, imposible de ignorar.
El Castigo de la Posesión
Valeria caminó hacia el interfono y pulsó el botón sin preguntar. Aarón ya sabía la clave. No tenía sentido la hipocresía.
Escuchó el ascensor subir con la velocidad de una bala, y luego, el golpe seco de la puerta al abrirse. Él estaba allí, en el umbral, sin preámbulos. Llevaba el mismo traje oscuro, pero la chaqueta estaba abierta, la corbata aflojada. Sus ojos no eran los de un hombre de negocios, sino los de un animal acorralado. O, peor, un animal con su presa.
Cerró la puerta detrás de él con un golpe que resonó en el amplio espacio.
—Borra esa foto. Ahora—, su voz era baja, un rugido contenido.
Valeria se cruzó de brazos. —Es arte. Mi arte. Lo que hago con la realidad que tú me diste es mi decisión.—
Aarón avanzó, cerrando el espacio entre ellos con la rapidez de un depredador. La rodeó, acercándose peligrosamente, y se inclinó hasta que su aliento cálido le rozó la oreja, justo donde él había mordido horas antes.
—Tú me diste la marca. Yo decidí exhibirla. Es la Regla Cuatro, Dueño Secreto: No me das armas que no estés dispuesto a verme usar.—
Él no se rio. No se enfadó. Solo exhaló, su aliento cargado de furia silenciosa y ese aroma peligroso a sándalo.
—¿Regla Cuatro? No tienes derecho a inventar reglas en mi juego, Vale. Tú solo tienes el derecho a la obediencia. Y acabas de traicionar la Regla Uno. Acabas de exponer el hecho de que hay un secreto entre nosotros.—
Sus manos se movieron con una precisión escalofriante. No la tocó en el rostro ni en los hombros. Sus dedos se deslizaron hasta la correa de la cámara que aún colgaba de su cuello y, con un movimiento firme y sin brusquedad, la desenganchó.
—Mi nuevo lente—, siseó ella.
—Mi dinero—, replicó él, con una calma que aterraba más que un grito. Puso la cámara sobre una pila de lienzos, fuera de su alcance.
—El arte de Valeria Montes se basa en la confrontación, ¿verdad?— dijo, su voz ronroneando. —Te gusta la luz dura, la verdad sin filtros. Bien. Tendrás tu confrontación. Pero no en una galería. Aquí. Y no con la lente. Con la piel.—
La tomó de las caderas, no para besarla, sino para sujetarla. El agarre era una advertencia. Él la arrastró sin esfuerzo hacia el centro del estudio, donde la luz cenital revelaba cada mota de polvo, cada imperfección. La puso de espaldas contra la pared de hormigón crudo, el material frío contrastando con el calor ardiente que emanaba de su cuerpo.
—Rompes una regla. Se refuerza la propiedad—, dictaminó Aarón, y el tono era de una convicción absoluta. —Quieres que el mundo vea mi marca. ¿Crees que me avergüenza? Yo soy el que te tomó. Y si quiero que el mundo sepa que eres mía, no necesito una puta foto en blanco y n***o. Necesito que sientas mi dominio con tanta fuerza que tú lo publiques con tu aliento.—
Su boca se movió a su cuello, no para repetir la mordida, sino para lamer el contorno del moretón que ella había fotografiado. El gesto era intencional, erótico y cruel. La lengua húmeda y la presión de sus dientes sobre el hematoma enviaron una descarga eléctrica a su vientre.
—Este es el precio de tu insubordinación, Dueña Secreta. La rendición total en tu santuario.—
Deslizó el suéter de cashmere que llevaba puesto, exponiendo su torso musculoso y tonificado. La furia de Aarón era silenciosa, pero su cuerpo la gritaba. Sus manos se movieron a través de su camisa de seda, desabrochando los botones con una lentitud insoportable, como si quisiera que cada centímetro de piel expuesto fuera una tortura.
—Me preguntaste por qué me fui, Vale—, susurró, mientras su boca bajaba a la base de su pecho. —Me fui porque si me quedaba, te hubieras convertido en esto. En mi obsesión. En mi carga. En mi vida. Y eso era demasiado peligroso.—
—Sigue siendo peligroso—, jadeó ella, las manos aferrándose a sus hombros.
—No. Ahora es inevitable—, respondió, y sus ojos se clavaron en los de ella.
Aarón empujó la camisa de seda fuera de sus hombros. La deslizó por sus brazos hasta que colgó de sus codos, dejando su torso expuesto bajo la luz implacable del estudio. Él era un hombre que jugaba al ajedrez, y ahora estaba reclamando la pieza que había puesto en peligro.
Con un movimiento rápido y experimentado, la levantó por la cintura, obligándola a envolver sus piernas alrededor de él. El contacto era total, absoluto.
—Eres la mujer más honesta que conozco. Pero eres una mentirosa cuando dices que no me quieres—, dijo él, justo antes de unir sus bocas en un beso que la consumió por dentro.
El beso fue un castigo dulce, un acto de reafirmación. Él la dominaba con su peso, con su fuerza, con la memoria de su piel. El dark romance no era solo el sexo, era la negación del libre albedrío envuelta en una química perfecta. Valeria luchaba por el control, pero sus gemidos eran solo una prueba de que estaba perdiendo la batalla.
Aarón la llevó tambaleándose hacia una mesa baja de madera, el lugar donde ella solía revisar sus contactos y contratos. La tumbó sobre la superficie fría, su cuerpo pesado cubriéndola.
—Esto es lo que haces—, gruñó, mientras se colocaba sobre ella. —Tú me desobedeces, yo te recuerdo a quién le pertenece cada respiración tuya.—
El éxtasis fue explosivo, brutal y fugaz. La posesión era el punto, no la dulzura. Cuando terminó, Aarón no se movió de inmediato. Se quedó sobre ella, respirando agitadamente, su peso una ancla.
—¿Entendiste, Dueña Secreta?— Sus ojos estaban cerrados, su voz ronca. —No hay reglas, salvo la mía: Obedeces.—
Valeria no podía hablar. Solo podía asentir, la humedad de las lágrimas y el placer mezclándose en sus sienes. Se sentía rota, dominada, pero extrañamente completa. La luz dura no existía en su estudio; solo la sombra de su Dueño.
—Ahora. Borra esa foto—, ordenó él.
Ella extendió la mano hacia el bolso, temblando. Tomó el teléfono y borró la imagen de "El Dueño" del servidor. El silencio entre ellos era la única confirmación de la sumisión.
Aarón se levantó, su rostro ya recuperando la máscara de frialdad. Se abrochó la camisa sin mirar, devolviendo la cámara a su estuche, su aura de peligro regresando con cada botón que cerraba.
—Te llamaré en tres días. Y vendrás con menos ropa. Y sin tacones—, repitió las reglas, confirmando que la transgresión solo había resultado en más control.
Él no la besó de nuevo. Solo le dio una mirada de advertencia, antes de desaparecer por la puerta del ascensor tan rápido como había llegado.
Valeria se quedó allí, en el centro de su estudio. Su santuario estaba violado, su arte silenciado, y su cuerpo era una evidencia de la propiedad. La verdad de Aarón no estaba en sus palabras, sino en la fuerza con la que la había tomado. Y en ese momento, Valeria supo que no solo quería la verdad de su pasado; quería la permanencia de su dominio.